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La otra cara de dios: El Padre Martín por Mintxo

publicado a la‎(s)‎ 23 mar. 2013 15:10 por Semanario Voces
 

 

La Iglesia Católica está preocupada. La secularización y el crecimiento de otras religiones le quitan el sueño, y los fieles. Su táctica parece ser la Nueva Evangelización, pero no encuentra el método de aplicación. Hablan de la palabra de Cristo, pero no la traducen. Sin embargo, la forma y estrategia parecen estar en los lugares más sencillos. Esta es la historia del Padre Martín, un salesiano con vocación social. Un Cura que no se detiene en predicar la palabra: la demuestra en los hechos.

El Padre Martín se ofrece a llevarme a casa, habíamos terminado nuestro primer encuentro. Tocamos todos los temas, con énfasis a veces, con complicidad en otros. Él nunca fue mi padre ni yo, en ningún momento, me sentí su hijo. Durante la charla, en un banco de hormigón con la pared como respaldo y los rayos del sol que acariciaban nuestros rostros, conversamos de tú a tú, de vos a vos, de che a che. Sin tapujos ni estridencias. Su rostro de perfil era el mejor primerísimo primer plano que podría tener la escena. Aun no lo conocía, pero sus características me decían mucho. Un hombre de años, con la piel curtida por el susurro del pampero, por el polvo de la tierra, anejada por el vuelo de los almanaques y el trabajo de sol a sol, huella viva de la fe por la fe. Desde fuera de la parroquia, mirando el camino de vuelta, con su última frase me dejó la puerta abierta de par en par para que volviera: “la secularización es la gran religión del siglo XXI”.

Y volví.                       

-El poder de una llave en la iglesia es imponente. Yo tengo la llave, tengo el poder. No tengo servicio, acá mando yo. Yo abro la iglesia, yo pongo las velas, yo ordeno las cosas. Eso es un vicio. Entonces, viene alguien y preguntamos ¿Qué hace acá? ¿Quién lo mandó? ¿Porque lo mandó? Y después nos quejamos porque quedamos solos, porque nadie nos ayuda, porque nadie nada…

-Pero para disminuir la secularización, ¿la Iglesia seguirá apostando a los poderes? ¿O está dispuesta a volver a la cercanía, a la humildad?

-El tema es qué Cristo tengo, qué Cristo quiero, qué imagen de él llevo. Vos lo mirás y él habla de esa opción de integrar a la gente que el sistema marginaba. Y esa fue su misión, esa fue su vida, eso fue el reino de Dios que proclama. No vales por el cargo, ni por la postura, vales por lo que sos como persona. Fijate que la primera postura de Cristo era una comunidad fraterna. Hay que volver a eso. ¡Nada más y nada menos! Él era parte, no se mantenía al margen.
No es fácil. Primero porque a nosotros los curas nos significaría perder. Tengo mi lugar, tengo mi última palabra, mi poder… y volver a lo de Cristo es volver a perder eso. No es fácil.

-Pero la Iglesia parece tener diagnosticado el problema

-Diagnosticado lo tiene. Lo que me llama la atención es que no encontrás un planteo, nada. Salvo algún resabio que estuvo metido en la Teología de la Liberación. Pero estamos lejos. Muy lejos…

El Padre Martin, tranquilo, con religiosa parsimonia, acomoda la yerba en el mate y se dispone a cebarlo. Su mirada parece perdida, disipada, como buscando alguna respuesta en el largo patio trasero de la parroquia. Pero no. Es la mirada blanca e infinita que produce el razonamiento.

-Tenemos que asumir lo que está, hay que cambiar. No podemos salir a combatir lo que está,  hay que darle otra impronta. Por ejemplo: en el Uruguay convivimos con el laicismo, convivimos con el HIV, convivimos con la homosexualidad, convivimos con la droga, ¡Y también convivimos con esto! Es parte de la sociedad de hoy. Pero mientras sigamos hablando “porque la palabra dice esto, porque la palabra dice aquello, porque dios nos manda esto”; naaa. Estamos hablando pa´ otro lado; pa´ otra gente que no existe.

 

La secularización es la cefalea de la Iglesia. Desde siempre, aunque ahora se puede decir que esté refloreciendo. Proviene de latín saeculare y significa siglo, pero también mundo. Por tanto, podríamos decir que secular hace referencia a lo mundano. Antítesis de lo divino. La marcha de lo religioso hacia lo civil. Lo medular: se van los fieles.
El tema viene de siglos, desde la ilustración y el avance de la ciencia. Y de la razón. Lo secular es aquello que en esta vida podría ser controlado por la experiencia, decía George Holyoake. Es “cumplir la mayoría de edad”,
sostenían los kantianos, para echarse a pensar y decidir por sí mismo. No hay tutela.  

- Es una realidad. Ahora tiene mucha fuerza. Yo le llamo una religión, sin dios. En algunos casos se puede prestar a cualquier cosa, y en otros se presta para superarse, para crecer, para darse un lugar. Antes decían los bolches “la religión es el opio de los pueblos”, y tenían razón. Porque era aceptar las cosas sin pensar, sin querer cambiarlo. Ahora tenemos “el hombre todo lo puede” y ya no precisa Dios, ¿pa´ que lo quiere?  La ciencia avanza y avanza, y es del hombre. Entonces ¿pa´ que Dios? La salud cada vez previene más enfermedades, entonces ¿pa´ que Dios? La conquista del espacio, ¿pa´ que Dios? Y el hombre se va convenciendo que no necesita dios. Porque dios todo lo traba, te pone condicionante, te exige. Lo grave es “como puedo dar yo un testimonio  que pueda hacerle pensar al otro, o que le diga, porque tiene que creer”.

Para creer hay que tener confianza en algo, o alguien nos debería trasmitir seguridad. Mientras los debaten son desde los salones del vaticano, entre Obispos especialistas y Sínodos continentales, las calles empedradas, entre casas modestas, y niños descalzos correteando, obligan a creer que el tiempo es ahora. O actúas, o te comen los de afuera. Adentro está Benedicto XVI: la fe no es el encuentro con una idea o con una moral, es el encuentro con una persona, la persona de Cristo. Afuera la lucha es una larga cola de gente: la del pan y del trabajo.

La parroquia Pio X está enclavada en la intersección de las calles Blanes Viale y 19 de abril. Para llegar a ella, por cualquiera de las cuatro calles que nos conducen, es necesario subir una cuesta. Tiene el cielo más cerca. A sus pies, vive uno de los barrios más humilde y carenciado de Mercedes. Haciendo esquina está el templo, humilde, sencillo. Entre rejas, lucen sus blancas paredes. Por uno de los laterales se encuentra un largo muro, casi hasta mitad de manzana, que deriva en un portón de chapa que da entrada al salón comedor. Por el otro costado, el que da a calle Blanes Viale, está lo que sería el despacho (la casa) del Padre Martín.

 

Martín Ponce de León Montes, nació en Montevideo, un 15 de junio de algún tiempo atrás. Nómade desde su primera infancia, a los tres días de haber nacido su familia marcha hacia la norteña ciudad de Bella Unión. De ahí a la cercana ciudad de Salto, desde los seis hasta los dieciséis. A esa edad, donde el futuro no es muy claro y las hormonas se apoderan de las emociones, Martín tenía decidido estudiar para Cura, motivado por la admiración a un salesiano: José María Giménez.-Quería ser como él, y para ser como él tenía que ser cura y salesiano.

Como todo estudiante al inicio de su carrera, el joven Martín no le encontraba sentido a la enseñanza teórica. Divagaba entre historias de Santo Tomás, de San Agustín. Le llevó tiempo darse cuenta que servía, que iba formando su cabeza, que se volvía más pensativo o reflexivo. Así y todo lo que marcó más aquel momento fue la época en que se vivía: un país sumergido en crisis, incubando un golpe militar, con el movimiento guerrillero Tupamaros buscando la liberación nacional.

Mientras tanto afuera, en su casa, la Iglesia había vivido el Concilio Vaticano II.  

La Iglesia preparaba cambios.

Desde su consagración, esa donde su admirado no fue pero sí le envió un telegrama, el Padre Martín trabajó en barrios humildes, en proyectos humildes, con recursos humildes; pero pegado a la gente. Antes de llegar a Mercedes, su tránsito pasó por la Escuela Agraria de Jackson, por la obra social Don Bosco en el barrio cien manzanas de Salto, para luego terminar en las periferias de Montevideo en la década de los ’90; la década de las miserias. Trabajaba a la par, en cercanía con mujeres y hombres, y sus necesidades básicas: un hogar, cuidar los hijos, trabajar, comer. En todos los sitios dejó su huella, aunque le guste decir que “es la huella de todos”. En la obra Don Bosco, en 1983, constatando las necesidades del barrio, dispuso la Parroquia para “trabajar con gurises que vivían encerrados porque las madres no tenían donde dejarlos”. Padre y referente, Martín asistía a las reuniones de la escuela porque el domicilio de referencia de todos los niños era la Capilla. Hoy esa misma obra tiene características más amplias y muchos más jóvenes y adolescentes, pero siempre apostando a la obra social como método y fin de la palabra, de la fe, y de la voluntad de Cristo. El fin como propósito, no como final.
Hace 20 años que Martín se fue de allí, los caminos de la vida lo llevaron a la capital del país: Montevideo. -
Recuerdo que cuando estaba en Salto le dije a mi superior “lo único que te pido es no ir a Montevideo”, y me mandaron 14 años je je. ¡No me dio mucha bola!

Pese a la negativa tampoco había tiempo para detenerse. Sabía que por el contexto social en Montevideo la tarea sería más dura. No era hora de mirar al cielo, de preguntar o cuestionar, y menos de implorar. Se aferró a lo suyo: “yo creo en un dios cercanísimo, un dios de amor. No hay vuelta. Pero si uno ama a dios y no tiene un mínimo de amor al prójimo, no sirve de nada”, se calzó las botas y se metió al fango de la vida. A la lucha de los necesitados, a la causa de Cristo. Las carencias tendrían que ser el canal de superación. En diversas reuniones surgían las posibilidades: detectar tierras vacías, averiguar si tenían dueño o si estaban abandonadas. Cuando el panorama era favorable se ocupaba, dios no negaría un pedazo de tierra para un futuro techo. Y cuando la cosa se puso brava, él mismo propuso ocupar la Capilla. No habrá desprotegidos a los ojos de dios.

- ¿Por qué apoyar esa causa?

- Y mira… vos veías que era una necesidad de la gente. Y no sólo una necesidad, sino una oportunidad de tener lo de ellos. Se sabía que no era fácil, que no era simple, que no era de un día pal otro. Y te digo más, en muchos asentamientos que yo tengo idea se guardó terreno para calles, para plazas, para centro comunal, etc. No era ocupar por ocupar, querían construir. Hay que apoyar esas necesidades, no queda otra.

- Pero hay gente que no piensa así

- Y… el cura que me suplió a mi dice que yo soy un tipo característico de los comunistas de la década de los 70 (risas). Y yo no me siento de esa época.

 “Todo aquello que habéis hecho por uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40)

- ¿La solidaridad molesta?

- Y… molesta porque la solidaridad descubre que es posible. Entonces, cuando ha pasado mucho tiempo y no has hecho nada, y en ningún lado pasa nada, capaz te quedás con esa imagen de que no debe ser posible. Pero si aparece un taradito y demuestra que es posible, jode.

Ahí es donde se te cae la estantería. Porque se podrá ser un descreído de uno o de mil dioses, uno puede ser el más aplicado al método científico y a la teoría darwiniana, otro lo respetará, otro le orará, y alguno seguro que ni le importa. Pero de ahí a pensar que la solidaridad moleste, hay un camino largo. Porque si en algo nos aferraríamos cuando las chances sean escasas o nulas, sería a la voluntad de dios.

El Padre no opina. Mira, me mira, hace señas, me hace señas. El único que se anima hablar es el pavo real en celos, que grita desesperado porque le llevaron su chica. Al fondo cristo sigue allí en la cruz, grande y de madera.

Al fondo de la cuestión hemos llegado para tal confesión.

Inmediatamente se te vuelve la secularización a darte vueltas la cabeza, a invadirte los pensamientos, a demostrarte que sí es posible. Que el cartel de salida encendió sus luces de neón, que te señala el camino. Cuanto dolerá que te rompan el chiquero.

Así y todo el Padre Martín demuestra. Martes, jueves y sábados, invita no menos de diez cuida coches pide monedas a almorzar. Con entrada, plato, postre, y vianda para llevar. Sin embargo, desde la Iglesia, se lo critica porque lleva gente que no es exclusiva del barrio. Dicen, “demasiada publicidad tienen esas comiditas”. ¿Si diera las misas en latín lo criticarían?

 

La iglesia trabaja en busca de cortar la fuga. Dentro de sus manifiestos revela que no debe plantear las cosas como “iglesia versus sociedad secularizada”. También identifica, eso dice, que sus problemas con los evangelizados no provienen todos de afuera. Demagógicamente, le preocupa el aumento de otras religiones y le quita el buen dormir saber que en Italia, con toda su tradición a cuesta, sólo el 15% de la población es cristiana. Le pica, la desgasta. Revisa su fe. Vuelve a leer los temas de justicia y caridad. Clama por los bautizados. Busca sus fallas examinando la conciencia. Trata de mejorar la tarea para ver si sube la calificación, y salva el año.

En el último Sinodo de Obispos en Roma, el Papa Benedicto XVI concluyó que desde los años 50 del siglo XX con la renovación interior de los creyentes amoldaría el evangelio a las nuevas realidades históricas y culturales. Al final del mensaje redactado, se deja entrever una creencia de que la Iglesia está perdiendo poder en la sociedad.

El poder los nubla. Si repasamos la historia, los recuerdos de los necesitados agradecidos pasan por hombres de Cristo pero metidos en el barro. Como el Padre Romero en El Salvador, activista de los derechos humanos, asesinado mientras daba una misa. Como Hélder Camara, Cura brasilero nominado cuatro veces para el premio nobel de la paz y propulsor de la teoría de la liberación. El recuerdo de la gente vulnerable también tiene presente al Padre Mujica en Argentina, hombre social definido por la opción de los más pobre, o al Padre Cacho, su símil en Uruguay. Y así llegaríamos a Don Bosco y su gesta, y nos remontaríamos a Jesús de Nazaret.

 

El Padre Martín agradece a Dios porque siempre vivió en los barrios, y “en los barrios siempre se aprende”. Tratando de darle dignidad a quien este cercano, haciéndolo lo mejor posible, queriendo ser fiel a Cristo. “Porque el mandato es Cristo, y no hay vuelta”.

De tanto andar en silencio, por los pasillos en silencio, por los templos en silencio, el que calla otorga. Y el mensaje se torna confuso. A receta vencida, deberían volver a caminar la tierra, ensuciarse las sandalias, andando en los barrios con voz alta y vos al lado, dando aliento y esperanza. No hay nada nuevo. Hay que volver la vista dos mil años atrás y tomar el testigo de Cristo. Como viene la mano, el banco parece seguir perdiendo crédito.

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