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La relectura del mito por Gabriel Boffano

publicado a la‎(s)‎ 7 jul. 2013 16:55 por Semanario Voces
 

Hace una o dos semanas escribí sobre una poeta, cuentista y novelista uruguaya, Cristina Peri Rossi. La escritora resignifica los conceptos de femineidad y del papel de las mujeres en el mundo de las letras. Pero esa re significación no se da como resultado de un proceso a lo largo de la obra, como resultado digamos de la crítica a un concepto vivido como paradigmático, obligatorio o formativo del sujeto. Por el contrario, Peri Rossi parte de un nuevo concepto de femineidad y construye su poesía y su narrativa desde un nuevo presupuesto. Mientras pensaba esto recordé la controversia entre Emir Rodríguez Monegal y Ángel Rama. Lo que me llevó a pensar en las diferentes lecturas que hacen de Juana de Ibarbourou Pablo Rocca y Jorge Arbeleche y en cierto debate que cobró dentro de los límites académicos, alguna notoriedad. Por alguna razón pensé entonces en la Delmira Agustini de El Club de los Ilustres de Rodolfo Santullo, en la historia de las distintas construcciones de la figura de Artigas que Abril Trigo ordena e interpreta en el indispensable Estado, Caudillo, Nación. Literatura, Historia e Ideología en el Uruguay. Es interesante contar con estos ejemplos de relecturas, debates, interpretaciones y construcciones. Lejos de considerar los diferentes ángulos de enfoque de los problemas como excluyentes, o las conclusiones distintas a las que distintos investigadores pueden llegar a extraer de figuras o problemas comunes como irreconciliables, creo que es una sana manifestación de cierto mal de los tiempos actuales, la fascinación por lo multifocal, lo polidiscursivo, el paradigma de la complejidad, cuyo trasfondo (por otra parte mítico) es que el mundo es ininteligible, esencialmente caótico y por lo tanto no plausible de explicación.

La relectura del mito arroja luz sobre las sombras. Explica y ordena el mundo, permite actuar sobre él y rechazar el dogmatismo así como la vacuidad. Partamos de una definición básica de mito: un relato con función doble, la de explicar y la de homogenizar y por lo tanto dominar. El mito de la resurrección de Cristo por ejemplo que unifica a la comunidad cristiana. Pero la categoría mito puede ser aplicada a otro tipo de relato fundacional, que no sea una superstición, aunque no necesariamente adolezca de la necesaria suspensión voluntaria de la razón que sostiene al mito. Digamos por ejemplo una poeta joven y hermosa que se convierte, merced a una intervención de la institución cultura, en la encarnación arquetípica de un “ser mujer joven en el Uruguay”. Esa misma mujer se convertirá en una de sus relecturas en una drogadicta golpeada y estafada por su propio hijo. El intento de darle una sexualidad a esta “idea intocable” mereció la censura durante el gobierno de Lacalle.[1]

El capítulo IV de Sexo y poesía en el 900 que Emir Rodríguez le dedica a Delmira Agustini se llama “la pitonisa y la nena” (en minúscula en el original). Da la pauta desde el vamos de la  lectura que se ejercerá sobre la poeta. El ensayo de Monegal más biográfico que literario es, de todas maneras, ciertamente interesante. Desnuda el mito de su envoltura sacra. Claro que Delmira, con su final temprano y simbólico, habilita esta lectura con mayor facilidad que lo que  la figura de Juana, esa sí, elevada a mito en vida, lo permite.

Así como el relato explicita el mito, también se hace él el mito en sí. De esta manera la idiosincrasia que unifica espiritualmente a una nación, cuyos valores se manifiestan en todas las expresiones de su cultura, desde el deporte a la literatura, es un relato construido y que es él mismo el mito, bajo el cual los sujetos que componen esa nación intentan construirse a si mismos. Una nación democrática, republicana, tolerante, mayormente blanca, católica, heterosexual, tolerante, poco tendiente al nacionalismo pero patriota, con alto sentido de la independencia política, tolerante, generosa, solidaria, que gusta de las infusiones y del candombe, tolerante, que acepta a sus monstruos siempre y cuando alguien de afuera venga a señalarlo como tal, que reclama a sus héroes aún cuando venga alguien de afuera a intentar llevárselo, que gusta de lo popular y de lo masivo pero no demasiado y que demuestra exigentes estándares de calidad estética… Tal el relato, tal el mito.

En el artículo de Onetti “Una voz que no ha sonado”[2], nuestro mayor escritor reclama una literatura nuestra, un libro donde podamos encontrarnos, alguien que nos diga quiénes y qué somos, reclama, una voz que no ha sonado. ¿Qué ve Onetti en ese vacío? ¿La posibilidad del relato? ¿El espacio para la construcción del mito? ¿O el mito en acción? ¿Las consecuencias del relato? Difícil saber, pero qué lúcido su reclamo y que incisivo ya que desnuda al mito. No somos un gaucho, ni dos gauchos, ni treinta y tres gauchos. No somos la vuelta a la democracia, ni el plebiscito del 80, ni la huelga general, ni nuestros muertos, ni el estado de bienestar del 900, ni la trazabilidad de la carne que exportamos, ni nuestros mejores futbolistas ni nuestros más grandes autores.

La relectura del mito, tarea que tiene algo de antropológica, debe ser puesta al día, debe ser en tiempo real. Pensemos en qué estamos diciendo como sociedad acerca de nuestros principales agentes de cultura, tanto a nivel de prensa como a nivel de trasposición institucional, es decir la relación de estos agentes con la remuneración de su trabajo.



[1] Rocca, Pablo. Juana de Ibarbourou. Las palabras y el poder. Yaugurú, Montevideo, 2011. El texto censurado pertenece a Fernando Loustanau, la publicación que lo retiró fue Obras (Acervo del estado) y la protesta por el intento de erotizar a Juana estuvo a cargo de la escritora Sylvia Puentes de Oyenard.

[2] Recopilado en Réquiem por Faulkner, Calicanto, Buenos Aires, 1976.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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