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LA NIÑA, LA PORTERA Y EL SEÑOR JAPONÉS Por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 4 abr. 2011 14:02 por Semanario Voces


El encanto del erizo (Le Hérisson). Francia/Italia, 2009. Dirección: Mona Achache. Libreto: la misma, basada en novela de Muriel Barbery. Fotografía: Patrick Blossier. Música: Gabriel Yared. Con: Garance Le Guillermic, Josiane Balasko, Togo Igawa, Anne Brochet, Ariane Ascaride. Estreno: 25 de marzo. Calificación: Muy buena.

 

     Paloma (Garance Le Guillermic, toda una revelación) es una niña de once años, hija de un desabrido ministro y una superficial dama de sociedad, y hermana menor de una adolescente que sólo parece preocupada por su apariencia externa. O sea que Paloma es “la diferente”. La chica tiene una mirada escéptica sobre todo aquello que la rodea, y bascula entre el acento crítico hacia su familia y una actitud anárquica hacia el mundo. Ha decidido suicidarse el día que cumpla doce años, pero antes quiere dejar una suerte de testimonio sobre el sentido de la vida, y para ello registrará con su cámara digital todo lo que sucede a su alrededor. Eso permite a la directora debutante Mona Achache construir enteramente su film desde el punto de vista de Paloma, esa suerte de Mafalda parisina en medio de un sinnúmero de insoportables Susanitas. Sin embargo, la terrible decisión que la niña comunica al espectador en el arranque de la película se verá alterada por la aparición de dos personajes fundamentales para su futura existencia: Renée (Josiane Balasko), la encargada del edificio, mujer huraña pero inteligente; y el señor Ozu (Togo Igawa), un viudo japonés con toda su cultura oriental a cuestas. Esos adultos no sólo entablarán relación con Paloma sino que también lo harán entre sí, permitiendo que la niña descubra poco a poco la verdadera estatura humana de cuantos existen a su alrededor, por debajo de las máscaras que de a ratos los cobijan u ocultan.

     Mona Achache es un talento joven que habrá que seguir muy de cerca, y construye en El encanto del erizo un film con una doble vertiente en paralelo: la que surge de las peripecias de Paloma con sus parientes y sus dos amigos adultos, y la que se construye a partir de la relación que mantienen entre sí Renée y Ozu. Para afianzar esas propuestas Achache se apoya en un guión (de su autoría) sin fisuras, que muestra una permanente atención al detalle visual enriquecedor, con particular acierto en los fragmentos en que hace jugar la imaginación de la niña en función del desarrollo narrativo, agilizando el texto fílmico realista al intercalarlo con la fantasía de la niña, expuesta bajo la técnica de la animación. Otro punto alto es el nivel de los diálogos. Marguerite Yourcenar decía que “las palabras y párrafos de las grandes obras están unidos por un hilo invisible que no puede verse pero está ahí, sosteniendo todo aquello que se percibe con el alma, ese lugar donde cualquiera puede ser otro, donde las lágrimas aparecen cuando la muerte se toca con la vida”. Esa es la sensación que se respira al ver El encanto del erizo, una historia de palabras y gestos entrecruzados en forma escueta, casi lacónica, pero siempre necesaria y funcional, a la manera del René Clair de Bajo los techos de París, film al cual Achache rinde cinéfilo homenaje. Más visible es su relación con la obra del maestro Yasujiro Ozu, no sólo porque su señor japonés lleva el apellido del ilustre cineasta, sino por los fragmentos de Las hermanas Munakata que en determinado momento invaden la pantalla, invitándonos a reflexionar sobre los alcances que puede tener una verdadera relación afectiva entre personas sensibles. Ese contenido humanista eleva la propuesta por encima de las barreras que imponen idiomas y culturas disímiles. El film reflexiona sobre ello, y sus conclusiones no deberían desestimarse.                

 

 

 

 


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