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Frustraciones: De generación en generación

publicado a la‎(s)‎ 10 may. 2010 20:10 por Victor Garcia | Semanario Voces   [ actualizado el 10 may. 2010 20:32 ]

Tracy Letts nació hace cuarenta y cinco años en Oklahoma, Estado norteamericano donde transcurre esta obra. Seguramente sufrió bastante con los calores de Agosto, algo a lo que ya desde el título se hace referencia constante, claro que en este caso el calor viene con una sensación de agobio sofocante generada no solo por la alta temperatura. Parte de la eficacia de este espectáculo radica en su estructura, hay ciertos mecanismos y esquemas recurrentes que el autor maneja con oficio. En una familia desaparece uno de los integrantes, esto lleva a que todos se reúnan y surjan resentimientos, frustraciones y engaños varios. Ya desde la presentación de Ramón, el Padre que va a desaparecer, el autor nos tira pistas. Ramón aparece como un personaje incompleto, un alcohólico poeta que lee a T.S. Eliot y contrata a una india para hacerse cargo de su esposa. Desde ese comienzo intuimos como se va a desarrollar la historia. Tras la desaparición de Ramón llegan a la casa las hijas con sus maridos, novios y sus propias frustraciones, además de hermanos, cuñados y nietos. Van a surgir los clásicos reproches entre hermanos mientras descubrimos la enfermedad terminal de la madre, Violeta, y su adicción a las “cápsulas”, que delata un estado depresivo crónico. Justamente alrededor de los reproches de Violeta hacia sus hijas y hacia su marido desaparecido es que se empieza a construir el clima de comedía negra. La estructura familiar resulta bastante matriarcal, los personajes más fuertes o más interesantes son mujeres. 

El conflicto familiar vendría a ser la “punta del iceberg” pero ¿qué hay debajo? En primer lugar, esta no es una “familia típica”, en las familias típicas no hay tantos profesores universitarios, ni abuelos poetas. Y esto parece ser importante para poder interpretar lo que expone Letts. Por el lenguaje, por ejemplo el de la nieta Jimena, podemos estar seguros de que la obra transcurre en la actualidad. Por las edades de las hijas, en el entorno de los 44 años, podemos descubrir la edad de los padres. Violeta y Ramón fueron jóvenes en la década del sesenta. Ambos son de origen humilde, pero se pudieron formar, y por ejemplo Ramón tuvo éxito literario, publicando un libro de poemas elogiado en su momento. La madre, Violeta, escuchaba a Eric Clapton (convertido en un símbolo del aburguesamiento institucional de las búsquedas experimentales, si alguien pudo decir “Clapton es Dios” hace medio siglo, hoy se podría decir “Clapton es el Papa”). Entonces tenemos a una pareja de “intelectuales” que seguramente formó parte de lo que se llamó la Nueva Izquierda norteamericana, aquella que contaba entre sus filas a estudiantes activistas en favor de los derechos civiles, en contra de la guerra de Vietnam. Si seguimos al Marcuse de El hombre unidimensional o de El fin de la utopía, en los sesenta ya no se podía contar con la clase trabajadora norteamericana como clase revolucionaria, pues ya estaba integrada a la etapa de producción y consumo del capitalismo norteamericano. Los focos opositores, “negadores” del sistema, estaban dispersos entre los jóvenes universitarios, los activistas por los derechos civiles, los estratos muy bajos y las minorías étnicas. Ramón y Violeta parecen haber estado cerca de esos sectores “críticos”, pero en el ocaso de sus vidas resulta que están totalmente integrados al confort burgués y a la lógica de producción y consumo del capitalismo norteamericano, y claro, muy lejos de la plenitud (y esto se puede trasladar, desde una perspectiva generacional, a toda una nación). En general, lo más fácil y recurrente ha sido, y sigue siendo, cargar las culpas por lo no hecho a los hijos, y a eso se dedica Violeta, a recordar todo lo que dejaron de hacer ella y Ramón por criar a sus hijas, fracasadas y por ende ingratas. 

Claro que los más jóvenes tienen sus propios problemas. Por ejemplo Carolina, la hija menor, es portadora de un discurso desde el que sabe que “existen grises”, que “la vida no es solo blanco y negro”, que “hay que asumir los propios defectos” y tratar de “convivir con ellos”. Todo este discurso es tan claro que en realidad carece de sustancia y solo parece un repetir fórmulas leídas en textos de autoayuda que se compran en el supermercado. También hay conflictos que surgen de un pasado oculto, y que explotan en los hijos. El pasado siempre vuelve aunque se lo niegue. Y a todo esto no mencionamos el uso de la marihuana, el alcohol, o los antidepresivos como calmantes, adormecedores que libran a todos de mirarse a sí mismos. 

Los conflictos de una generación consigo misma trocados en reproches a las más nuevas son bastante trasladables a nuestra realidad. Las miserias de los más jóvenes que se ven en este espectáculo también las podemos encontrar en nosotros mismos. Quizá la presencia de Blanca, esa india que lejos de todos los conflictos de conciencia sabe que está ahí solo “porque necesita el trabajo” sea la más obviamente metafórica pero más difícil de trasladar directamente a nuestro medio. Condado Osage recibe ese nombre de la nación indígena Osage, que vivía en Oklahoma antes de la llegada de los occidentales y a la que pertenece Blanca. Hay hasta un ¿para qué? que podría surgir como interrogante, pero realmente se nos hace difícil encontrar la real dimensión que puede tener la presencia de Blanca en la obra, aquí después de Salsipuedes no quedaron ni siquiera reservas de indios. 

Más allá de cualquier interpretación, la euforia del público en el saludo final tiene que ver con un espectáculo que funciona perfectamente. Sobre una escenografía de Osvaldo Reyno que impresiona, es prácticamente una casa de tres pisos que vemos transversalmente, hay que coordinar el movimiento de trece actores que van ocupando partes del escenario. Con ayuda de las luces el relato parece armado casi como un montaje cinematográfico en la sucesión de escenas que van de una sala de la casa a otra. El clarinete de Fernando Condon dibuja unas melodías agrias que por momentos parecen puntuar escenas. El ritmo de los diálogos, las inflexiones, y las propias actuaciones son las que arrancar risas de los espectadores. Se destacan las actuaciones de María Azambuya, componiendo a esa madre constantemente dopada, que ante el dolor reacciona culpando e hiriendo a los demás, y Alicia Alfonso, interpretando a la hija mayor, que queriendo hacerse cargo de todo no se hace cargo de nada. Especial mención merecen Sandra Américo, con un personaje snob, superficial, que creeríamos caricaturesco en su “sentirse conectada” con sus hermanas sino fuera porque hemos visto varias Carolinas afuera del teatro, y Estefanía Acosta interpretando estupendamente a una adolescente de catorce años, con la gesticulación y los giros propios de su personaje. En definitiva, Héctor Guido dirige uno de los mejores espectáculos que se han visto en Montevideo en varios años, realmente recomendable. 



Agosto, Condado Osage. Autor: Tracy Letts. Dirección: Héctor Guido. Elenco: Luis Fourcade, Soledad Frugone, María Azambuya, Miriam Gleijer, Walter Etchandy, Lucía David de Lima, Alicia Alfonso, Diego Rovira, Estefanía Acosta, Pierino Zorzini, Sandra Américo, Marcos Zarzaj, Pablo Dive. Coproducción: El Galpón-Mancebo-Tenuta. 



Funciones: viernes y sábados 20:30, domingos 18:30. Sala Campodónico del Teatro El Galpón (Av. 18 de Julio 1618). Tel: 408 3366. Entradas: $ 240. 

>> por Leonardo Flamia

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