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LA VIDA INÚTIL Por Amilcar Nochetti

publicado a la‎(s)‎ 4 abr. 2011 14:17 por Semanario Voces


En un rincón del corazón (Somewhere) USA, 2010. Dirección y libreto: Sofía Coppola. Fotografía: Harris Savides. Música: Phoenix. Con: Stephen Dorff, Elle Fanning, Michelle Monaghan, Jo Champa, Maurizio Nichetti, Benicio Del Toro. Estreno: 25 de marzo. Calificación: Buena.

 

     El nuevo opus de Sofía Coppola es tan difícil de digerir que puede desconcertar a un público desprevenido. Si dejamos de lado el paso en falso de María Antonieta, puede decirse que como cineasta la hija de Francis es talentosa. Prueba de ello son sus dos primeros films, Vírgenes suicidas y Perdidos en Tokio, con los que En un rincón del corazón puede componer una trilogía sobre la soledad, la alienación y el vacío existencial del hombre de hoy. Stephen Dorff compone a una exitosa estrella de cine, un niño mimado por los medios, en realidad un reventado que deambula sin norte en medio del lujo, el derroche, los Ferrari deportivos y sus constantes visitas al lecho de cuanta rubia escultural se cruce en su camino. Por fuera cumple con todas las fantasías que harían las delicias del americano medio. Sin embargo, observado por dentro, Dorff se revela extremadamente insatisfecho con su propia realidad, y sólo se lo ve feliz en algunos momentos compartidos con su bella hija de once años (Elle Fanning), un ser que por debajo de su luminosa superficie también carga con pesares y fantasmas más reales que el vacuo glamour con que Hollywood nos rodea.

     Hay que saludar con adecuado respeto la nueva propuesta artística de Sofía Coppola que, pese a haberlo negado, se apoya en una profusa agenda autobiográfica para poner en marcha este vistazo desolador al patio trasero de la opulencia americana. Su valentía personal va unida al coraje artístico, porque lo que Sofía propone con su nueva película es cosechar lo que hace medio siglo sembraba Michelangelo Antonioni. Al igual que el italiano en sus mejores títulos, Sofía trasmite al espectador la angustia existencial y la incomunicación sociocultural, mediante el enfoque de paisajes desolados, gélidos, vacíos, sin vida, de forma similar a como Wim Wenders hacía en París, Texas. Se apoya además en un lenguaje visual elíptico que obliga al público a redoblar su atención para atrapar los contenidos últimos de una historia contada en sordina.

     Si se saben vencer las dificultades que Coppola nos plantea deliberadamente, se percibirán varios ejemplos de fineza narrativa en este catálogo de una vida inútil: 1) en la toma inicial un auto circula por una pista de carreras, dando vueltas y vueltas sin motivo aparente, igual que Dorff hace con su propia vida, girando sobre sí mismo para volver siempre al punto de partida; 2) las bandejas acumuladas delante de la puerta de la habitación del hotel informan, en una sola toma y sin palabras, acerca del tipo de vida que lleva Dorff; 3) el lugar donde Dorff y Fanning se comunican con más complicidad es el fondo de una piscina, un espacio sordo donde sobran las palabras y sólo los gestos revelan el afecto verdadero; 4) en determinado momento, los maquilladores sepultan a Dorff bajo una máscara facial, de la cual sale convertido en un anciano, como si la vida le hubiera pasado por encima sin darse cuenta; 5) el perdón que Dorff pide a Fanning por ser un padre ausente resulta inútil, ya que esa muestra de arrepentimiento es tapada por el ensordecedor ruido de un helicóptero, que impide a la chica conocer la angustia del adulto. Coppola no es Antonioni ni Wenders, y su propuesta no termina de elevarse a verdaderos niveles de maestría, porque comunica el aburrimiento, la soledad, la insatisfacción y la ansiedad en forma tan excesiva que literalmente hay escenas donde no pasa nada. En buen castizo: de a ratos Sofía se va de rosca. Empero, si el espectador sabe vencer esas dificultades, percibirá en el film una propuesta talentosa e inusual para los chatos parámetros a los que Hollywood nos tiene acostumbrados.

 


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