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ELLAS Y ELLOS: MUÑECA DE DURAZNO por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 8 mar. 2013 6:44 por Semanario Voces
 

Y, sí. ¿A qué dudarlo?

Un día cualquier se habrá parado frente al espejo, recién rosada adolescente, tal vez ya habituada a escarceos con tontitos chiquilines sudorosos de erección veloz, y ese espejo le ha de haber devuelto una imagen implacable. Hasta le debe haber hablado: “Mírate. No tienes el porte de una colegiala modosita, ni de una empleada tímida de tendero viejo y acosador, ni siquiera de criadita oscura, aunque bien paga, de familia acomodada”.

Ese día, me imagino yo, sintió la campanada celestial: “¡Tú eres tu cuerpo!”. Y así fue como decidió su destino.

Hoy Mónica Farro puede lucir sin pudores falsos la condecoración de aventurera de la vida; aquel cuerpo juvenil devino mujer plena, desbordante, peleadora por sitios plagados de enemigas, endurecida en sordas luchas de camerinos, a la búsqueda de luces que la recorran y la hagan brillar donde sea. Lleva encima bien ganada fama de gladiadora peligrosa y, aunque ha recibido golpes, ya no la arredra nada, ahora que el tiempo comienza a pasar más rápido y hay que asegurar el futuro.

Alguien dijo una vez, de otra mujer, que no iba vestida sino amoblada. Le cabe a ella, sin ofender. A ver: tiene una piel de durazno dulce y a punto, con esa pelusita de oro que invita al roce. Luce su pechuga trabajada por orfebres del bisturí como un atrevimiento; más bien, sí, convengamos esto, la exhibe, ancla gloriosa de miradas ardientes, como si siempre estuviese transpirando. Más arriba hay una cara algo apelotonada, con una boca encarnada en exceso, una cabellera rubia que pocos descubrirán si es propia, unos ojos oscuros con la picardía disimulada de aquellos capaces de reír o de llorar en un instante y un cuello terso, apropiado para lucir tanto camafeos como baratijas; de su exquisita cintura, ¡ah, entonces llega lo mejor¡, descienden dos espléndidas piernas, atléticas, bien torneadas donde corresponde, mientras su planta se ensancha en unas caderas poderosas con una cola redonda, habituada tanto a la gimnasia como a salir a vistear, estirándose casi hasta el infinito, a ver quién viene.

No lo sé, porque nunca la he tenido tan cerca, pero me jugaría la vida que debe emanar de ella un perfume de bosques frondosos, enmalezados, frescos y con gotas de rocío que caen de los árboles.

Siempre supo qué querían de ella. Es el deseo de tantos, caminando. Ella lo maneja y anda por ahí con brío, sin que se le advierta ternura, cual caudaloso torrente que no se detiene ni cuando se sienta y cruza las piernas, dejando entrever lo que otras conservarían al modo de un tesoro monacal. Quizás por eso su sensualidad intimida un poquitín y su erotismo se pasea agresivo, desproporcionado. He ahí la razón de que a tantos hombres que peinan canas les venga a la memoria Isabel Sarli en “Carne”, desnuda en el suelo de la caja de un camión, preguntando, absurda, inverosímil: “¿Qué quiere usted de mí?”.

No le espera el final de Milonguita, pero en una de ésas su desafío de seguir gustando, a partir de ahora, esté jaqueado porque ya se ha mostrado demasiado.     

 

 

 

     

 

 

  

 

     

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

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