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ESPIONAJE Y PARANOIA EN NOTABLE ADAPTACIÓN LITERARIA. por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 4 mar. 2012 7:59 por Semanario Voces
 

 

 

El topo

(Tinker, Tailor, Soldier, Spy), Gran Bretaña 2011. Dirección: Tomas Alfredson. Libreto: Bridget O’Connor y Peter Straughan, basados en novela de John Le Carré. Fotografía: Hoyte Van Hoytema. Música: Alberto Iglesias. Con Gary Oldman, Benedict Cumberbatch, David Dencik, Colin Firth, Tom Hardy, John Hurt, Toby Jones, Mark Strong. Estreno: 24 de febrero. Calificación: Muy buena.

 

     Conviene decirlo de entrada: para paladear El topo como es debido se deben olvidar el pop acaramelado y los sorbetes de refresco a la entrada, porque al igual que la novela original de John le Carré, la película narra una historia de espionaje en las antípodas de lo que se espera. Nada de James Bond, violencia física o explicaciones intercaladas cada tanto para ordenar el puzzle y hacerlo digerible a la audiencia. Este es un film que respeta como pocos la inteligencia del espectador, y quien no esté a la altura de la intrincada red que teje el anecdotario quedará afuera de manera irreversible. De paso se estará perdiendo un policial profundo y sutil como no abundan en cartelera.

    Estamos en 1973, y hay Guerra Fría entre el capitalismo occidental y el comunismo soviético. En el MI6 británico hay un traidor, un “topo”, para seguir la expresión de Control (John Hurt), y hay que encontrar a ese infiltrado antes que las cosas pasen a mayores. Pero igual pasan, porque debido a la labor de esa manzana podrida, un fiel agente (Mark Strong) cae en una emboscada en Budapest, originando un caos interno en el MI6. Debido a ello Control es despedido junto a George Smiley (Gary Oldman), pero la muerte del primero origina una investigación que llevará a cabo en forma clandestina el segundo. Para ello contará con la ayuda de un joven agente (Benedict Cumberbatch), y deberá focalizar la pesquisa en cuatro jerarcas sospechosos: el Hojalatero (Toby Jones), el Sastre (Colin Firth), el Soldado (Ciarán Hinds) y el Mendigo (David Dencik).

     A priori El topo parecía jaqueado por el devenir de la Historia. Es que luego de la caída del comunismo, su material podía parecer anacrónico, esclerosado. No es así por una sencilla razón: a libro y película le interesan ahondar, más que en la anécdota típica de aquellos años, en un área atemporal, la permanente paranoia que existe en el mundo de la política y del espionaje que para ella trabaja. Ayer fueron los comunistas, hoy son los musulmanes, y mañana quién sabe, pero la paranoia existe, es la misma y genera similares distorsiones de la realidad e idénticos operativos de infiltración en el enemigo de turno, pero sobre todo origina una mentalidad y un universo determinados. Eso es lo que John Le Carré siempre ha destacado en sus libros, y este film de Tomas Alfredson (autor de la notable Criatura de la noche) trasmite a la perfección en la pantalla: un mundo de oscuros burócratas, fracasados en el hogar, espiritualmente vacíos, que conspiran contra el enemigo, pero mucho más contra sus propios compañeros, seres grises en oficinas siniestras donde ya no hay cabida para los ideales ni las ilusiones.

     Esa realidad, alejada del divertido glamour jamesbondiano, origina un producto que debe calificarse de gran cine, más allá que también sea una adaptación literaria de lujo, no sólo por respetar a rajatabla el texto de la novela, sino fundamentalmente porque atrapa su entraña, apelando pura y exclusivamente a herramientas cinematográficas. La sutilísima labor de la cámara de Hoyte Van Hoytema es la causa de la tensión extrema que se respira de principio a fin de la historia. Hoytema se detiene en rostros ajados, pasadizos sinuosos, calles oscuras y húmedas, panoramas ciudadanos con soles escasos, que originan una irreprimible sensación de falta de calor físico, todo un hallazgo del film, porque los personajes que pueblan esta historia desconocen el calor humano y por ende no parecen necesitar climas de bonanza para subsistir. Esa pericia en el uso del lenguaje cinematográfico logra que cada aspecto de la puesta en escena reclame la atención del espectador. Sólo así podrá advertirse el deliberado contraste existente entre el calmo carácter de Smiley (o su impasible manera de trabajar) y la rapidez con que se suceden los hechos, y debido a esa discordancia surge un desacomodo en el espectador, porque la inseguridad que trasmite ese universo de baldosas flojas, ideales inexistentes y sentimientos averiados termina siendo compartida, incluso padecida, por el público.

     Esa perspicacia visual se trasmite a las demás áreas: escenografía y vestuario nos transportan cuatro décadas atrás desde la imagen inicial, y el juego musical ominoso y turbio de Alberto Iglesias acentúa el enrarecido clima de la historia. Pero quizás Tomas Alfredson no se hubiera atrevido a concentrar en 120 minutos una novela tan densa y espléndidamente construida como El topo si no hubiera contado con el excepcional libreto de la fallecida Bridget O’Connor y Peter Straughan. Se adivina una verdadera labor de equipo en esta empresa, porque la agudeza lograda por la cámara equivale a la del guión para desarrollar y desenmarañar la intrincada trama. Libretistas y director se toman su tiempo para detallar cada paso, cada movimiento, cada nueva argucia del protagonista en pos de la verdad última, y con enorme habilidad sacan de la galera un flashback de una reunión navideña (única escena inventada para el film), y a él vuelven una y otra vez para revelar lo que sucede desde diversos ángulos, otorgando a cada vuelta del tiempo un sentido diferente, que a su vez origina interpretaciones disímiles de un mismo acontecimiento. La sutileza del film se extiende incluso al británico pudor con que se revelan elegantes bisexualismos y algún amor homosexual, a la importancia conferida a personajes que casi ni aparecen en pantalla (el soviético Karla o la esposa de Smiley, que es fundamental para la solución del enigma) o a la irónica inclusión –sobre el final- de la canción “La mer”, porque al igual que las olas van y vienen según la marea, los habitantes de este universo de espías hoy están arriba y mañana no, sin que su movimiento dependa de ellos, sino de corrientes ocultas que los acechan y terminan por voltearlos.

     Un mérito final del director es su escrupuloso trabajo con el elenco. Cada actor hace una verdadera creación del personaje que le toca en juego, pero es obligatorio referirse a Gary Oldman. En las antípodas del desorbitado personaje al que nos ha acostumbrado (Sid y Nancy, Drácula, El perfecto asesino), Oldman revela una extrema economía de recursos para elaborar con minuciosidad digna de un orfebre la patética, lacónica, de a ratos conmovedora interioridad de Smiley. Era una tarea durísima, no sólo por la compleja carnadura humana del protagonista, sino porque ya había sido abordado en el pasado por dos eminencias, James Mason (Llamada para el muerto de Sidney Lumet, 1966) y Alec Guinness (las miniseries El topo, 1979, y La gente de Smiley, 1984, ambas de John Irvin). Sin embargo, Oldman da vuelta de campana al personaje otorgándole una nueva dimensión, como apuntó el propio Le Carré en una declaración: “Si en una noche oscura me cruzara con el Smiley de Guinness, mi instinto sería buscar su protección. Si me cruzara con el de Oldman, creo que huiría como alma que lleva el diablo”. Al igual que Alfredson y sus libretistas, Oldman navega en las fuentes para reelaborarlas y decantarlas, pero no literalmente, sino como él las ve y siente mejor. De ese explosivo cóctel se alimenta un thriller denso e inteligente como pocos.                                          

 

 

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