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Juan Pablo II y un milagro discutido Ratzinger se beatifica a sí mismo por Xavier Pikaza*

publicado a la‎(s)‎ 7 jun. 2011 16:04 por Semanario Voces



La discusión comenzó el mismo día del entierro (4-5 abril 2005), cuando aparecieron en la Plaza del Vaticano, de forma espontánea o dirigida por instituciones de poder, las pancartas del Santo Súbito (Santo ya, inmediatamente). No fue canonizado “inmediatamente” (súbito), como pedían las pancartas, pero casi.

 

 

No he dudado de la santidad del papa Wojtyla, de su sacrificio y de su entrega al servicio de la Iglesia. Pero tengo mis dudas sobre la conveniencia “inmediata” de su beatificación, por dos razones básicas:

(a) Porque su figura sigue marcando una escisión en la Iglesia actual. Por eso, presento mis “reparos” sobre la conveniencia de beatificarle en este momento (cuando no se han curado las heridas que él pudo causar).

(b) Porque la forma de ratificar su santidad con un presunto milagro, que los cardenales de la comisión de canonizaciones ya han aprobado (curación de un caso de “Parkinson”), me parece menos “evangélica”.

 

1. Dudas ante la Beatificación de Juan Pablo II

 

Juan Pablo II ha sido una figura pública, querida y admirada por millones de personas, pero, al mismo tiempo, discutida en amplios círculos de la Iglesia católica. Su beatificación “súbito”, a los seis años de su muerte, me parece por lo menos apresurada.

a) Riesgo de endogamia.

Son muchos los que piensan que, con esta beatificación, un tipo de jerarquía de la Iglesia se “ratifica” y aprueba a sí misma, como hizo ya al beatificar a Pío IX. No parece un “fair play”, un ejercicio de “igualdad de oportunidades” y de apertura a otros modelos de Iglesia y de santidad. Muchos piensan que al obrar de esta manera la iglesia tiende a fortalecerse a sí misma como jerarquía: Los que beatifican a este Papa son aquellos mismos que él había colocado en la cumbre de la jerarquía vaticana, de manera que puede pensarse que lo hacen básicamente en un gesto de agradecimiento “endogámico”, para ratificarse a sí mismos (para decir así que ellos tienen razón, que su forma de actuar está bendecida desde el cielo, por el nuevo “santo”). Hay otras figuras y modelos de Iglesia que no han tenido esta “suerte”, por ahora: desde Mons. Romero hasta H. Camara.

b) Un pontificado poco dialogante

Juan Pablo II parece haber sido un santo por dentro, hombre de oración y sacrificio. Pero su pontificado ha sido poco trasparente, poco abierto a la concordia de todos los grupos en la Iglesia. Por todas parte se cuentan las anécdotas sobre su “dureza” en el trato con algunas figuras de la Iglesia, a las que “humilló”, empezando por el Cardenal Tarancón. Sin duda, la santidad puede incluir un tipo de “dureza” al servicio del ideal cristiano. Pero muchos tienen la impresión de que la “dureza” de Juan Pablo II se mostró sólo en una línea, y se dirigió en contra de un tipo de Iglesia que él no aprobaba. Mientras no quede claro lo que está al fondo de esa dureza, resulta poco prudente beatificarle. Es como beatificar a una parte de la Iglesia, a un tipo de pastoral y de misión que está siendo todavía discutida. Puede pensarse que esta beatificación es un intento de ratificar un tipo de política eclesial que resulta, por lo menos, discutible. No es bueno (querer) resolver los problemas de la Iglesia “canonizando” a los que van en una línea. En este momento, la beatificación de Juan Pablo II puede tomarse como triunfo de un tipo de iglesia que posiblemente deberá cambiar muy pronto, cuando cambie la “política” eclesial del Vaticano. Podían haber esperado unos años, cuarenta o cincuenta, para ver lo que queda de poso en la vida y figura de Juan Pablo II, para “beatificarle” a él como persona, no a un tipo de Iglesia.

c) El tema abierto de la pederastia.

No es quizá el más importante, pero es muy significativo. Tras la muerte de Juan Pablo II se ha destapado en la Iglesia Católica el tema de la pederastia en algunas partes del clero. No es que Juan Pablo II tenga la culpa, pero son muchos los que piensan que no fue transparente en su administración, que se dejó engañar… El tema es demasiado urgente, demasiado doloroso, como para pasarlo así por alto. No todos tienen la misma responsabilidad en ese tema y en otros de la vida de la Iglesia. Debemos suponer que Juan Pablo II no tiene directamente culpa alguna. Pero hay también responsabilidades indirectas, y no está claro que Juan Pablo II esté libre de ellas. Un Papa podría haber actuado de modo distinto.

2. Preguntas ante el valor probativo de los milagros

Al lado de las tres dudas anteriores quiero plantear el tema de la “prueba” de los milagros. Dicen que médicos y cardenales de la comisión para las beatificaciones han aprobado el “milagro” realizado por intercesión de Juan Pablo II, de manera que peude ser beatificado. Éste es un tema sobre el que me he pronunciado ya. El 30.11.09 publiqué un post titulado ¿Qué milagros son necesarios para las canonizaciones? Una reflexión “crítica”. Había asistido días antes a la defensa de una tesis doctoral en Derecho Canónico, defendida por Pierre Kaziri, en la Universidad Pontificia de Salamanca. El tema era: Las virtudes y el martirio como razones o causas para beatificar o canonizar a un venerable, a lo largo de la historia y en el Derecho actual de la Iglesia. Fue una tesis razonada, precisa, profunda, y así lo reconocieron los especialistas del tribunal, representantes de las tres grandes Facultades de Derecho Canónico en España: Navarra, Comillas y Salamanca: ¿Qué pasa con los milagros? ¿Por qué no ha tratado el doctorando de ellos? El doctorando respondió que se trataba de un silencio metódico, pues su tema era sólo las “virtudes” y el “martirio”. Pero todos los asistentes tuvimos la impresión de que no había querido tratar de los “milagros” porque ellos están muy discutidos (como causa de beatificación), tanto en el plano teológico como en el canónico. Exigir milagros, como hoy se hace, para beatificar o canonizar a un santo me parece algo cercano a la magia. Va en contra del estilo “cristiano” de Jesús y de la Iglesia y se sitúa en la línea de la ordalía o de ciertas pruebas “sobrenaturales” que se exigían aún todavía en el Antiguo Testamento (como las aguas amargas). Jesús no iba en esa línea. Ciertamente “creo” en los milagros, es decir, en la presencia de lo sobrenatural, en el poder de la Vida que se expresó en Jesús y que se expresa en muchos hombres y mujeres, pero convertirlos en “prueba” exigida para resolver un tema (un juicio, un proceso de santidad) me parece contrario al evangelio. Esto es lo que pienso, con la mayor parte de los teólogos y canonistas católicos con quienes he dialogado sobre el tema.

 

Una visión medieval (y poco cristiana) del Derecho Canónico.

 

a. La mayor parte de los teólogos creemos en los “milagros” en el sentido del Evangelio. No sólo pensamos que la vida es un milagro y que, sobre todo, es un milagro la fe y la experiencia de la gracia, sino que estamos convencimos de que hay muchas cosas que no pueden explicarse por la pura ciencia.

b. Pero el milagro no es algo que va “contra las leyes de la naturaleza” (¡pues no conocemos lo que ella, la naturaleza, significa!), sino aquello que nos abre hacia un horizonte más amplio de vida y de esperanza. El milagro auténtico es “Dios”, es decir, la fe en Dios… En ese sentido, los milagros ya concretos son “señales” (signos) de esa presencia de Dios, no pruebas, como sabe el Evangelio: Jesús nunca “ha probado” algo con milagros, más aún, se ha negado a hacerlo, cuando le han pedido y exigido que los haga. (Jesús no probaría con un milagro la santidad de su siervo Wojtyla) Pero su vida está llena de signos de misterio, para aquellos que saben ver.

c. Si un milagro se probara científicamente no sería milagro, sino que caería (de alguna manera) dentro de la lógica de la ciencia. La buena ciencia sabe que en la vida de los hombres hay cosas y cambios que no se explican a través de una ciencia de tipo físico (como la medicina clásica), pero eso no significa que ella los considere milagros (en el sentido de acciones que rompen las leyes de la naturaleza), sino que deberíamos ampliar el concepto de naturaleza y de vida humana.

d. No negábamos, pues los milagros, pero pensábamos que ellos no se pueden probar en un plano “científico”, pues tampoco sabemos lo que es la ciencia y lo que podrá ser mañana. Por otra parte, el despliegue de la salud y de la enfermedad de los hombres y mujeres nos sitúa en las mismas fronteras de la ciencia, abriéndonos a elementos y factores que no podemos dominar con los métodos de contabilidad científica actual.

e. Por otra parte, pedirle a Dios “milagros” para probar que un hombre o mujer es santo nos parecía más cercano a las ordalías medievales (de tipo germano) que al estilo bíblico y cristiano de vida. Pensábamos que en este campo la praxis canónica de la Iglesia tiene que cambiar, adaptando el Derecho Canónico al Evangelio (al estilo de vida de Jesús). Estábamos convencidos de que Jesús nunca pediría un milagro de estos que pide el Derecho Canónico actual para canonizar a alguien… Ni siquiera a él le habrían podido canonizar según el Derecho Canónico (pues los “científicos” de entonces, que no eran malas personas, no creyeron en sus milagros… y la resurrección no se puede probar con métodos científicos).

f. Además, no es más milagro la curación “externa” de un enfermo que el hecho de que ese enfermo muera. Más milagro fue la muerte de Jesús en la Cruz que el posible “descenso” de la cruz, por obra de ángeles o seres sobrenaturales (como el mismo Jesús dijo). Pedir (exigir) milagros de curación cuando Dios no “curó” a Jesús de esa manera en la cruz nos parecía poco cristiano. El tema lo planteó de una forma intensa el gran Dostoievsky, en los Hermanos Karamazov, al hablar de la muerte y de la corrupción de un monje “santo”. ¿Qué es más milagro la incorrupción en el sepulcro que el corromperse en un sentido para renacer en otro, como dice San Pablo en un lugar famoso de 1 Cor 15).

g. Toda la tradición cristiana, desde el tiempo de Jesús, conoce bien el tema de la ambigüedad y manipulación de la “milagrería” que puede darse y se da en ciertas capas de la Iglesia (aunque éste no es el caso en las causas de beatificación y canonización, decíamos). El único “milagro” es la fe, una fe actica que puede mostrarse en el hecho de que muchos hombres y mujeres se hayan puesto en manos de Dios a través del “testimonio” algunos santos… Esa fe que cambia la vida que es el verdadero milagro.

El milagro de Juan Pablo II

No quiero ya tratar del milagro “concreto” que se ha aprobado para la beatificación de Juan Pablo II (parece tratarse de una persona que se ha curado de una enfermedad fuerte de parkinson). No dudo de que se haya curado, no dudo de que haya invocado a Juan Pablo II. Pero decir que eso ha sido milagro en el sentido que se le da al término y que el “autor” (o intermediario) ha sido Juan Pablo II me parece demasiado. Si se quiere conservar el término “milagro” habría que darle otro sentido, otros matices, en la línea del cambio personal y de la apertura de horizontes humanos, ante el misterio de Dios, ante el don de la vida, tal como descubrimos en el Evangelio de Jesús. Necesitamos y queremos “milagros”, pero en otro sentido, no para “probar algo” (si uno es santo o no), sino para superar el plano de las “pruebas”, penetrando en el ámbito de la gracia, de la felicidad de Dios, del don de la vida.

Lo que Jesús pide es “fe” activa, amor intenso al servicio de los demás. Más aún, la fe es capaz de “hacer milagros”, es decir, de transformar la vida de los hombres y mujeres, en un plano de totalidad, incluso de manera “corporal”. Pero “demostrar” que hay milagros concretos, realizados por la intercesión de este “santo” concreto y poner esos milagros como “prueba” de santidad me parece quizá demasiado (es decir, poco evangélico). Quizá sería hora de que cambiara la norma canónica sobre los milagros en los procesos de beatificación y canonización.

El milagro de Juan Pablo II tiene que ser su vida entera al servicio de la unidad y de la misión de la Iglesia. No sé si su recuerdo es ese “milagro” que la Iglesia actual necesita, en su misión de evangelio. 

 

* Teólogo y religioso español nacido en 1941. Profesó en la Universidad de Salamanca. Uno de los nueve expertos que investigó la circunstancias de los atentados del 11M en Madrid.


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