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LA LLECA ESTÁ SALADA (II) CADA DÍA MÁS ENREDADO Por Pedro Mosca

publicado a la‎(s)‎ 6 jul. 2011 15:59 por Semanario Voces
 

A nadie le pasa desapercibido el caos del tránsito en Montevideo. No sólo es la cantidad de vehículos, sino que las herramientas de control –licencias de conducción, organización del tráfico, señales y calidad de las pistas- ya están desactualizadas y son inútiles para controlar debidamente el fenómeno. Esto se hace evidente y frustrante cuando se ve la inmensa cantidad de dinero invertido en las últimas reformas viales en la capital: unas galletas indescifrables para unos torpes conductores que nadie se ha preocupado en reeducar. O, al menos, en educar las nuevas generaciones. Las autoridades sólo hablan de errores humanos, ingesta etílica, y otras culpas de los conductores, pero se “olvidan” de la contraparte, o sea, las técnicas. Así los balances siempre dan a favor.

Ya hemos desde estas páginas abundado sobre el tema, así que va un resumen.

En primer lugar, y como siempre, el partido de gobierno prefiere no entrar en líos con las corporaciones sindicales –disculpen que no hablo de Sindicatos-; de ahí que el transporte público no se resuelve con la mínima cordura y sentido común: vías troncales de ultra-frecuencia combinadas por el boleto “inteligente”. Se podría probar, por hacerla corta, potenciando la frecuencia de los “diferenciales” y reduciendo el precio a la mitad; resultado: tendríamos un “metro” de superficie en dos patadas, conectada a una red de transversales más lentos y barriales. Consecuencia: despejar las avenidas y que el carril-bus sea algo menos que decorativo. Pero no sé si se la bancan los gremios. Para ellos, cualquier movimiento les agita el agua de la bañera y les entra el pánico y la sacra movilización.

En el plano de la educación la cosa es escandalosa, lo que se enseña es insuficiente, atrasado, de la época en que tener un auto era un privilegio raro. La educación vial es vital.

Hoy es un escándalo cómo los conductores “amateurs”, “profesionales”, o el que sea, se pasan por sus partes púdicas las señales, las reglas más elementales, los límites de velocidad, las zonas de no estacionar, y todo lo que hay para transgredir en materia de tránsito. Camioneros, taxistas, omnibuseros, fleteros, y hasta la policía han hecho del “¡no ves que estoy trabajando!” las palabras mágicas para hacer lo que se les venga en gana. Lo mismo las señoras y los señores que usan las balizas para pararse en cualquier lado, a cualquier hora, a tocar bocina para que baje la nena o el amigo, o los que van a la velocidad que les da la gana, sabiendo que el cartel de límite de velocidad es pura burocracia. Por no hablar de los containers de basura estacionados en zonas prohibidas: nadie sabe porqué un auto no se puede estacionar y un cajón verde sí.

Pero cuidado: esto no es un problema moral, sino de educación y de credibilidad técnica en la autoridad municipal o la Policía Caminera. Si los “técnicos” municipales son incapaces de generar una estrategia organizativa creíble, menos el público va a sumarse espontáneamente a la urbanidad vial. Y créanme, la tontera es grande: ahí están ensanchando, hoy, la rambla de Canelones hasta El Pinar; doble vía, por fin, para mejor muerte de los playeros, y contra la duna, claro, para hacer moco la playa.

Segundo ejemplo: AFE. El sindicato de mantenidos defiende la no privatización de los ferrocarriles, pero es pasmoso cómo nadie denuncia que detrás de semejante consigna no hay nada: no hay trenes, no hay vías, no hay trabajadores, NADA. El tren no sólo es una alternativa válida y deseable para la nuevas cargas de este país que se transforma productivamente, sino que además es una alternativa muy deseable para el transporte de pasajeros, con consecuencias muy ventajosas para detener -o al menos enlentecer -  los procesos de urbanización de los espacios interurbanos, que se hacen tierra deseable para los capitales inmobiliarios, o los asentamientos seudo-informales de los sectores pobres. Insisto en mi prédica: camino es accesibilidad, accesibilidad es suelo que se urbaniza, o se urbanizará pronto. Y el decálogo de un buen ambientalista comienza con la sentencia NO URBANIZARÁS. En momentos en que la Universidad se está yendo al interior, qué bien le vendría un sistema rápido y eficaz de transporte como el tren. Y aún a los que se mueven, cada vez más, en los nuevos modos productivos metropolitanos y territoriales. El mundo se transforma, y nosotros seguimos pensando en un mundo que se nos desvanece.

Con una buena organización del tránsito se facilitaría la organización de la ciudad, y con una buena organización se despejaría el ambiente, y se mejoraría el paisaje. Parece fácil, pero se necesita una mirada técnica clara, y una decisión política que no tenga terror del “qué dirán” –y del “que votarán”-; organizar bien el tránsito implica planificar la ciudad. Es imposible planificar la ciudad sin una buena organización del tránsito y el transporte público. Y no es un tema de dinero, sino de inteligencia y valor. Hoy, los que dibujan los cruces y ponen los malignos estacionamientos en peine –pobre placita Varela…-  están planificando la ciudad, y mal.

Dejemos claro algo más: todavía estamos lejos de la densidad automotriz crítica. Nos quejamos, pero el que haya manejado en cualquier otra ciudad del mundo sabe que esto todavía tiene remedio, si prevemos.

Dentro de cinco años será muy tarde, pero hoy se puede.

 

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