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Las relaciones de poder en el lenguaje Por Adriana Cabrera Esteve

publicado a la‎(s)‎ 20 oct. 2012 12:33 por Semanario Voces
 

Siempre se dice que la historia la cuentan los vencedores. Yo quisiera agregar que el lenguaje también lo manejan los vencedores. Y lo que no resulta de su voluntad expresa pasa por los mecanismos que hacen que una cultura sea o no hegemónica.

Por ejemplo siempre se ha hablado del exterminio de los charrúas. Porque efectivamente hubo un genocidio en Salsipuedes y efectivamente existió la voluntad de desaparecerlos. Sin embargo, incluso las miradas progresistas sobre nuestro pasado, omiten el hecho de que el genocidio fue de hombres adultos. La posición central del género masculino naturaliza la invisibilidad de las mujeres que fueron separadas de sus hijos para que no pudieran enseñarles su cultura y ubicadas como servidumbre en las casas de los criollos, y los hijos e hijas de los charrúas que fueron criados por otros criollos también. O sea, por un lado la decisión política de exterminio, por otro lado, la construcción cultural hegemónica que condenaba, no sólo a los charrúas, sino a todos las mujeres y niños a ser un no-ser. Probablemente sea lo que les salvó la vida, pero silenció su voz. Les impidió contar su historia.

Una recopilación tardía de un glosario de setenta palabras, recogidas por Serafín Cordero en su libro Los Charrúas, recuperó algunas de esas palabras:

Is (cabeza), ijou (ojo), imán (oreja), guar (mano), atit (pie), hué (agua), it (fuego), guidai (luna), tinú (cuchillo), berá (avestruz), si si (tabaco), babulai (baleado), basquiadé (levantarse). No nos dicen nada. No tienen significado para nosotros aunque hayan sido una lengua nativa. Negados y aislados están entre nosotros. Sus genes se empeñan en visibilizarlos, resilientes, pelean. Aparecen en cabellos que no encanecen, lacios, oscuros. En pómulos altos, en ojos negros, en miradas penetrantes.  Sus rasgos gritan su ausencia y su presencia tal como lo han hecho, mucho después, las fotos de los desaparecidos.

Son por eso un ejemplo de cómo desde el lenguaje se construye un discurso hegemónico. Se construye de lo que se dice y también de lo que no se dice. Lo que se condena, al decir de Gayatri Spivak, a ser “un espacio en blanco entre las palabras”.  Nuestros indios fueron los primeros “otros” de nuestra cultura. Una cultura que miraba hacia Europa, y hacía de lo nativo la otredad, la chuzma, los salvajes. Como subalternos fueron privados de una posición discursiva desde la que pudieran hablar, responder, ser escuchados. Se decidió que no existían. Máxima expresión de autoritarismo. Decretar la no existencia de alguien.

Le asignamos la centralidad a Europa y Norteamérica. Queríamos ser como ellos y ellos eran la gente como nosotros, al decir de Marcelo Viñar, la gente como uno. Esa definición deja afuera a todo el que no es como uno. Si ellos eran el centro, consecuentemente nos autodefinimos periferia. Ellos eran A y nosotros B. Hoy todavía estamos peleando para deconstruir las centralidades forjadas en nuestro imaginario década tras década, minuto a minuto, segundo a segundo. Los economistas tratan de aggiornarnos hablándonos de la economía china aunque no logran penetrar en nuestro imaginario.   

Pero hay otras centralidades y otras otredades a deconstruir. El hombre es el centro pero además, es blanco. La negritud se asocia a lo malo. Decimos, las estoy pasando negras, me las veo negras. También usamos la palabra negro para referirnos a alguien pobre. Otredad doble: ser negro y ser pobre. Trabajar como negro chico, decimos. Hacer cosa de negro. Negro de mierda. Negro puto. Otra otredad doble, de género y de raza. Parece un verdadero triunfo cultural de Hitler. El racismo nos sale por los poros y ni siquiera somos conscientes. Si fuera por nuestro lenguaje un extraterrestre podría pensar que todos somos arios, heterosexuales, adultos jóvenes y hombres. Porque los viejos y los niños también tienen su cuota de discriminación.

Otredad de género. Si una mujer habla con vehemencia, se dice que es una histérica. Si un hombre habla con vehemencia se dice que tiene carácter. Si una mujer golpea la mesa, está como loca, si un hombre golpea la mesa, es un líder nato. Si un hombre tiene muchas mujeres es un ganador, si una mujer tiene muchos hombres es una puta, una cualquiera, una sucia. Y la lista puede seguir. La marca cultural es muy fuerte y ancestral. Ya en 1771, la Real Academia Española señalaba que: “Es conforme al orden natural decir las cosas con aquella antelación que tienen por naturaleza o mayor dignidad... Si hay necesidad de nombrar dos, o más personas a un tiempo, es natural nombrar antes al varón que á la hembra, como: el padre y la madre: el marido y la mujer: el hijo y la hija”. ¿No decimos todavía el hombre y la mujer? Y qué raro suena decir la mujer y el hombre.

El lenguaje de los uruguayos también fue afectado por la dictadura. Trasládese para destino final era un eufemismo de asesínese y desaparézcase, y realizar apremios físicos para tortúrese, viólese, véjese hasta obtener información. Proceso decían en lugar de dictadura. Defensa de la República por ocupación con las armas del Parlamento. Corresponde anotar también que la resistencia se colaba en la oralidad popular: “al botón de la botonera, chin, pun, fuera” cantaba la gente.

Sin embargo el miedo fue cambiando nuestra forma de hablar, tanto que las palabras democracia, justicia, desaparecidos, militares producían una cierta incomodidad del escucha o del lector y la presencia física de quiénes osaban enunciarlas sufría la estigmatización y el aislamiento. Y eso fue así hasta comenzado el Siglo XXI. Fueron necesarios años de nombrar a las cosas por su nombre y un cambio en las políticas de gobierno para que el lenguaje de los uruguayos reincorporara vocablos segregados al desuso.

Los políticos como gente no igual a uno fue también una construcción del autoritarismo. Algunas de las frases hechas son: “Todos los políticos son iguales.” O “Después que se acomodan…”. O “El poder corrompe”. Convencernos de que hay una adentro y un afuera de la política fue un logro de la doctrina de seguridad nacional y de todos los interesados en desmotivar a la ciudadanía de ser protagonista de su historia. 

Por eso, si tuviera que decir cuál es el rol de los artistas y en particular los que trabajamos con la palabra en esta objetivación de relaciones de poder diría que es el de mostrar al otro o a los diferentes, no como límites sino como una amplia gama de posibilidades, sensibilidades y experiencias. Mostrar las riquezas existentes en la diversidad de seres, de ideas y de conductas. Y hacerla palabras. Y en lo posible poiesis.

                                                   

 

 

 

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