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ELLAS Y ELLOS: UN SEÑORÍO SIN EDAD Por Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 20 oct. 2012 12:19 por Semanario Voces
 

Camina, y mejor sería decir se desplaza, aun octogenaria, con semejante porte al que se mueve Andalucía, desenfadado sin insolencias, dominante sin presuntuosidad, seductor bien a la manera gitana, repleta de contraluces y matices sutiles, de sugerencias, de misterios y de ansiedades.

Vaya a saberse qué duende pícaro quiso que naciera en Tacuarembó y eso pudo haberle regalado su destino de melodías de terciopelo y tabaco, brotadas en oníricas atmósferas que ahuyentó con su voz poderosa, dramática, pasional: una mujer que, ya jovencita, en esa tierra natal y al sonar de guitarras orejeras, sentó su presencia y penetró en la emoción de las gentes; una mujer que tuvo un tiempo para andar donde quisiera, aunque su corazón la hiciese volver al barrio, tiritando como paloma herida, siempre, igual al Gardel indescifrable, al Troilo melancólico, al Manzi de la nostalgia, al viejo y entrañable comunista Osvaldo Pugliese: el barrio, ese territorio que es una casa sin puertas, de patios y parras enormes, que no quiere fronteras ni discriminaciones y donde se cuece la vida, la vida misma, la vida real.

Le dicen la dama del tango y nadie pregunta por qué.

¡Cómo hacerlo! Si fue la voz del tano Racciatti, cantó en Buenos Aires con “Los siete del tango” -un grupo selecto que dirigió Luis Stazzo- viajó por América Latina, Estados Unidos y Europa y hasta hoy cautiva nuestro corazón, lo estremece y lo acaricia entre versos que desnudan a las almas simples, como hacía aquel viejo ciego violinista que inventó el inmenso Homero.

Ahora se le ve y se la admira, más allá del tiempo, más allá de los dolores: los rasgos aindiados, morena con fuerza y naturalidad, nerviosa, con una sólida personalidad que sabe dar paso a la sonrisa acercadora y a la simpatía, las cejas voluptuosas elevadas hacia el centro como si quisieran crear la cruz de los sentimientos y un cierto pudor, que yo diría es casi desfachatado si no sonara paradójico, que intenta  esconder sus ojos oscuros, penetrantes pero de una tristeza indefinible, con delicadas caídas de párpados con cejas que semejan abanicos de cristal.

Ah, ¡y el lunar! Vaya pecado olvidarlo. Ese punto oscuro a un costado, entre la nariz y la boca generosas, que da, quizás, la puntada final a su clase diferente, a su fineza extraña, a un estar que encandila, fascinante.

Le gusta la buena ropa, los tacos finos y altos, las pieles. No sé para qué, porque le bastaría agitar su cabellera abundante, de suaves ondas que impresionan, para que un cosmos total se diera vuelta a mirarla.

Sí, señores. Es Olga Del Grossi Sosa –Olguita para los amigos y para los músicos que la adoran, Bordón, Marito Díaz, Cobelli y tantos más-, la de Tacuarembó, la dama del tango, la de los fraseos conmovedores, la de los mil matices que tanto son capaces de desnudar a una madre lastimada como a una hembra bravía e indomable, a una novia allá lejos o a una pulpera de Santa Lucía.

Sé que lo que te pido es demasiado. Sin embargo lo hago: Olga querida, no dejes nunca de cantar. Si lo haces será irremediable.

 

 

  

 

     

 

 

 

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