Cultura‎ > ‎

ELLAS Y ELLOS MUÑEQUITA DE NÁCAR Por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 19 jul. 2012 10:13 por Semanario Voces
 

Si hay algo difícil de creer para un simple mortal es que ella, vista así, a través de la pantalla cotidiana, esa de tardes familiares, sea real. No es precisamente una belleza, aunque se deja ver, ah, sí, hombre, más viniendo que yendo diría yo, si se me tolera la irrespetuosidad. Seduce con movimientos de damisela joven y aristocrática, católica de misa de once, tersa como el nácar y la ropa holgada siempre en elegante combinación, cubriendo con recato que exhala cierto tufillo monacal un porte que se advierte equilibrado, cada cosa en su lugar, y que sólo se siente traicionado por el grosor de unos tobillos que prefiere ocultar.

Pero eso es exterior, como el pelo negrísimo de una Salazar criolla -una de aquellas Azúcar Moreno andaluzas de las que se distancia porque no embiste y huele bien, a perfumes caros-, el maquillaje a veces apenas excedido y las pestañas en ristre, bien dispuestas al disimulo, al modo de un acto teatral más.

Con toda esa armería esconde una suerte de picardía desconcertante, con la que juega miradas penetrantes cual astillas y calculados gestos y caminares que hacen que uno la imagine no en un estudio de televisión sino recostada a un sillón renacentista, tal vez labrado en oro, curiosamente envuelta en la más absoluta levedad, de una sala de Versalles.

Victoria Rodríguez conoce el juego. Sus mohines no tienen pizca de insolencia, menos aún provocación, su voz se deja llevar por un oleaje calmo, de aguas caribeñas sin turbulencia, con registro grave que ha sido educado para eludir las sofisticaciones. Sus sonrisas parecen -¿acaso son?- calculadas para mantener el control, igualita a aquella maestra de tercero de escuela de la que nos enamoramos todos. ¿Igualita? No. Como parte de ese juego que conoce, sabe de qué manera causar una incómoda sensación de inaccesibilidad, de distancia que dejará de agotarnos sólo cuando ella quiera. Y por lo que se dice quiere poco y, aun húmedamente plena, es severa y cuidadosa para elegir y dejar paso al otro aire, también respetable, ¿quién lo niega?, de señora que se entrega.

Incomprensiblemente, Victoria es también un desperdicio. La caja boba la ha usado en cuanta idea inacabada, prosaica o tonta que a los productores –genios enanos que facturan con una abundancia inversamente proporcional a su capacidad de pensar- se les ha ocurrido.

Está bien. Nadie pide que le den el protagónico de Filomena Marturano o La casa de Bernarda Alba, sin embargo, ¡caramba, muchachos!, con tamaño filón terminar como la están empujando a terminar, tan dulce y patricia, no tiene perdón.

En fin, acerca de eso, yo, argentino. Si no la cuidan y ella no define y defiende un mejor espacio, no tengo nada que ver.

En todo caso, y reconozco que es un deseo perverso, me gustaría verla un día recién levantada –y no porque haya dormido conmigo, que eso no lo lograría ni Harry Potter-, el pelo revuelto, sin rubores construidos por hábiles maquilladoras, sin pestañas con armado incluido, descalza, con aliento de noche larga, natural digamos, a ver qué me parece.     

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comments