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ELLAS Y ELLOS por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 25 sept. 2011 14:13 por Semanario Voces
 

 

 

LA PRINCESA LAETITIA

 

Todavía camina, y cabalga briosa, con un garbo algo desfallecido que se niega a rendir la bandera, siempre envuelta en ropaje juvenil, colorido, costoso, con ansias de devorar todo a su paso.

Es decir: devorar lo que queda de la vida, esa huidiza prostituta.

Pero hay en sus movimientos, que supieron de seductora gracilidad, la impostación ordenada por esa cierta incomodidad a la que obligan sedas, pana, algodones, cueros y cachemires cuando cuelgan del maniquí equivocado.

Ciertamente, fue una fisonomía para dar la vuelta y mirarla, de muchos andares y amores, “tan fermosa fembra como la Sussona” diría el viejo poeta, que ahora, lenta e inexorablemente, se siente arañada por los años.

Sin embargo, aun sabiendo que la batalla del tiempo todos la perdemos, pelea.

A la princesa Laetitia D’Arenberg le basta para ello un deseo de sobrevivir, de perdurar, ese ánimo que desnuda en la fascinante idea de sí misma que parece tener, en sus movimientos de dama fina y viajera de mil vientos, en su inquebrantable deseo de gustar, en unos párpados alargados por pestañas teatrales y una tersura quirúrgica del rostro que le impone inalterables gestos y estiramientos molestos –así lo imagina uno, al menos, cómodamente replegado en su multiplicidad de arrugas- para sonreír y hablar con naturalidad. Ella lleva la ventaja, eso sí, de una capacidad inusual: dar el alerta a su cuello traslúcido y con un grácil, sólo a veces enérgico movimiento disimular eróticamente el tironeo que debe recorrerla de la cabeza a los pies –ya que la piel, hombre, tiene límites- desplegando una compasiva, abundante y bien teñida cabellera rubia.

Delgada, vivaz, simpática, deja la impresión de ser madrugadora a pesar de noches de celebraciones. Y en público no se aburre ni aburre nunca.

Es curioso. Aunque se supone que su historia se ha contado cientos de veces semeja a esas mujeres misteriosas sin pasado, alguien que siempre está naciendo o, mejor todavía, reinventándose. Tal vez se deba a su capacidad temeraria de emprender una nueva cruzada cada día, aunque muchas veces sea apenas el embarazo proclamado de una idea que no llega al parto; o tal vez se deba a su espíritu solidario, que nadie le niega, parejamente a su silenciosa, astuta capacidad para los negocios.

La cosa es ésta: si hay algo imposible es que pase inadvertida.

Infatigable, insistente, está de continuo en escena como un huracán dicharachero, no imputable de culpas ni faltas. Pequeña, a punto de quebrarse o disolverse, agita las manos, ríe con sonoridad de tertulia andaluza y se las ingenia –el dinero algo hace también, claro- para ser siempre el intenso, aristocrático centro de atención hasta en la Bolsa de Comercio.

Tiene otro mérito mayor. Aunque la exhibición constante roce ligeramente, qué pena, lo caricaturesco, su mirada, allá, desde lo profundo de sí misma, la rescata al expandir sombras confortables de ternura y piedad.

Algún día se la extrañará cual graciosa infanta que canjeó la realeza por inversiones y vacas y caballos y tierras interminables, sin dejar el champán.

 

 

 

 

 

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