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ELLAS Y ELLOS por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 9 sept. 2011 9:07 por Semanario Voces
 

 

 

 

JUAN RAMÓN CARRASCO

 

Hay en él como una impertinencia sostenida, nacida de un humor desazonado, enfadosa para los demás. Se exhibe a la manera de un compadrito, con el estilo de guardia vieja de aquel Ernesto Ponzio, “El pibe”, que tocaba el bandoneón con una mano y con la otra blandía su famoso garrote contra quienes no valoraban sus armonías.

Ahí siguen, doblegando tormentas, sus carrillos de trompetero, sus dientes escasamente mansos, su sonrisa irónica, ladeada, el cabello todavía negro aunque sospechado de tratamiento, la piel blanca y tersa cubriendo una estampa erecta y musculosa, con ganas de atropello. Sí, desmiente la edad aunque deje ver arrugas en torno a los ojos y a los costados de la boca voraz; tal vez sea para él uno de sus tantos amagues indescifrables para hacerle zancadillas a los mirones.

Y vaya curiosidad, o paradoja. Es en la cara, precisamente, donde se advierte que ha sobrevivido tropezones, errores propios e incomprensiones. Uno se da cuenta: no son arrugas, son cicatrices.

Pero, qué joder, lo ha bendecido la naturaleza o ciertos dioses amparándolo sin que él lo sepa, que de saberlo los hubiese mandado al banco, mascullándoles a la pasada su bronca en una puteada, si no tenían la magia de las cien jugadas preparadas. ¿O es, nomás, cosa de tanta leche que le hizo tomar la madre, allá en los pagos entonces más agrestes de Sarandí del Yí, durante una niñez enamorada de una pelota de fútbol con precocidad de campo terroso? Perdura, sorprendentemente, y para envidia ajena, no se dude, una solidez corpórea de roca pulida por el mar que exhibe con la indiferencia calculada de un modelo de Giordano.

Un día, después de deslumbrar con su finteo resplandeciente y egoísta, se creyó inventor –y tal vez lo haya sido, la historia lo juzgará- de un modo revolucionario de jugar su deporte amado; a partir de ahí, cual goterones de sal derramados sobre ajenas heridas abiertas, comenzaron a caerle al resto del mundo, el que está fuera de su cabeza y de su objetivo, sentencias con hedor a Instrucciones del Año XIII y humedad de dogma. El bravo bovino de cornadura similar a los de Pamplona, a los cuales todos maldicen huyendo, embistió sin consentir dudas, intentos de debate ni mucho menos críticas. La idea de un fútbol con un solo arco cacheteó insolente cuanto halló a su paso; una idea extrañamente nacida, por cierto sacudida, descuartizada, hasta vejada –aunque la ha ido morigerando, más racional que ayer- del único ser al que ha rendido admiración en la intimidad: el profesor José Ricardo De León.

¿Qué tuvo éxitos? Claro, sólo lo niegan los necios. ¿Qué tuvo revolcones? Bueno, sí, muchos. Entre ellos, y la psicología que le arrimaron quienes le quieren, fue dando muestras, en cuentagotas, del sentido de pensarse en serio.

Y si hasta hoy nada lo detiene, porque para él siempre el mundo acabará aquí y ahora, algo de su vértigo l

 

oco se ha amortiguado. Para bien. Es que el tiempo, ese persistente señor de las sombras, siempre hace su trabajo.

Eso sí, jamás renunciará a su mejor jugada: confundir y enojar a los otros. 

 

 

 
 
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