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Escenas de la vida cotidiana Por Luis Morales

publicado a la‎(s)‎ 11 ago. 2012 14:24 por Semanario Voces
 

 

Desde la calle, llega una sarta de gritos destemplados, amenazas e insultos. Aunque sé de qué se trata, me asomo al balcón. Son ellos, de nuevo. Dirijo mis ojos hacia el edificio de enfrente y, en unas cuantas de sus ventanas, veo a varios vecinos en mi misma actitud. Nuestras miradas se cruzan. Todos nos encogemos de hombros y arqueamos las cejas, en un gesto que quiere decir: “¿¡Hasta cuándo!?”.

 

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El Jiede y Sufrida tuvieron una familia. Pero implosionó. Él estaba en segundo de liceo y jugaba al fútbol en las inferiores de un cuadro grande. “Una promesa”, afirmaban algunos en el bar de las esquina. Ella tocaba el arpa en la escuelita de música. “Una nena preciosa”, se enternecían las señoras de la cuadra.

Al tiempo del cataclismo, él abandonó los estudios y el fútbol (el director técnico lo encontró fumándose un porro en el vestuario). Ella dejó la música y el liceo que había comenzado hacía poco. Sin la contención de los padres, el escenario de gran parte de su vida se trasladó de la intimidad del hogar a la calle.

Pronto, el Jiede dejó atrás la marihuana y se aficionó a la pasta base. Para mantener el vicio, no tenía escrúpulos: tanto le daba cometer pequeños hurtos, como vender los cada vez menos objetos que iban quedando en su casa, como oficiar de “taxi boy”. Sufrida conoció a Máscruel, un pibe que “maduró pronto y se pudrió bien temprano” (antes de cumplir la mayoría de edad, ya era un profesional del arrebato). Se enamoraron y tuvieron un hijo.

Dos por tres, los vecinos asistíamos, a cualquier hora y quisiéramos o no, a un bizarro reality show: peleas a grito pelado entre Máscruel y Sufrida; intercambio de insultos de grueso calibre entre el Jiede y Máscruel; amenazas de todo tipo entre los distintos vértices de este triángulo interpersonal... un calvario.

Máscruel se hacía cargo de buena parte de la manutención del grupo familiar. Su táctica habitual: previo acuerdo, él salía por un lado y Sufrida con el nene en su cochecito por el otro; “el macho proveedor” seleccionaba una víctima, se lanzaba sobre ella, sin darle tiempo a nada, le arrebataba la cartera o la billetera; huía a todo correr y, a la vuelta de la primera esquina, se reunía con Sufrida y su bebé. Por arte de birlibirloque, se transformaban en una joven parejita insospechable de pertenecer al submundo del crimen.

En cierto momento, Máscruel decidió ir a más. Se agenció “un bufo”, se asoció con un motociclista y rapiñaba en la modalidad “birrodada”. Ahora, Sufrida lo esperaba en la puerta de su casa, con la criatura en el carrito y el Jiede, reciclado como cuidacoches, en la vuelta. Cada vez que “el hombre de la casa” cometía un atraco, pasaba por allí, le dejaba el producto del robo a Sufrida, que lo escondía en el interior, y volvía a “operar”.

Hasta que el Jiede se avivó. Un día, esperó a que Máscruel diera dos o tres golpes afortunados, entró a la casa con cualquier excusa y levantó vuelo con el botín. Se esfumó por una semana. Desde que se enteró del desafuero, Máscruel solo quería matarlo, y lo anunciaba a los cuatro vientos. Cuando su cuñado regresó, lo amenazó con su arma e hizo dos disparos contra la pared. Sin embargo, en el momento en que vino la policía, la familia en bloque se atuvo al consabido: “Yo no vi nada”.

 

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El lunes pasado, puesto que “aquí somos pocos y nos conocemos”, nos enteramos de que Máscruel “perdió”: lo mandaron por diez años al Comcar.

 

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Hace un tiempo, Jaime Roos cantaba: “Desde aquí se ve / qué lindo es tener ventanas / y abrirlas por la mañana / de frente al mismo lugar”. ¡Dígamelo a mí!

 

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