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El perro de Fukushima Por Luis Morales

publicado a la‎(s)‎ 23 abr. 2011 11:10 por Semanario Voces


Lo supo antes que nadie. Intentó advertirle a su dueño. Ladró lo más alto que pudo, una, dos, diez veces, pero al final el pánico pudo más… y se lanzó a correr. Atravesó campos, bosques y pasó cerca de algún poblado. Ocurrió mientras se esforzaba en su loca fuga, la lengua afuera y el corazón batiendo. La tierra se estremeció bajo sus patas. Casi se volvió loco de terror, pero no se detuvo. Por fin, extenuado, se dejó caer, tendido cuan largo era sobre el pasto. Pero al rato, sintió los infinitos aguijones del miedo hincándose de nuevo en su carne magra. Oyó a lo lejos algo parecido al gruñido de sus congéneres, pero amplificado por mil o un millón (los perros no saben las tablas de multiplicar). Y otra vez, sus patas tomaron el comando de su cuerpo y lo pusieron a la carrera. A poco andar, lo alcanzó un hedor entre salado y amargo que, tuvo la certeza, provenía del océano; sin embargo, en nada se parecía la frescura que llenaba sus pulmones cuando su amo lo llevaba a pasear por la orilla de la playa cercana a donde ambos vivían.

 

Perdió la noción de cuánto tiempo pasó. Pero en algún momento se detuvo. Sin dormir, volvió sobre sus pasos. Le costó encontrar el rastro entre la multitud de olores que se mezclaban al del agua marina que había arrastrado una masa informe de objetos de la más diversa especie desparramándolos al azar sobre la superficie de la tierra a través de la que caminaba.

 

Mientras se aproximaba al lugar en que, supuso, encontraría su casa y a su amado dueño, lamió el agua de un charco. Al cabo de unas horas, empezó a sentirse raro. No era cansancio, no era dolor y sin embargo, algo de eso tenía lo que experimentaba. De pronto, un trueno descomunal rasgó el aire y una densa columna de humo oscureció el sol. Volvió a correr. Cuando llegó a la orilla del mar, se detuvo. Había vuelto la calma, pero el nubarrón seguía encima de su cabeza.

 

Deambuló sin rumbo por varios días, sintiéndose cada vez peor. Por fin, encontró el sitio donde antes había estado su hogar. Ahora allí no había nada. Ni la vivienda, ni el jardín con su casilla, ni su dueño. Pero su olfato le dijo que bajo el barro y la arena, persistía un ínfimo resto de los perfumes amables que lo rodeaban hasta que ocurrió la desgracia.

 

Debilitado por el mal invisible que lo carcomía por dentro, se echó, la nariz pegada a la tierra, tratando de descifrar, al menos, un vestigio de lo que fue y no volvería a ser. Entonces, como un suspiro, se le escapó un “Guau” -en japonés perruno- y expiró. 


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