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Especulación inmobiliaria Por Luis Morales

publicado a la‎(s)‎ 24 ago. 2012 12:41 por Semanario Voces
 

El hombre es dueño de varios edificios, unas cuantas decenas de apartamentos, casas y terrenos. Ha puesto el corazón y la vida en “el ladrillo”, eso le da seguridad. Siempre está pensando cómo hacer rendir más sus propiedades, en nuevos negocios, en encontrar casas abandonadas para reciclarlas y “hacer una diferencia”. También investiga acerca de terrenos cuyos propietarios hayan muerto sin sucesores que continuaran pagando la contribución, para hacerse cargo él de esta y así, al cabo de unos cuantos años, ¡ser él el propietario!

 

Hoy se ha parado frente a una vieja casona, transformada por el transcurso de los años y el abandono en una inmensa tapera. El cartel le resulta hermoso, en letras rojas sobre fondo blanco se lee: “Remate judicial sin base”. Se pregunta a sí mismo cómo no la había visto antes, por qué no prestó la atención suficiente, si está más que claro que, una vez se levante, sobre lo poco o nada que quede de ella luego de la demolición, el precioso edificio en que está pensando (hecho con llamativos materiales de tercera para venderlo luego como algo construido “a todo lujo”), los compradores se pelearán por quitarle los apartamentos de la mano… Hace números y siente que el alma se le expande debajo de las costillas.

 

*

 

El hombre lleva varios años “yirando” por las calles de la ciudad. Sabe a la perfección dónde están las casas importadoras que tiran las cajas de cartón más grandes y más gruesas, que lo han guarecido de los elementos tantas y tantas veces; tiene localizadas con “precisión de gps” las ochavas de las esquinas que le pueden ofrecer guarida en los días en que el viento del sur y la lluvia se ensañan con su humanidad; también se sabe de memoria la ubicación de los edificios (públicos y privados) en cuyas escalinatas se duerme con cierta comodidad.

 

Hoy pasaba frente a la casa y, vaya a saberse por qué casualidad del destino, sacó sus ojos del piso, donde suele fijarlos para no recibir las miradas de disimulado espanto que acostumbran dirigirle muchos transeúntes, y vio el cartel. Aunque no puede leerlo (no sabe o se olvidó de cómo hacerlo) es perfectamente consciente de lo que dice. Entonces se le ocurre la idea. ¡Es casi un regalo del cielo! No tiene nada más que saltar la cerca (lo hace), sacar de la bolsa donde lleva todas sus pertenencias la barreta de metal (lo hace) y comenzar a quitar con ella el revoque de entre los bloques que sellan la puerta de entrada (lo hace). Mientras trabaja afanosamente, la sangre circula con fuerza torrencial por sus venas. Quizá por eso, su mente se despierta de su embotamiento habitual y, en un vuelo imaginativo, se ve instalado en una habitación que, aunque oscura y húmeda, será mil veces mejor que la calle. Sueña con que quizá con el tiempo pueda meter allí un colchón, conseguir algo con qué calentarse en las largas noches del invierno… Hace sus cálculos y siente que una burbuja tibia se agranda entre su pecho y su espalda.

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