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La apuesta: exportemos educación por Gonzalo Frasca

publicado a la‎(s)‎ 7 jun. 2014 9:57 por Semanario Voces


El mercado global de la educación es de 4.500.000.000.000 millones de dólares anuales (fuente: GSV Edu). ¿Mucha plata, no? Sigan leyendo que voy a tratar de convencerlos que, a pesar de estar en el horno, Uruguay tiene ventajas para transformarse en un exportador de educación.

 

La doble crisis de la educación

 

Las razones de la crisis educativa global son varias pero se pueden resumir en los cambios radicales producidos por la economía post-industrial y las tecnologías digitales. Hasta hace poco era fácil predecir la futura profesión de los estudiantes del planeta: obreros, campesinos, amas de casa y en un distante segundo grupo, funcionarios y profesionales. Ahora esa relación se está invirtiendo.

 

La crisis global responde a que la escuela fue creada para un mundo que dejó de existir e intenta, sin éxito, cautivar intelectualmente a alumnos acostumbrados a contenidos desafiantes (TV, Internet, videojuegos y cine).

 

La crisis educativa uruguaya es doble. A la mundial se le suma una crisis logística, donde el problema más urgente el del capital humano. A la hora de elegir profesión, nuestros jóvenes más capacitados no suelen optar por la carrera docente debido a sus malos sueldos y peor prestigio social.

 

La tecnología ayuda pero no hace milagros

 

Empecemos por dejar algo claro: la tecnología educativa está de moda. Las apps, las tabletas y los videojuegos se presentan como salvadores pedagógicos. Esto se enmarca en una filosofía de Silicon Valley que predica que los problemas sociales tienen soluciones de ingeniería. Spoiler: no suelen tenerlos.

 

La historia del software educativo es la historia de un crimen. La mayoría de sus productos no cumplen con sus promesas, están mal diseñados y son aburridos. Para colmo suelen compartir la peor obsesión del sistema educativo: medir sólo lo que es fácil de medir. Por ello, el 90% del soft educativo es una pérdida de tiempo y recursos.

 

Un viejo chiste cuenta que un borracho buscaba sus llaves bajo la luz de un farol. Un hombre viene a ayudarlo pero, al no encontrarlas, le pregunta si está seguro de haberlas perdido allí. El borracho contesta que en realidad las perdió en la otra esquina. Al preguntarle por qué no las busca allí, el borracho responde: “porque allá no hay luz”. Al igual que el borracho, la educación tradicional busca resultados donde le es cómodo, por más que estos estén en otro lado.

 

Es posible evaluar la creatividad y el sentido crítico de un alumno. Es posible medir cómo lidia con el stress y cómo trabaja en equipo. Es posible pero es complejo. Mucho más fácil es darse cuenta si cometió un error en una suma o si cometió una falta. Por eso el software educativo apunta a los miedos paternos y no a las necesidades del alumno. Al igual que la escuela, suele focalizar en aritmética en vez de matemáticas y en ortografía en vez de comunicación.

 

Desde hace décadas que la industria del soft educativo vende gato por liebre, como cuenta la investigadora Mizuko Ito (UC Irvine) en su libro “Engineering play”. Aunque por suerte hay brillantes excepciones, como el trabajo de WeWantToKnow (Noruega) y Glasslab (EEUU). Y de ellos debemos aprender. Tienen un secreto: no combaten el aburrimiento con diversión. Lo combaten desafiando.

 

Una oportunidad para Uruguay

 

Antecedentes ya hay. De hecho, ya exportamos educación. El Plan Ceibal ha asesorado a varios países de la región, vendiendo know-how. También se han creado apps, aunque la mayoría sigue los cánones tradicionales, salvo notables excepciones como el juego “Ajedrez y Leyendas”.

 

El software educativo requiere dos áreas de competencia técnica: la informática y la audiovisual (si, ya sé que no dije “pedagógica”, aguanten un cachito). Son áreas sólidas en nuestro país y acostumbradas a pensar en la exportación.

 

La otra ventaja del Uruguay es que gracias al Plan Ceibal tenemos a todos nuestros escolares y liceales en plataformas tecnológicas comunes. Lo genial no es sólo que estén conectados sino que están conectados de forma estándar cuando lo habitual en el resto del mundo es que los estudiantes tengan acceso a docenas de sistemas operativos y miles de configuraciones de máquinas.

 

Además, las ceibalitas (limitadas y difícil de programar) van dando paso a tabletas y computadoras con sistemas estándar Android y Linux. Esto significa que Uruguay está en condiciones de testear software educativo (de hecho ya lo hace) con el universo total de sus estudiantes. No conozco ningún otro país del mundo que pueda hacer esto.

 

No me preocupa mucho la falta de pedagogos (aunque obvio que son bienvenidos) porque la mayoría de los creadores de juegos lo son de facto. No lo digo yo, lo dice James Gee de la Arizona State University, una de las principales autoridades en pedagogía digital. Por supuesto que igual pueden desconfiar pero los invito a opinar luego de probar “DragonBox Elements”. Se trata de un videojuego que enseña a resolver problemas de álgebra, de manera desafiante y efectiva. Lo hace tan bien que he visto niños de 8 años resolver ecuaciones que recién se enseñan en liceo.

 

El principal “cambio de chip” a la hora de hacer software educativo es romper con el paradigma de producto que viene de la industria del software. En otras palabras, hay que entender al software como un servicio que muta, recibe feedback de sus usuarios y continúa adaptándose.

 

No es un cambio de paradigma simple pues los burócratas suelen buscar soluciones llave en mano. Pero si no hay diálogo, no es posible que haya aprendizaje y los productos terminados no dialogan ni crecen.

 

Subiendo la apuesta

 

¿Exportar educación cuando por casa andamos particularmente mal? Si, se puede. Pero no estoy planteando que crear software educativo sea la solución para nuestra crisis local (eso pasa principalmente por la formación docente y mejores salarios y si no se corrige radicalmente seguiremos perdiendo generaciones).

 

Uruguay tiene buenas condiciones para ser un laboratorio educativo. La gente se asusta cuando se habla de experimentación con sus hijos pero en realidad es el método de aprendizaje básico: probamos de una forma y, si no funciona, probamos otra. El ensayo y error no es sinónimo de improvisación (siempre y cuando se aprenda del error). Sin experimentación no hay mejora posible.

 

El Estado y la academia pueden colaborar (y de hecho ya lo hacen) pero intuyo que el motor vendrá del ámbito privado: diseñadores trabajando con docentes y alumnos. Insisto, la tecnología no es una solución mágica a problemas complejos pero ayuda. Todavía tenemos una élite culta y capacitada que puede inventar formas nuevas (pongo el énfasis en “todavía”). No hay que pensar en reformar todo el sistema educativo: eso es una receta para el fracaso. Pero sí ser metódicos y trabajar mano a mano con los alumnos para crear experiencias replicables, documentadas, optimizables.

 

Contamos con un aliado especial. Los jóvenes de la “generación Y” busca gratificaciones más allá de lo material. Quieren mejorar el mundo y sentirse útiles y aborrecen no ver las consecuencias de su trabajo. Ah, y un detalle nada menor: tienen fresco en la memoria el sufrimiento de haber sobrevivido al liceo.

 

Mi interés no es presentar un plan de acción; me limito a señalar una oportunidad: tenemos centenares de miles de niños y jóvenes mal educados, aburridos, perdiendo el tiempo. Tenemos a cada vez más padres que, al ver cómo sufren sus hijos, están dispuestos a probar alternativas. Tenemos el antecedente de un plan valiente y concreto como es el Plan Ceibal. Tenemos una oportunidad real.

 

La educación del siglo XXI todavía está siendo inventada. Podemos sentarnos a esperar o podemos inventarla nosotros mismos.

 


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