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HUMANISMO CRÍTICO Y RIGOR ESTÉTICO: Ettore Scola cumplió 80 años. Por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 14 may. 2011 14:41 por Semanario Voces



 

En una semana con muchos eventos y aniversarios (comenzó el Festival de Cannes, los 80 años del estreno de El vampiro negro de Fritz Lang, medio siglo de la muerte de Gary Cooper), no debe olvidarse el 80º cumpleaños de Ettore Scola, mito viviente del moderno cine italiano. 

 

     Uruguay tardó dos décadas en averiguar quién era realmente ese hombre, que parecía un artesano más dentro de una industria floreciente como la italiana de los años 50 y 60. Scola (10.05.1931) había desarrollado desde 1956 una profusa labor de eficaz guionista para gente como Mario Camerini, Carlo Lizzani, Luigi Zampa y Dino Risi, para quien escribió Il Mattatore, La marcha sobre Roma, Il Sorpasso y Los monstruos. En medio de esas tareas Scola decidió pasar a la dirección, aunque la primera etapa de su carrera fue menor: ocho títulos de 1964 a 1972, seis de ellos confeccionados sólo para lucimiento de Vittorio Gassman, Nino Manfredi y Alberto Sordi. Los dos restantes, en cambio, tuvieron otro interés: Celos estilo italiano reveló a un cineasta poseedor de inquietudes más personales, y La más bella tarde de mi vida, desencantada visión de la vejez, fue un talentoso anticipo de lo que Scola rodaría a continuación.

     Entre 1974 y 1986 se ubican media docena de films que convirtieron en un maestro al eficaz artesano. El período lo inició Nos habíamos amado tanto (1974), crónica de tres amigos, antiguos miembros de la resistencia, gastados por la vida. El film contiene todos los elementos del Scola más valioso: una mezcla de cinismo y melancolía para descubrir que la audacia del pasado caduca irremisiblemente, críticas al sometimiento del ser humano a las convenciones sociales y la corrección política, lúcida mirada a la Historia a través de las pequeñas anécdotas de gente común, dosis de amargura para destilar severos juicios generacionales. Ese humanismo crítico se trasladó a la estética, porque la historia italiana se repasó con rigor, intercalando documentales de época y filmación ficticia.

     Forma y contenido continuaron en espléndida correlación en Sucios, feos y malos (1976), farsa feroz ambientada en los cantegriles de la periferia de Roma, donde Scola logró la proeza de volcar una salvaje comicidad en medio de un cuadro de contornos siniestros. El cineasta canjearía luego esa incisiva caricatura por un inolvidable modelo de reserva emocional en Un día muy especial (1977), que unió al ama de casa Sofía Loren y al intelectual Marcello Mastroianni el día en que Hitler visitó Roma. Aquí importó el sobreentendido, el silencio elocuente, el gesto de emoción, que trasmiten más que mil palabras. Esa culminante trilogía fue seguida por La terraza (1979), que llegó a Uruguay con graves cortes que redujeron el film a un tercio de su metraje original. Luego Scola quiso ser Visconti (Pasión de amor, 1980), pero fracasó.

     La recuperación fue total en La noche de Varennes (1981), nueva mirada de reojo a la Historia, con un carruaje que en 1791 circula por la misma ruta que otro en el cual los reyes de Francia intentan huir de la Revolución. El anecdotario permitió a Scola jugar con la realidad histórica en múltiples niveles, ya que en la carroza ubicó al político Thomas Paine (Harvey Keitel), el escritor Restif de la Bretonne (Jean-Louis Barrault) y el aventurero Giacomo Casanova (Mastroianni). El resultado fue una proeza estética y de elenco (también están Hanna Schygulla, Jean-Claude Brialy, Jean-Louis Trintignant, Daniel Gélin, Andrea Ferreol y Laura Betti), además de un juego irónico en el que el deleite fue unir los opuestos: sensatez y frivolidad, egoísmo y abnegación, odio y amor. El buen nivel prosiguió en El baile (1983), que narró medio siglo de historia francesa a través de la asistencia a un popular club sabatino. La original propuesta, volcada sin diálogos, se apoyó exclusivamente en la imagen, la nutrida banda sonora y la mímica y movimientos de los integrantes del grupo teatral Les Compagnols.

     La comedia Maccaroni (1985), vehículo para el histrionismo de Mastroianni y Jack Lemmon, fue un serio traspié, pero esa caída resultó beneficiosa, ya que La familia (1986) fue Scola en estado puro. Desde el arranque su idea resulta  sensacional: narrar la entera existencia de una familia italiana durante los 80 años de vida del protagonista, con la particularidad que la cámara jamás abandonará el interior de la mansión donde se desarrolla el profuso anecdotario. Vittorio Gassman es un docente que vive en Roma entre 1906 y 1986, sin que le sean ajenos los episodios históricos que se suceden: la Belle Époque, la Gran Guerra, la instauración del fascismo, la Segunda Guerra, el avance tecnológico e industrial, las rebeldías de los años 60, el descreimiento posterior. Pero el devenir histórico no se muestra en directo, sino que se filtra mediante casuales conversaciones, cartas, referencias a puntuales desacomodos económicos o imágenes que llegan desde la TV. En cambio, abundan los pequeños incidentes privados de la vida diaria: la gente nace, crece, se enamora, se casa, se divorcia, se reencuentra y se muere en el interior de la casona, pero ni siquiera esos hechos mínimos aparecen en la imagen, porque Scola maneja con maestría un lenguaje elíptico con el cual bucea en un microcosmos familiar, que es fiel reflejo del macrocosmos desarrollado a extramuros. Esta familia no es una sino todas las familias italianas, por eso nunca sabemos el apellido de esta gente. Pese a ello, cada personaje posee su propia carga dramática, sus características incanjeables que permiten ubicarlos en forma inmediata. Esa virtud de libreto es ayudada desde la dirección con un hallazgo estupendo, que visualiza el paso del tiempo mediante un movimiento espacial: un recurrente travelling a lo largo del corredor de la mansión marca el fin de un decenio levantando el telón sobre el siguiente.

     Después el cineasta marcó el paso (Splendor, 1988; El viaje del capitán Fracasse, 1989; Qué hora es, 1990), aunque sin bajarse de un habitual nivel de dignidad. Mejoró en Mario, María y Mario (1993), triángulo amoroso en el seno del PC italiano tras la caída del Muro, y Crónica de un joven pobre (1995), tragicómica farsa negra y pesimista, inesperada en Scola. La cena (1998) pareció una repetición de viejos temas, Competencia desleal (2001) mezcló antisemitismo y rivalidad comercial en los años fascistas, y Gente de Roma (2003) fue un documental ficcionado con el que Scola se despidió adecuadamente del cine: canto de amor a la Ciudad Eterna y su gente, echa una mirada lúcida y asordinada sobre un universo impar, cambiante, donde la belleza se da la mano con la locura y la melancolía, como en la vida. Y como en la entera obra de Scola, que gracias a su humanismo crítico y su rigor estético nunca se apagará.    


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