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La sangre en las estatuas.

publicado a la‎(s)‎ 15 oct. 2012 9:27 por Semanario Voces   [ actualizado el 15 oct. 2012 9:28 ]
 

 

 

El relato que se ofrece a continuación es una ficción demasiado real. La realidad a veces nos parece fantástica. Debo decir que Jon existe y que el dialogo que se reproduce a continuación se dio en mañanas frías en una plaza de Montevideo.

Nunca diré el nombre real de Jon, pues hace trámites y gestiones en organismos estatales. Aún y a su manera defiende su vida sin refugio o techo, pero aún le queda la palabra. Solo debo decir gracias Jon por haber confiado entre mate y mate, amargo, tu testimonio, entre la ironía, la inteligencia y el desparpajo de los que no tenemos nada para perder.

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Jon Supre (Jon va sin h advierte de entrada Jon.  Agrega, no suena y es demasiado larga) se descalza a las seis de la mañana, los pies apoyados en los talones, el gorro de lana negra le llega a los ojos, arma un tabaco. ¿Cuál será el próximo gesto de Jon Supre? Investiga uno de sus pies apoyado en la vereda, una y otra vez. Lo observa minuciosamente. Se regala una larga pitada de tabaco. Mira a lo lejos, encorvado, desde su larga gorra de lana. ¿Qué puede mirar (o no mirar) a esa hora? Repentinamente baja la vista y se detiene en sus mocasines que dejó a un lado. Se limpia la nariz con un pedazo de papel blanco. Observa el mocasín que calza en el pie derecho. Se pone una media en el pie izquierdo. Finalmente, después de la larga ceremonia silenciosa, se calza como es debido y con el inusitado ímpetu de un anuncio.

A las siete de la mañana Jon Supre camina alrededor de un banco situado en un extremo de la plaza y hurga en el interior de varios recipientes de basura. Camina con lentitud como un guerrero al acecho. El guerreo dormido que lleva en sus entrañas. Dobla cuidadosamente el acolchado azul y raído que cobija sus noches.

Pasa gente apresurada por el embaldosado pasillo central de la plaza. Muchos saludan, reverenciales, con un gesto de la cabeza al héroe que cabalga impecable en su caballo. El bronce, material magnífico, enceguece las pupilas de los transeúntes, paseantes y curiosos munidos de modernas, automáticas máquinas fotográficas.

Jon Supre camina y continua hurgando con prolijidad. El héroe continúa cabalgando siempre con la mano izquierda apretando las riendas, lo que hará repetidas veces en el rodaje de esta película insólita sobre una patria desaparecida.

Jon Supre se sujeta el pantalón vaquero con un pedazo de cuerda. Gordos y gordas, flacos y flacas, altos y bajos, pasan apresurados para cumplir con sus tareas inminentes, sumergidos en la profundidad de sus pensamientos. Cotidianos y atónitos. Una multitud de mochilas multicolores con sus cargas indescriptibles y artificiosas alternan con pocas carteras de cuero y  cuerina azules o marrones. Un grupo de palomas  se alimenta con migas de pan que bondadosos ciudadanos han esparcido por el césped. Jon Supre mira con inmenso cariño a las palomitas. Pasa una prolija mujer, guardia de seguridad, siempre a la misma hora  y con idéntica ropa: pantalón azul, camisa blanca, zapatos negros y el pelo teñido de color rubio ceniza. Jon Supre dice en voz alta: es hora de los uniformes en la patria desaparecida y come un pedazo de pan blanco que saca de un bolsillo escondido en el interior de su campera. Una voz que trae el viento de la naciente mañana dice: esto no es más que una descripción inaudita, ordenada e inútil.

El héroe cabalga con su brazo derecho extendido empuñando el sable. Una pájara, una torcaza, se posa sobre la abundante crin del caballo jovial, fuerte y brioso.

A las ocho de la mañana  el héroe sonríe después de haberse tomado una potente infusión, una mezcla de yuyos explosivos. Le vecina de cabello castaño pasea con su perro marrón que hace juego con ella y sonríe amorosamente.

Jon Supre endurece la mirada, un destello mágico se asoma. Mastica y camina. El mismo hombre canoso de cada mañana pasa con su traje negro de casimir liviano y su brazo pegado al cuerpo que delata una pesadilla de años, pero sin renuncias camina recto y decidido  a su oficina y a su próximo cementerio si no cambia su forma de vida.

Jon Supre continúa reconcentrado en su papel de personaje del Lejano Oeste. Quizá esté enfadado por cuestiones o discusiones del momento con el héroe. Es uno de los pocos, o el único que puede darse el lujo de cuestionar o poner en tela de juicio las palabras del héroe. Un joven, que apenas lo distrae en su estrategia de guerra, pasa haciendo footing por el pasillo central de la plaza, violando este sagrado terreno de entrenamiento para unos pocos elegidos. El hombre entrado en kilos, con su campera celeste pasea a su gran perro de confusa raza. El hombre de campera celeste, posiblemente ex-funcionario del Departamento de Inteligencia y Enlace, observa y vigila durante cada mañana y recoge en una bolsita de nylon los restos que dejó el perro.

Se oyen ensordecedores ruidos: tacos, botas, tacos, botas. Ruidos. Pertenecen a una joven impetuosa  con sus zapatos de tacos altos y finos.

Jon Supre terminó de comer su pedazo de pan. El héroe continúa galopando ahora sin pájara torcaza sobre la crin de caballo. Su mirada indica hacia el oeste perforando distancias como hacen quienes están convencidos de su misión, inapelable tarea que indica que no hay tiempo para pensar. Cabalga el héroe ahora seguido por Jon Supre, que tiene la mirada decidida y contundente, debido a las fuerzas que le proporcionó el pedazo de pan. Sabe que la patria lo llama, que no es poca cosa, que un río de palabras pierde su último sentido con el ardor de los fuegos mortíferos.

Pasa una joven saludable, engullendo unos croissants (corazones o "corazanes") rellenos de sabroso dulce de leche. Pasa el veterano homosexual de camiseta celeste y gorro de tela azul con un sol en el extremo, sin reparar en el héroe y su cabalgata liberadora, en Jon Supre y su arrojo incalculable. El veterano homosexual no repara en la guerra que estalló porque le traería angustias, temores y renuncias. Jon Supre no se detiene, en su andar, a saludar  al veterano homosexual ni éste se detiene a saludar a Jon Supre. Ambos se ignoran y disimulan su odio ante la presencia inexorable del héroe.

Ocho y treinta de la mañana. Jon Supre sabe que cambiará el teatro de operaciones y vendrán "rostros extraños". El héroe y él no van a sufrir alteraciones.

Jon piensa en las dos cicatrices que señalan su rostro y lo llevan por terrenos indecibles. Cambia algunas palabras de contraseña con el héroe que nadie puede saber. Si examinamos sus labios podemos imaginar que fueron palabras tajantes anunciando la próxima hoguera. Sabe que lo que aparece en los papeles y anotaciones de la historia sobre los hechos son mayormente débiles, inocentes o directamente falsos. Sabe que los hechos que se cavan en la tumba de la historia no resisten revisionismo posible y pertenecen a la monstruosa realidad de la historia y que solamente la sangre deja su marca registrada.

Jon cumplirá un papel necesario que no pudo prever. Será el traductor del héroe del idioma  inglés al español, dado que maneja el inglés con esmerada perfección debido a los cursos intensivos que realizó en su juventud gracias a la venerable Academia Pitman. Tarea ineludible y patriótica, a la hora de negociar con los ingleses. Aunque Jon sabe que toda traducción es una traición.

Jon se plagiará a sí mismo y como consuelo recuerda la frase de una famosa historiadora:"somos un enigma en permanente construcción". Jon sabe a partir de las largas conversaciones que tuvo con el erudito y gran escritor paraguayo, Augusto Roa Bastos, que los héroes siempre vuelven salvo que estén en cautiverio. Lógica implacable que manejaba Roa Bastos en relación a José Gervasio Artigas, el Padre de la Patria (las dos P que aparecen no son mera casualidad, sabe Jon). Solamente porque estaba en un cautiverio silencioso y negado oficialmente don José no volvió.

Mientras cabalga Jon alimenta su pensamiento antes  de entrar  en la contienda de sables y sangre. Piensa que cualquier perla es oscura cuando se aloja en el largo pasillo de la memoria, su esplendor precioso y anacarado, se descubre inútil.

El primer estruendo trituró sus oídos .Estaban en medio de las llamas y había sangre en los cuerpos del héroe y de Jon. Se oyó un grito que pertenecía a una mujer. Venían de un cuerpo diminuto y tenso. La cara tiznada, el pelo recogido en un moño apretado, señales postizas de hombre recorrían sus brazos y parte de los pómulos y sombras dudosas sobre el labio superior y el mentón. No había forma de anestesia o consuelo. Un trago de aguardiente y esperar el alivio. Somnolienta y peligrosa instancia, pero necesaria ante una herida cruel.

Jon lamiendo la sangre sabe más que nunca, cuando ya no se cuentan los minutos, que la pretensión de ser fiel constituía la pose de una máscara que a fuerza de repetición pasaba a  construir el terreno de los hechos objetivos. En este caso con la ineludible interpretación del eminente Tomas de Mattos que en medio del tumultuoso ir y venir de los guerreros escribía cartas dirigidas al exterior para comunicar los partes de batalla, mientras el gran actor, Julio Cesar Armi, encarnado en lobizón grabada en directo sus próxima audición que se emitiría por Radio Sur en la medida que la emisora continuara en manos patrias.

El héroe continúa dando batalla. Lo veo cada día en la plaza. Jon se transformó en sacerdote. Predica con frases e invoca nombres de cronistas, historiadores, escritores y sabios. Por ejemplo, en medio de un largo sermón se interrumpe sin previo aviso y dice: "Las botas vacías siempre tienen el peso de la memoria y hablan" Y agrega el nombre del autor: Mario Delgado Aparaín.

O: "Cuando estuve en Cuba me preguntaron sobre la opinión que tenia de la frase "Patria o muerte" y a estas alturas pensé: prefirió dejarla en Patria". Y agrega el nombre del autor: Mauricio Rosencof. No se sabe a ciencia cierta si estos venerables autores dijeron exactamente esas palabras, pero la convicción de Jon no deja lugar para la incertidumbre desmintiendo la duda metódica que presenta la historia. Afirma en forma reservada y para los más allegados, que piensa viajar a Colombia y continuar con el film allá. Se propone integrar a la galería las charlas que tendrá con Simón Bolívar y algunas peleas clandestinas de gallos. El film se propone  confeccionar una telenovela magistral con ribetes de maravilloso realismo mágico para lanzarla con éxito en todo el universo.

Lo veo predicando cada día en la plaza. Hoy ,15 de marzo de 2112, me dijo textualmente: " por unos días me voy para La Pedrera sucursal de Río de Janeiro en nuestra patria, porque dado el "desbunde" ocurrido últimamente, por allá están todos "kolinos".

 

AGP

 

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