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El tumor del olvido impuesto Por Leonardo Flamia

publicado a la‎(s)‎ 21 jun. 2012 1:32 por Semanario Voces
 

“A través de algunos textos que leí de Wilhelm Reich yo sospecho que el origen del cáncer se halla en una especie de coraza que protege un terrible secreto: una descomunal mentira que genera el suicidio celular. En la mitología egipcia, Meskhenet, la diosa del olvido era la más amada del panteón: era capaz de producir un olvido definitivo cuando los dioses llegaban a la cima del conflicto. Pero el resultado era efímero: miles de siglos después los dioses volvían a “recordar” su combate. El olvido que nos proponen degenerará con certeza en una enfermedad del tejido social. Aún cuando un decreto (tal como la diosa mencionada) lograra provocar un auténtico olvido en la conciencia colectiva: la vida o el espíritu que anda o la energía que nos baila jamás indultará nuestro olvido.”

Lo anterior es un extracto de un editorial de Enrique Symns (Cerdos & Peces Nº 19, Octubre de 1989) titulado El indulto, referido a los decretos en que Carlos Saúl Menem dejaba en libertad a presos juzgados y sentenciados por los crímenes cometidos durante la dictadura militar en Argentina.  Symns advertía que el olvido no se decreta y, lo peor,  que la situación que se genera cuando se pretende olvidar sin más un acontecimiento del pasado, particularmente cuando es un acontecimiento trágico, deviene en una enfermedad social.

Una advertencia muy similar es la que plantea Sam Shepard en Niño Enterrado, pero en el ámbito de una familia rural norteamericana, una familia blanca, anglosajona (ya los nombres de los personajes delatan que no hay “contaminaciones” latinas), y protestante. Una familia con “héroes” militares muertos, con ex atletas destacados en el “fútbol  americano” y el basquetbol, una “gran familia americana”. Pero detrás de todo esto hay un secreto escondido, innombrable, sumergido en las profundidades de la “conciencia familiar” que sin embargo aflora de formas diversas: alcoholismo, incapacidad mental, patologías sexuales, conciente inmoralidad en la que se regodean pastores y matriarcas. Todo detrás de la falsa construcción de un relato de la historia familiar, apoyada en una reorganización de recuerdos fotográficos adaptados al olvido.

Si olvidamos lo familiar y volvemos a un contexto social, la obra es similar a ese hundirse en un mundo pesadillesco que nos ofreciera David Lynch en Blue Velvet, detrás de aquella primera secuencia en que se plasman los idílicos años cincuenta norteamericanos (en realidad la película de Lynch es posterior a la obra de Shepard). También,  como en el filme, es un joven de la familia que aparece, más allá de las razones que lo traen, el que servirá de catalizador para que veamos o descubramos lo sórdido detrás de la apariencia.

A decir verdad el espectador de Niño enterrado nunca ve una imagen idílica de la familia que protagoniza la obra, solo se imagina lo que debería ser junto a Shelley, la joven que llega acompañando a Vince, que se detiene en su viaje al sur para ver a sus abuelos Dodge y Halie. De paso también se encontrará con su tío Bradley y con su padre Tilden.  Ellos serán el detonante que hará explotar la anormalidad naturalizada en la que vive esa familia, pero casi de forma trágica el epígono de esa familia, Vince, es absorbido por su entorno quedándose para reproducirlo.

Es verdad que hay muchos elementos autobiográficos volcados en esta obra de Sam Shepard, pero también es cierto que la obra trasciende la historia puntual, y uno se anima a decir que se puede leer en clave social, no solo familiar. Hay sociedades enteras que han nacido sobre la violencia y el asesinato, pero eso, que muchas veces todos saben, ni siquiera se nombra. Esa sociedad, para la cual se elaboran relatos históricos que eluden siquiera acercarse al momento traumático, desarrolla múltiples patologías, y los síntomas del trauma no siempre van a reflejar mecánicamente la causa que los origina. También es verdad que el episodio traumático en un contexto familiar que no se encuentra cómo abordar directamente no es una aparición aislada en la obra de Shepard. La excelente película de Wim Wenders París, Texas, no solo se basa en una colección de relatos de Shepard, sino que fue guionada por él. Como se recordará, allí aparece un  personaje que no habla durante gran parte de la película, que es rescatado por su hermano y que lentamente va siendo capaz de acercarse a aquel episodio traumático anterior a su irrupción en la película, acercándose a su hijo, reencontrándose con su ex esposa para intentar revivir aquel momento crítico y así extirpar el tumor.

Parece haber un carácter cinematográfico en la obra, y Sergio Pereira apela a las luces como herramienta para justamente relatar apelando al “montaje”. Incluso la escenografía que reproduce varios espacios de una casa rural, marcada de forma notoria por el paso del tiempo, es funcional a esa forma de contar, con paredes traslúcidas que facilitan apelar al montaje utilizando las luces.

Si bien en la función a la que asistimos el sábado pasado las risas no se destacaron por su presencia, ganando el aspecto trágico de la obra, este elemento trágico aparece de forma casi paródica por momentos, conviviendo el humor, el sarcasmo, con lo pesadillesco de una forma difícil de transmitir. Para eso son esenciales las actuaciones, y se destacan los contrastes, por ejemplo el aire casi aristocrático absolutamente fuera de contexto de Maruja Fernández interpretando a Halie, que contrasta con la gran labor de Dardo Delgado encarnando a Dodge, ese viejo inválido, alcohólico, que sangra por una herida que viene de décadas atrás. Los personajes claves son Vince y Shelley, son quienes llegan del exterior y descubren con el público lo que sucede. Federico Guerra carga a su personaje de Vince con un carácter algo neurótico, que quizá ayuda a que comprendamos el giro que realiza, es el único personaje que realmente se modifica durante la obra. Sarit Ben-Zeev brilla con su personaje “satinado” que contrasta con el medio y con los otros personajes, debido a su snob transparencia. Es particularmente interesante su trabajo porque se despega de otros papeles que le hemos visto, de aquel lugar cercano al del propio Brecht que le había encargado María Azambuya en Un hombre es un hombre, del papel de una de las hermanas de aquel contexto familiar también sombrío de Los siete gatitos, y de los roles que desempeña en Snorkel. Aquí encarna un personaje de características marcadamente disímiles a los anteriores, y los presenta de cuerpo entero ya con las primeras palabras que oímos, solo el timbre de voz que emite Ben-Zeev nos describe cabalmente la personalidad de Shelley.

Nuevamente El Galpón monta una obra de Shepard, la anterior había sido Locos de amor dirigida por Sergio Lazzo, y es para agradecer ya que hablamos de uno de los dramaturgos norteamericanos más importantes  que por aquí es más conocido por su trabajo en el cine, por algunos relatos y por sus amistades, Bob Dylan y Patti Smith entre ellas.

 

Niño enterrado. Autor: Sam Shepard. Dirección: Sergio Pereira. Elenco: Dardo Delgado, Maruja Fernández, Massimo Tenuta, Pablo Pipolo, Federico Guerra, Sarit Ben-Zeev, Marcos Flack.

 

Funciones: viernes 20:30, sábados 21:00, domingos 19:00. Sala Atahualpa del Teatro El Galpón (18 de Julio 1618) Tel: 2408.33.66. Entradas: $ 220.

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