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INTIMISMO Y GRANDEZA: Veinte años sin David Lean.por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 10 abr. 2011 14:01 por Semanario Voces



 


Dieciseis películas a lo largo de 42 años bastaron a David Lean para convertirlo en un maestro del cine. El 16 de abril se cumplen veinte años de su muerte y resulta imprescindible recordarlo como es debido.

 

GENIAL OFICIO. Lean había nacido en Croydon, Surrey, el 25 de marzo de 1908. Entre 1928 y 1942 se desempeñó como montajista, oficio que le sirvió para afinar su sentido del ritmo y alcanzar una infalible puntería en el manejo del tiempo narrativo. Gracias a ello pudo trasmitir la tensión más adecuada a secuencias que culminaban con un broche de oro inigualable, cualidad que sólo Lean podía conseguir. Esa maestría para el montaje fue adquirida a través de dos docenas de films, entre los que podrían citarse Como gustéis (Paul Czinner, 1936), Pygmalión (Anthony Asquith y Leslie Howard, 1938), Comandante Bárbara (Gabriel Pascal, 1940) y Cinco hombres (Michael Powell, 1941). Y luego el avezado montajista debutó en la realización.

    La obra de Lean puede ser clasificada en dos grandes grupos. El primero (1942-1955) consta de once títulos mayoritariamente en blanco y negro, maduros estudios de la vida y sensibilidad del londinense común. El segundo período sólo abarca cinco films en un prolongado lapso (1957-1984). Son épicos y de raigambre histórica, muy famosos y premiados. En ellos Lean se expandió al Technicolor y la anchura del CinemaScope, y mediante una serie de grandiosas puestas en escena posó su mirada inteligente sobre heroicos personajes inmersos en vastos paisajes naturales. A simple vista podría parecer que en 1955 Lean efectuó una ruptura creativa, canjeando el intimismo de sus films iniciales por las magnas proporciones de sus últimas obras. Sin embargo no es así, y el propio cineasta lo aclararía: “Todo director debe lidiar con cada escena como si fuera lo más importante del film, y con cada film como si fuera lo mejor que puede sucederle a su carrera. Claridad, mucha claridad, eso es básico en cualquier rodaje”.

     De esa manera Lean fue insuperable en la maníaca precisión para el detalle estético y conceptual de sus obras, que muestran notables calidades de libreto, montaje, fotografía, música, sonido, vestuario y ambientación. En su cine la técnica siempre se adaptó al argumento, lo que ha permitido a varios colegas afirmar que “el estilo de Lean es tener un estilo diverso para cada tema”. Eso lo convierte en uno de los creadores más notables de la historia del cine. Aún no ha sido reconocido como tal, y ello se debe a la crítica adversa que cosechó en los años 60 y 70, cuando fue atacado de manera feroz por Pauline Kael (de The New Yorker), Richard Schickel (de Life) y Cahiers du Cinéma. Esa gente acusó a Lean de haber traicionado la brillantez de su obra inicial, canjeándola por “la vacua grandilocuencia de sus espectáculos históricos”. El ataque tuvo ribetes de verdadero odio, pero a la distancia parece fruto de una trágica incomprensión. Eran los años de auge de la teoría del autor y los “nuevos cines”, y por entonces se privilegió el intimismo a la grandiosidad, la ruptura de lenguaje a la narración clásica, el blanco y negro al color. Y justo en esos años Lean tuvo la inoportuna idea de abandonar su etapa presuntamente “autoral”, para iniciar la serie de films espectaculares.

 

OBRA. Resulta inaudito que aún no se advierta el carácter independiente de Lean. Tardó en dirigir porque se negaba a hacer films de clase B, y cuando abordó la tarea se alió con el escritor Noël Coward, el guionista Anthony Havelock-Allan y el fotógrafo y realizador Ronald Neame para fundar la productora Cineguild, desde la que controlaban los guiones y elencos de sus films, más allá de depender de Alexander Korda o Arthur Rank para distribuirlos y exhibirlos. De Cineguild salieron las primeras obras de Lean: Hidalgos de los mares (1942), historia de un destructor hundido durante la guerra; La vida manda (1944), ambientada en un hogar de clase media en los años 30; la comedia Un espíritu travieso (1945); y una primera obra maestra, Lo que no fue (1945), historia de un adulterio nunca consumado, sabia exploración de una moral basada en conceptos como fidelidad y lealtad, que terminan imponiéndose a las ansias de amor verdadero de la desafortunada pareja.

     A continuación, la incursión en el universo literario de Charles Dickens brindaría Grandes ilusiones (1946) y Oliver Twist (1948), donde Lean logró dos modelos de adaptación literaria a la pantalla: “Elija lo que quiera hacer con una novela, y luego hágalo con firmeza. Si es necesario, recorte los personajes, no intente plasmarlos íntegros, tome un poco de cada uno, si es posible lo mejor”. De esa forma, dos largas y complejas novelas terminaron convertidas en narraciones visuales de rara perfección. Después vino un período de transición: el triángulo amoroso de Apasionada (1949), el melodrama El pecado de Madeleine (1950) y la historia de un piloto empeñado en romper la barrera del sonido (Sin barreras en el cielo, 1952). Lean se recuperó con una comedia grotesca de estilo dickensiano (¿Es papá el amo?, 1954), y luego experimentó varios cambios en Locura de verano (1955), donde por primera vez rodó íntegramente una historia en exteriores (Venecia), utilizando un Technicolor que no abandonaría jamás. Allí conoció al productor Sam Spiegel, que cambiaría el rumbo de su carrera.

     Los cinco films espectaculares de Lean no necesitan presentación: la aventura bélica de El puente sobre el río Kwai (1957), con su infalible noción de tiempo y ritmo; Lawrence de Arabia (1962), modelo inigualable de cine histórico y hondo retrato de una torturada psiquis individual; Doctor Zhivago (1965), exitosa historia romántica con desfasajes de libreto pero irreprochable perfección formal; La hija de Ryan (1970), injustamente descalificada, con poderoso estudio de personajes, aguzado sentido novelesco, dosis de romance fatalista y la mejor escena de toda la carrera de Lean, la tormenta en el acantilado; y Pasaje a la India (1984), drama de acompasada respiración donde se trasmite una personal visión del mundo y la vida. Ninguno de esos títulos hizo que Lean se bajara de su independencia creativa: para no depender de las majors, el cineasta adoptó un sistema de alianzas con un productor para uno o dos films solamente, relacionándose a través de pequeñas empresas (Horizon, Sostar, Faraway) y exigiendo no ver al productor hasta la noche del estreno. Entonces: ¿cineasta comercial o autor personal? ¿Artesano de qualité o creador riguroso? A veinte años de su muerte es hora de mirar la obra de Lean desde adentro, y así descubriremos territorios inexplorados, producto del talento de un orfebre único, que ensambló imágenes y argumentos como pocos lo hicieron a lo largo de la historia del cine.        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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