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Historia reciente: ¡Faltan 4! Por Luis Morales

publicado a la‎(s)‎ 29 jun. 2013 10:35 por Semanario Voces
 

Va por la segunda edición. La recepción de este texto de Miguel Millán (Mercedes, 1957), licenciado en Letras por la Universidad de La Habana, ha sido buena. No es para menos, porque se trata de un ejemplo de la mejor literatura testimonial acerca de la historia reciente. En sus páginas, el autor relata con firme pulso narrativo y rigurosidad investigativa la fuga colectiva que protagonizara junto a otros tres jóvenes comunistas de la prisión en que había convertido al Cilindro Municipal la dictadura cívico militar en 1976. Mediante una técnica que define como “coral”, focaliza el hecho a partir de su propio punto de vista y el de casi todos los actores principales de aquella aventura. Un libro que se lee como una novela, pero que arroja nueva luz sobre los años de plomo.

 

¿Cuál es el hecho que da origen al libro?

La fuga de los cuatro jóvenes comunistas que éramos Grille, Baroni, Falkner y yo, el 3 de junio de 1976. Esa fue la única fuga que se produjo organizada por el Partido Comunista, en un momento en que en el Uruguay había una represión tremenda. Por ejemplo, en esos días, el 20 de mayo, habían matado a Gutiérrez Ruiz y a Michelini en la Argentina; habían secuestrado al doctor Manuel Liberoff; el 12 de junio, renunció Bordaberry; aparecían los cadáveres de los desaparecidos de los vuelos de la muerte y el diario El País decía que eran asiáticos que habían muerto en un motín en un carguero en altamar. Sin embargo, no era solo este diario, en los titulares de la prensa de esos días aparecían las autoridades militares, pero también civiles, médicos forenses y jueces, con nombre y apellido, testificando que eran asiáticos; esto se puede comprobar en la documentación que agrego al final del libro. En ese contexto se produce nuestra fuga.

 

Pero la cosa había empezado antes, ¿no?

En octubre de 1975 se inició la Operación Morgan contra el Partido Comunista y la represión era tremenda contra este partido específicamente. Nosotros formábamos parte de los jóvenes comunistas que estábamos presos en el Cilindro circunstancialmente, porque este no era una cárcel de alta seguridad, era un estadio deportivo. Creo que el capitán Sande Lima, que está preso en Domingo Arena y era el jefe de la guardia en el Cilindro, debe estar pensando cómo ocurrió eso de tenernos en ese lugar cuando no deberíamos haber estado allí; porque presos que tenían “peligrosidad” no debían estar detenidos en esas condiciones. Para esa época, nadie se escapó del penal de Libertad, ni de los otros centros de detención.

 

¿Cómo terminás preso en el Cilindro?

Era un momento en el Uruguay en el que los jóvenes nos incorporábamos a la lucha política. En la ciudad de Mercedes, mi padre era trabajador papelero de la fábrica Pamer; y yo me crié entre los trabajadores papeleros. Participaba de las huelgas en las que intervenía mi padre, que a veces duraban tres meses; acampábamos a la orilla del río y comíamos pescados sacados de allí. Entonces, tenía la camiseta puesta, como cuando te ponés la de un cuadro y lo defendés a muerte. Para colmo, vivía al lado de la casa del Partido Comunista, y los veía a los obreros de la industria azucarera que iban allí; se llenaba de gente, y yo me metí. Terminé siendo dirigente estudiantil y de la juventud comunista de Mercedes, con catorce o quince años. A los diecisiete años ya hacía de todo. Entonces, me agarraron preso, primero en Mercedes, en abril de 1975; después, la juventud comunista me trajo a la clandestinidad aquí a Montevideo, donde a los tres meses caí preso. Y como los militares resolvían todo agrupando a los presos por caso, y yo era uno solo, no estaba en ningún caso. Así que me mandaron al Cilindro “en depósito”. Allí me tuvieron siete meses. Yo era el más veterano de los presos. En esos siete meses habían pasado doscientos compañeros por el Cilindro. Y cuando la fuga había veintidós.  Cuatro nos fuimos y quedaron dieciocho.

 

Eras un preso “veterano” a los dieciocho años.

Y como tal era el encargado de la plata de los presos, era el financista; y con esa plata nos fugamos; un préstamo que nos hicieron los demás compañeros. También era el encargado del almacén de los presos, donde guardábamos la yerba, el azúcar y otros víveres bajo llave.  Todas las mañanas, yo salía acompañado de un guardia a recibir la leche de Conaprole, en botellas de vidrio, para el desayuno. Asimismo, sacaba la basura con una carretilla. Como salía, eso nos permitió mirar cómo era la cosa para escapar. Este relevamiento lo completaron los compañeros desde afuera, entre ellos, Paco Laurenzo, arquitecto de primera línea, quien incluso hizo un plano del exterior del Cilindro. Lo increíble es que para el libro, ninguno se acordaba del plano. Pero lo hubo y lo pasaron para adentro: nosotros sabíamos cuántos pasos teníamos que caminar desde la ventana por la que saltamos hasta la calle Industria, que ahora se llama Serrato.

 

¿Y de qué manera surge el texto?

Yo ya tenía clarito el qué contar, el lío fue encontrar el cómo. Se me ocurrió decir entonces que el personaje se encontró con el escritor. Ese fue un largo proceso, que no fue fácil. Lo que pasó, pasó, pero después, llevarlo a la escritura llevó mucho tiempo. Sobre todo, porque yo he contado lo que sucedió muchas veces, y cada vez que lo hacía, lo contaba de una manera diferente o contaba una parte y no contaba otra. Y algo parecido ocurría cuando nos juntábamos con otros de los que habían estado allí y ellos narraban otra parte. La memoria es fenomenal. En un primer momento, los cuatro nos acordábamos de muchas cosas, pero cuando quise reconstruir todo, ellos ya no recordaban las cosas que me habían contado veinte o treinta años atrás. Pero el hecho fundamental todos lo teníamos claro, el desacuerdo surgía en los detalles. Por ejemplo, acordarnos de todos los que quedaron adentro fue una tarea que completé después de que salió el libro. Con algunos de ellos me conecté y les dio una alegría enorme, porque se sintieron abandonados cuando nos fuimos y pensaban que no nos acordábamos más de ellos.

 

¿Hubo algún caso especial?

Encontrarme con “el Cura”, un sacerdote católico que estaba preso por dar una misa en memoria de Michelini y Gutiérrez Ruiz en la parroquia de Canelones. En cuanto se enteró del asesinato, le dijo al otro cura: “Vamos a dar una misa”; el otro no se animó, pero él dio dos o tres misas el mismo domingo; y de noche ya lo fueron a buscar. Yo solo sabía que se llamaba Miguel Ángel, pero no conocía el apellido, Malesani. Ahora es el cura de Migues y Montes, tiene setenta y siete años y sigue dando batalla.

 

¿Cómo estructuraste el relato?

Al final decidí que lo mejor era que fuese un “coro”, porque realmente la fuga no hubiese sido posible sin ayuda desde afuera. Nosotros desde dentro podríamos haber salido, pero hubiera sido una salida a la nada. Nos hubiesen recapturado de inmediato, por cómo estaban las calles de patrulladas, por el gran control que ejercía la dictadura y especialmente sobre los comunistas; si no hubiésemos tenido quien nos escondiera y nos diera cobertura, nos hubiesen atrapado enseguida. Así que decidí hacer el relato como si fuese un coro que, aunque desafinase en alguna parte, al final, iba a contar la historia. El libro termina siendo un texto testimonial, pero que se puede leer como una novela, en el sentido de que tiene un hilo conductor argumental que es cómo nos fugamos de la cárcel; cómo nos asilamos en la embajada de Venezuela; cómo participamos allí de los sucesos del secuestro de Elena Quinteros. Lo que logré fue que catorce compañeros me contaran esos sucesos. Y la única condición que les puse fue que contaran sin orejeras políticas o ideológicas, que solo con las tripas y el corazón me contaran esos hechos tal cual los habían vivido. Lo que costó fue que aceptaran, pero una vez que lo hicieron, largaron. Fuimos los cuatro que nos escapamos; seis de los que quedaron presos y cuatro de los que nos ayudaron desde afuera en la clandestinidad.

 

¿Pasaron un tiempo escondidos antes de asilarse?

Grille y yo estuvimos siete días escondidos dentro de Montevideo; Baroni estuvo cinco días más; y Freddy solo estuvo escondido un día y luego se asiló en la embajada de México, la de él fue una peripecia un poco aparte de la nuestra.

 

¿Cómo se asilan al final?

El aparatito clandestino del Partido Comunista había averiguado cómo era el asunto del asilo, porque aquí nadie sabía de qué manera proceder. La situación previa era que resultaba imposible entrar a la embajada de México; y la de Venezuela no daba asilo. Así que entramos a la embajada en un asilo de hecho, no de derecho, porque el embajador no quería darnos el asilo. Se negó y nos quedamos de prepo. Terminó aceptando porque todos los funcionarios le decían que sí nos diera asilo. Finalmente, el 10 de junio, nos asilamos, pero nos dijo que nos quedáramos en una piecita, en el fondo, y que no saliéramos para nada. Después de estar cuatro meses asilados en la embajada de Venezuela, salimos. Entonces nuestra tarea era denunciar en los organismos de Derechos Humanos la violación de los mismos aquí. Había compañeros nuestros encargados de eso. Por ejemplo, Nicolás Grab, sabía mi nombre y mi apellido y mi fecha de nacimiento; pero nunca nos habíamos visto, recién vinimos a conocernos ahora. Entonces, le pregunté: “¿Cómo sabés tantas cosas sobre mí?”. “Porque yo hice tu expediente para Naciones Unidas”, me respondió.

 

Durante la estancia de ustedes en la embajada ocurre el secuestro de Elena Quinteros.

Dieciocho días después de haber entrado, el 28 de junio, estábamos en un camarote muy pequeñito, tomando mate, a las diez de la mañana. El embajador nos visitó ese día y nos preguntó: “¿Para dónde se van a ir, a Cuba o a Rusia?”. Nosotros le dijimos: “Nos quedamos en Venezuela”, porque no le queríamos decir nada. Al rato, sentimos gritos, pero pensamos que eran los de la cónsul, una señora solterona e histérica, a quien le provocaban esos gritos los dos hijos de Grille, que tenían dos y cuatro años respectivamente. Esto era porque el lugar era muy pequeño, y dos niños encerrados allí, sin poder salir a jugar… era insoportable. Las oficinas funcionaban de nueve de la mañana a una de la tarde.  Aquella mujer, todos los días gritaba desde sus oficinas en el segundo piso; así que, al principio, nos pareció que eran los gritos de ella. Pero Baroni subió al segundo piso de la residencia de Bulevar Artigas y Guaná, donde había un baño que estaba a unos cincuenta metros de donde nos encontrábamos nosotros, y que tenía una ventana que daba a la calle. Él nos llamó: “¡Vengan, vengan!”. Yo fui el último en llegar, y ya era el desparramo en la vereda y en la calle. No quedaba nada. El primer secretario, Carlos Batista, estaba conmocionado y no dejaba de decir: “¡Qué vaina, chico, qué vaina!”.

 

Hubo forcejeos y golpes, ¿no?

Había un muchacho, uruguayo, de Melo, que era el ujier de la embajada. Él, que tenía 23 años, estaba en la puerta conversando con el policía que estaba de guardia allí y vio pasar a esa mujer rubia, que luego saltó hacia el patio de la embajada y empezó a gritar: “¡Asilo, embajador, asilo!”. Tres o cuatro policías de civil lo empujaron y se metieron en la embajada, y lo golpearon cuando intentó ayudarla. También salieron Batista y otro funcionario. Era evidente que se trataba de alguien que quería asilarse, pero no sabíamos quién podía ser; tampoco sabíamos quiénes eran los policías de civil. Grille y Baroni, enseguida, reconocieron a Cacho Bronzini, un milico de inteligencia de la policía; y dijeron que era la patota del Departamento cinco de la policía, del comisario Benítez.

 

Se sucedieron momentos de tensión extrema.

Las autoridades de la dictadura cometieron muchas burradas. Porque, en vez de dejar que fuera el  Ministerio de Relaciones Exteriores el que tuviera el contacto con la embajada, mandaron milicos: el comisario de la zona, después un comisario de la jefatura y así fueron recorriendo toda la cadena de mando… Una de las respuestas que le dieron fue que en toda la jefatura de Montevideo no había un solo funcionario al que apodaran Cacho… ¡Es difícil no encontrar un uruguayo al que le digan Cacho! Era como si se culparan a sí mismos. Y esa misma tarde hubo un llamado telefónico a la embajada diciendo que esa persona era Elena Quinteros y daba la dirección de la casa de los padres para que fueran a buscar fotos. Los padres de ella fueron a la embajada y mostraron la foto, en la que ella estaba de pelo negro (le decía la Negra), y lo que se había visto era una mujer morocha pero rubia. Era ella con el pelo teñido.

 

Mucho tiempo después tuviste que testimoniar sobre aquellos hechos.

Eso forma parte de la memoria. Volví del exilio en el año 1985, y siempre contaba lo que había vivido y también lo hice en el diario Acción de Mercedes, que es de izquierda. La derecha no me daba pelota. Pero en el 2000, con la Comisión para la Paz, con la cual Batlle le sacó un brazo a Sanguinetti, porque al otro día de asumir Batlle, aparece Macarena Gelman, después de que Sanguinetti se había ido de su gobierno diciendo que no había niños desaparecidos. Yo sé que la sucesión de los hechos no fue así, pero para afuera, Sanguinetti nunca va a poder llegar a un título honoris causa porque él le tuvo desaparecida diez años la nieta al poeta Juan Gelman. Cuando las viejas de la Comisión de Familiares de Desaparecidos dijeron que les parecía bien la Comisión para la Paz, llamé desde Mercedes para decir que había sido testigo del secuestro de Elena Quinteros. A los pocos días me llamaron diciéndome que viniese.

 

Según tu entender, ¿qué aportó la Comisión para la Paz?

A los efectos prácticos de la aparición de Elena y de los otros desaparecidos no tuvo muchos resultados, porque les terminaron dando respuestas que al final se supo que no eran; como el caso de Julio Castro, que les dijeron que habían tirado las cenizas al Río de la Plata. Cuando les vi las caras a los de la Comisión: Cotugno y Williman, que se dormían; Pepe D’Elía, ya viejito; los que cortaban el bacalao eran los abogados Ramela y Fernández, pescados de mar afuera cualquiera de los dos, y ante los comentarios que ellos hicieron (yo tuve los ganchos fijos en ambos), me dije: “Acá no pasa nada”. Pero lo que a mí me interesaba era que eso me dio crédito para volver a Mercedes y decir: “Es cierto lo que vengo diciendo”. Así, “la gran prensa” de derecha de Mercedes, el diario Crónicas y CV 10, me entrevistó y yo hice el cuento entero. A partir de ahí, compañeros de trabajo y otra gente se empezaron a acercar a mí y a decirme: “¡¿Ah, a vos te pasó esto?!”; “Yo había escuchado algo, pero…”.

 

¿A qué atribuís ese desconocimiento?

A partir de eso, me di cuenta de que lo del golpe de Estado fue una conmoción cerebral en el organismo de la sociedad. Pero, de a poco, la gente va recuperando la memoria. He hablado con judíos que tienen familiares sobrevivientes del Holocausto y me han dicho que los sobrevivientes no siempre contaban. Es algo parecido. Poco tiempo antes de que a mí me llevaran preso, en noviembre de 1974, habíamos salido campeones nacionales de fútbol con el liceo José María Campos. Era mi momento de gloria, me sentía famoso, el crack del fútbol mercedario. Y a mi padre, cuando desaparecí de Mercedes, nunca más le preguntaron por mí; ni fueron a decirle: “¿Está Miguel?, lo precisamos para jugar”, nunca más nada… Me mataron. “Mejor no hablar de eso”. “Mejor no preguntar”. “Andá a saber por qué habrá sido”… Entonces, me imagino que para la sociedad el golpe fue tremendo.

 

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