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ELLAS Y ELLOS: NUNCA SE FUE DEL BARRIO por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 17 abr. 2012 6:40 por Semanario Voces
 

 

Canta el tango como ninguna y en cada verso pone su corazón, aunque a veces, de pronto, cual cortocircuito emocional, le sale la roquera que fue, aquella chiquilina preciosa, saltarina, adolescente de declamaciones estrepitosas que buscaba conmover a la humanidad diciendo, quizás, “subiré al cielo, le pondré gatillo a la luna y desde arriba fusilaré al mundo, suavemente, para que esto cambie de una vez”.

A la desgracia le pone peinados rubios o castaños, rebeldes, siempre cortos, libres, que sacude glamorosa pero hogareña, sin cesar, mientras le sonríe a la gente con unos dientes incansables, que se agrandan deliciosamente en la adversidad, blanquísimos, intensos, generosos, convocantes con un latido propio siempre audaz, a veces parecido al diseño de un cuerpo fascinante, tal vez, vaya uno a saber, porque a yuyo de suburbio su voz perfuma y tiene pena de bandoneón.

Mónica Navarro canta con el alma y sin tiempo. Se alegra y se desgarra. Se entrega. Y yo no sé si su voz es la flor de una pena; sólo sé que al rumor de sus tangos la siento más buena, más buena que yo.

¡Hay tan poca gente que transmita semejante milagro, directa, para nada escurridiza y menos selectiva! Uno la imagina, al verla entera, sobre el escenario, sobreponiéndose a lo que venga, igual a una pila de agua bendita, pero atea, porque lo barniza todo con esa picardía sedosa que la caracteriza, con ese físico menudo pero eléctrico y con sus ostensiblemente libres ganas de amar, en el sentido más puro y profundo que se pueda imaginar.

Es la libertad hecha canto, más allá de que uno, con el tango en el alma desde el útero materno, quiera, desee que ella se quede en esos versos de Manzi, de Cátulo o de Expósito que tan bien frasea, sin parecerse a nadie. Pero un día ella decidió abrirse a esa libertad y entonces uno le perdona -¡que fea forma de decirlo!- que se introduzca en ciertos chillidos de Fito Páez o en la melodía alargada, teatral, poco carnosa y de fácil consumición de “La llorona”. Ni qué hablar de su apetencia espasmódica, que a veces la traiciona como un buen planto de espaguetis con salsa verde aun en tiempos de dieta, por regresar a los aullidos extáticos del rock que aprendió de la mano loca de Tabaré Rivero.

Es la primera mujer hecha poema que conozco. Pero realmente hecha poesía, no en una ficción lírica ni en un enamoramiento adolescente e inútil. Ella va caminando por la vida poniéndole su alegría y su valor a las circunstancias, ésas que no siempre dependen de nosotros y que, generalmente, son indoblegables.

Es la amiga, la hermanita que canta y que cuando canta tangos nos confiesa que son criaturas abandonadas que cruzan sobre el barro del callejón. Es la amiga, la hermanita que canta tangos y que, cuando todas las puertas estén cerradas, y ladren los fantasmas de la canción, cantará esos tangos como ninguna porque su voz tiene pena de bandoneón.

Te dijo Carriego: “No te quejas, no quieres afligirnos,/ pero lloras cuando nadie te mira/ y tu tristeza silenciosa no tiene amargura…/ ¿Por qué serás tan buena?”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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