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ELLAS Y ELLOS: UN OSITO DE PELUCHE Por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 21 feb. 2012 14:30 por Semanario Voces
 

 

La gloria, si hay justicia, se la habrán de repartir la madre naturaleza y las maquilladoras que hacen unos milagros cotidianos, camuflajes misteriosos que causan estupor, para mantener terso ese rostro amigable, de osito de peluche ensoñado en vaya a saberse qué nostalgia cinematográfica, que noche a noche luce Jorge Traverso, el más erecto e impermeable ícono de la información televisiva nacional.

Es probable que la mayoría de los televidentes haya perdido la cuenta del tiempo que lleva ahí, sentado, sobreviviendo a la avalancha tecnológica, a caprichos gerenciales y a las más gordas locuras escenográficas, siempre compuesto, bien montados los lentes, ni un mínimo pelo agitado por el aire acondicionado, regalando esa sonrisa hogareña que a veces descubre unos dientes trabajados que recuerdan a un castor benevolente y distraído, ligeramente engordado a indiferencia. Es que no se le notan nervios ni tensión; acomodado un lejano día, parecido a un buda de yeso o un especialista en ensaladas, inició la misión de decirle a los demás cómo está el mundo cada día, empleando el mismo tono, y el mismo empaque cariñoso, tanto para una espantosa tragedia en Tokio como para el más reciente dislate del presidente Mujica, casi siempre con un nabo en mano.

Él todo lo convierte en papel de biblia junto al calefón.

Sin embargo tuvo valentías: venció remilgos para usar lentes, una vez que la realidad, a través de crueles descalabros verbales –que no le han abandonado del todo, cual si se trataran de una prolongación indeseada y rebelde de su cuerpo quieto, fijo, sospechable tentempié-, hizo imposible, o una locura muy poco sublime, la aventura de su prescindencia.

Lo interesante es que no se trata de la continuidad temporal: la historia del periodismo televisivo ha dado considerables ejemplos de perdurabilidad en todas partes; por ejemplo, el ilustrado Dan Rather en Estados Unidos, el punzante Sergio Villaverde en Argentina o aquí mismo el inmutable Neber Araújo, más allá de que se comió su respectivo nabo.

 No, no. Jorge Traverso impresiona, además de su manera de comunicar –monótona, trivial, inadvertida, marchita, edulcorada, al modo de quien habita en otra parte y no se ha dado cuenta-, porque está igual que hace treinta años. Igualito, vecino, ¿sabe?, hasta con ese lunarcito que la patrona adora.

Ciertamente sería un atrevimiento, una falta de respeto y una falsedad decir que lo han embalsamado.

Porque hay algo más, realmente interesante, en su personalidad. Pese a todos los pesares, muchos le brindan su confianza: quizás sea cosa de que a todos nos fascina que nos embadurnen, en medio de esta vida cruel, con una amabilidad que se nos haga dulce de leche; la saboreamos tanto que nos empasta la cabecita y ni reparamos qué dice el osito de peluche ése, adorable, mire, doña, ya le digo, con mi hija se nos cae la baba ¡virgencita!, y hasta el viejo, que usted sabe rabea a la noche, es fanático, no quiere ver a otro, dice que lo calma, ¡qué me cuenta!

¿Cosa ‘e Mandinga? No sé. De psicólogos, sí. ¿Y mientras tanto?

 

 

 

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