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EL ÚLTIMO TRUCO DE UN VERDADERO MAGO. Por Amilcar Nocchetti

publicado a la‎(s)‎ 3 ago. 2011 8:22 por Semanario Voces
 

 

 

Medianoche en París

(Midnight in Paris), USA, 2011. Dirección y libreto: Woody Allen. Fotografía: Darius Khondji. Con: Kathy Bates, Adrien Brody, Carla Bruni, Marion Cotillard, Adrien De Van, Marcial Di Fonzo Bo, Rachel McAdams, Michael Sheen, Owen Wilson. Estreno: 15 de julio. Calificación: Muy buena.

 

     Se supone que el crítico debe permanecer sereno y objetivo ante la obra que pretende analizar, pero con Medianoche en París me resulta casi imposible dado el nivel de complicidad que provoca. Algo similar le sucederá a quien guste del jazz o haya vivido un tiempo en París. O ambas cosas. ¿Cómo podríamos no “enganchar” con una comedia iniciada mediante una magnífica sucesión de imágenes ciudadanas, pautadas por los sones evocativos de Sidney Bechet? Allí París surge mágica, de día y de noche, con frío y calor, con sol y lluvia, con zonas céntricas plagadas por un tránsito feroz y suburbios más tranquilos, con parques y plazas, con monumentos e iglesias eternas, con su Arco y su Torre, con puentes y museos, con bulevares transitados y una sabatina vida nocturna. París viva, y con ella Allen nos hace saltar de la butaca, gracias al embrujo visual de una ciudad esplendorosa, la mejor del universo conocido.

     A lo largo de 45 años de trayectoria Allen ha realizado numerosas “cartas de amor cinematográficas”, ha desarrollado un sinnúmero de tributos cuya misión es trasmitir de manera irreprimible su simpatía por determinadas figuras, géneros, obras y geografías. La entera obra de Woody es un gran tributo a Tolstoi (La última noche de Boris Grushenko), Bergman (Interiores, La otra mujer, Los secretos de Harry), Nueva York (Manhattan), Fellini (Recuerdos), los cómicos de vodevil (Broadway Danny Rose), la “comedia americana” (Hannah y sus hermanas), el jazz (Días de radio, Dulce y melancólico), Chejov (Setiembre), la comedia dramática (Crímenes y pecados, Maridos y esposas, Melinda y Melinda), el expresionismo (Sombras y niebla), Hitchcock y Welles (Un misterioso asesinato en Manhattan), la fauna teatral neoyorkina (Disparos sobre Broadway), el musical (Poderosa Afrodita, Todos dicen te quiero), la “slapstick” (Ladrones de medio pelo, Scoop), la “serie negra” (La maldición del escorpión de jade), Patricia Highsmith (Match Point), Dostoievski (El sueño de Cassandra) y las infinitas posibilidades del cine como herramienta (Zelig, La rosa púrpura del Cairo, La mirada de los otros).

     Precisamente en esa última vertiente se ubica Medianoche en París, en la cual Allen privilegia la idea rectora de su mejor cine: el arte da la posibilidad de crear y hacer creer en lo increíble. Como el camaleón humano de Zelig o el cineasta que dirige mejor ciego que con vista en La mirada de los otros, como los personajes que entran y salen de la pantalla en La rosa púrpura del Cairo, en su nuevo film el director establece que en ficción es posible que no haya límites espacio-temporales, y que no hace falta justificar sus inserciones fantásticas, porque lo que debe importar es el mensaje, la mística y la posibilidad que la cámara posee para transformar al mundo y la Historia. Tarantino cambiaba el final de la guerra en Bastardos sin gloria, Buñuel impedía a la burguesía salir de una habitación abierta, y ambos dejaban sin explicar los motivos para sus riesgosas decisiones. Allen se pliega aquí al concepto, y convierte a París en una fiesta.       

     El protagonista es Owen Wilson, guionista de vacaciones junto a su insufrible novia Rachel McAdams, que lo menosprecia e intenta encasillarlo y limitarlo con actitudes que resumen el costado más repulsivo del sueño americano: “haz dinero y serás exitoso, y no intentes ser quien realmente eres, respetando tus condiciones y aspiraciones profesionales, porque te ignorarán y parecerás un fracasado”. Pero Wilson necesita entender su vida, está inseguro sobre su obra literaria, sobre su futuro matrimonio, sobre las razones por las cuales debe seguir enamorado de París y no volver más a la dorada California, donde Hollywood lo tienta como un Midas lleno de nada. Las respuestas a sus dilemas llegarán por medio de un viaje en el tiempo, justificado apenas por las doce campanadas de un reloj. Y no importa si es realidad o fantasía lo que veremos, porque nuestro héroe viajará a los locos años 20 para codearse con Cole Porter, Scott Fitzgerald y su esposa Zelda, Hemingway, Dalí, Buñuel, Gertrude Stein, Djuna Barnes, Man Ray, Picasso, Josephine Baker y T. S. Eliot, e incluso aterrizará en la Belle Epoque, codeándose con Toulouse-Lautrec, Gauguin y Degas.

     Esos ídolos de Wilson en el film, y de Allen en la realidad, no sólo adquieren nivel fantástico, sino que resultan afables y familiares al espectador: cada escena donde se relacionan con Wilson puede vivirse con gozo y asombro, porque en su film Woody toca nuestra fibra íntima como hace muchos años no lo conseguía. Se mete debajo de nuestra piel y “nos regala un sueño tan escurridizo que hay que andarlo de puntillas por no romper el hechizo”, dijera Serrat. El cineasta sabe que ha sido acusado por los posmodernos de nostálgico (como si eso fuera un insulto), y por ello reflexiona acerca de la superficialidad de las clases altas y los pontífices de una vacía intelectualidad, y añora la pérdida de los valores realmente importantes para el ser humano. Lo hace poniendo en tela de juicio precisamente esa remembranza infinita basada en la ilusión de un pasado brillante que no regresará jamás, y que nunca fue notable para quienes lo vivieron como su propia época. Porque si algo aprende Wilson con sus traslados en el tiempo es que aunque el presente resulte insatisfactorio, puede ser mejorado mediante nuestras decisiones, mientras que las nostalgias del pasado, por más brillantes que parezcan, terminan siendo peligroso espejismo, mentira escapista y sueño irrealizable.

     La magia, la gracia, el arquetípico humor de Woody son el motor del film, pero hay que destacar un diseño de producción de maníaca precisión, y un elenco que hace verosímil lo increíble. Nunca espero nada bueno de Owen Wilson, sin embargo aquí el actor me sorprende poniéndose en la piel de Allen, pero dotándolo de mayor encanto. Su empatía se enriquece con los diálogos que entabla y ese aire de niño sorprendido que vive en perpetua fascinación nocturna: cuando la primera noche Wilson sube al “auto del tiempo”, cambia su destino y el de la película en nosotros. Es la mejor labor de su carrera, y junto a él hay que destacar la británica pedantería de Michael Sheen, la viñeta de Adrien Brody como Dalí y la magnífica intervención de Marion Cotillard como musa amada e inmortalizada por varios pintores. Con ellos Allen centra la atención en la veta romántico-pasional de París y en un verdadero arsenal de citas eruditas que, aunque contengan múltiples lecturas, parecen siempre sencillas y directas. Este es uno de los mejores Allen de los últimos años, porque es uno de sus films menos pretenciosos, una gran fábula de ensueño y seducción, un faro en medio de una cartelera sin creatividad.
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