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LA FARÁNDULA DE LA EDUCACIÓN POR Antonio Pippo

publicado a la‎(s)‎ 27 dic. 2011 5:52 por Semanario Voces
 

 

No hay caso, somos capaces de las transformaciones más conmovedoras pese a que muchas veces reflejan idiotez.

Hemos convertido en farándula una cuestión crucial como la educación. Y es así sin secretos porque la responsabilidad le compete, aunque las proporciones difieran, no sólo al gobierno, a la oposición política, a los académicos, técnicos y gremialistas, sino a buena parte de la ciudadanía –esa con capacidad de análisis racional- y, por supuesto, a los medios de comunicación.

¿Los encuentros del presidente Mujica con los líderes de la oposición pueden ser la simiente de una nueva esperanza, despertada entre el montón de errores cometidos? Nunca digas no, escriba que proclamas el libre pensamiento crítico y la ética del postulado. Está bien. Pero lo que se advierte en ámbitos circundantes, y lo que a cualquiera le es posible leer entre líneas en proclamas de grupos fieles a viejos ritos, no me alienta ni en lo mínimo.

Es que alguien lúcido, aunque le requiriese paciencia tibetana, debería recopilar lo que se ha dicho acerca de la reforma durante los últimos dos años: ¡si hasta se ha sugerido, en estos días, otro Congreso Nacional de la Educación! ¿No bastó el anterior, riquísimo en aportes sin exclusiones? ¡Qué éxito editorial, semejante recopilación! Sería un texto revelador, un péndulo entre la vergüenza y anécdotas capaces de hacernos desternillar de risa. Aunque, como cosa buena, crearía la posibilidad de que tomásemos conciencia, al fin,  de una realidad que obliga al desprendimiento y el acuerdo pero a la que se persiste en descuartizar.

Es como si un alma podrida hubiese desenterrado la incontinencia verbal y la irreflexión, malas primas, para desatar un discurseo inacabable, contradictorio y penumbroso que aplasta el empuje de las mentes más lúcidas y constructivas.

¿Qué hay un principio de consenso, más bien un acto de buena voluntad? Sí. ¿Qué hay una multitud de propuestas? Sí. Ahora bien, ¿por qué no es posible percibir el hilo conductor firme donde se enganchen, como palillos para la topa en un tendedero, las decisiones inteligentes inmediatas y los planes inteligentes para el plazo largo?

Si ante lo que pasa yo me pusiera sarcástico, tentación que padezco con frecuencia, debería dar razón al viejo y ya muerto camaleón Camilo Cela cuando, en el prólogo de una de las ediciones de “La Colmena”, declaró: “Quisiera desarrollar la idea de que el hombre sano no tiene ideas. A veces pienso que las ideas religiosas, morales, sociales, políticas, no son sino manifestaciones de un desequilibrio del sistema nervioso”. Ciertamente, un despropósito del gallego provocador; ¡pero qué ganas de creer que imaginó, sin saberlo, el escenario que tanto nos duele hoy!

Algo más: las declaraciones recientes, formales, a nombre del gobierno y con cierto aire de liderazgo a futuro, las ha hecho Astori, no el ministro de Educación; más allá de la libertad de expresión, ¿esto tiene alguna lógica? Si a semejante situación añadimos los cacareos políticos, los sablazos de docentes de sólida formación y experiencia, y también de los otros, la pócima secreta de soluciones mágicas de editorialistas y vertedores de opinión, las reivindicaciones salariales y de infraestructura entreveradas, los paros penosos incluidos con interpretaciones extravagantes de la autonomía, el cascoteado proyecto piloto para veinte liceos, el Plan Ceibal, las escuelas de tiempo completo y –como éramos pocos parió la abuela- las resurrecciones (ahí anda otra vez Germán Rama pontificando) uno ve ante sí, ahora que lo pienso mejor, un puchero a la española, no una farándula.

Claro que hay personas capaces de proponer caminos serios y de seleccionar otros, igualmente respetables, del gigantesco bolsón que creó el Congreso Nacional de la Educación, aunque sobre él flote ahora la amenaza de enterramiento. La macana es que se termina siempre de trompa contra el mismo brete: estos zapallos no se acomodan solos en el carro; si no aparecen la voluntad política, la autoridad y el orden estamos a la parrilla, doraditos, casi a punto.

 

 

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