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Londres, 1° de Mayo de 2013 Por Rafael Massa

publicado a la‎(s)‎ 11 may. 2013 12:25 por Semanario Voces
 
No era una fecha cualquiera. Tampoco la ciudad, que lo había alojado en su exilio durante cuarenta años de su vida. Cuarenta años de lucha sí, pero más aún, cuarenta años de estudio, durante los cuales concurrió diariamente a la biblioteca del Museo Británico, y a partir de los cuales, el mundo ya nunca más fue el mismo. Logró diseccionar en una obra monumental la anatomía y  fisiología del cuerpo que aún hoy  continúa oprimiendo a los trabajadores.

También la ciudad que fue testigo de su amistad incomparable con Federico, su complemento perfecto, su hermano de la vida. Primero de mayo en Londres, dijimos con Gabi, qué mejor manera de homenajear la fecha, que visitándolo.

No es sencillo llegar. El Metro desde la estación de  Euston, al norte de la ciudad, y luego de cinco paradas, nos deja en Highgate.  Ya no estamos en el Central London, nos hemos caído del mapa, resta tan sólo preguntar a los vecinos. La empleada de la estación da las primeras indicaciones: quince minutos caminando. El barrio se ve elegante, como tantos en esta ciudad. La tarde está despejada, el cielo brilla azul, raro en esta ciudad gris. Las típicas casas de tres pisos, el “patio inglés, los jardines cuidados. A las pocas  cuadras surgen dudas. Nuevamente a preguntar, los vecinos no aciertan el camino exacto, aunque aseguran que vamos en la dirección correcta y hay que remontar la colina.

Hay que pagar para entrar; el cementerio es privado ya desde su época, en una ciudad a la que asolaron las siete plagas y ya no tenía donde enterrar sus muertos. Como contrapartida, entregan un folleto que luce en la tapa una foto de su enorme cabeza, tallada en piedra. En el interior, las indicaciones para llegar a su morada, junto a una larga lista de sus vecinos ocasionales, también célebres: novelistas, músicos, escultoras, políticos, filósofos. Aunque claro, el “highlight” de la escena es su tumba, y así está destacado en el mapa.

Mi maldita ansiedad me juega otra vez en contra. Leo el plano al revés, trocando entrada por salida y como tantas veces, por suerte, nos perdemos. Perderse en las ciudades que uno no domina, es muchas veces, la oportunidad de descubrir lo imprevisto, de salirse de los planes.

El cementerio está, literalmente, vacío. Tan sólo nosotros caminando por senderos de tierra, a cuyos costados, casi amontonadas y cubiertas de hiedras, las tumbas abandonadas, ilegibles. En la soledad, recuerdo a José Pedro, mi viejo, que solía llevarme de paseo al Cementerio Central, a mostrarme las tumbas de nuestros próceres,  en domingos soleados, aprovechando para  dejarle flores a la  abuela Tota, y de paso también,  revisar la historia patria.

Sin nadie a quién preguntarle cómo llegar, finalmente caídos en nuestro error de interpretación y releyendo las instrucciones, llegamos.

Está junto a sus mujeres, Jenny, su esposa, y su hija Eleanor . La imagen que corona su tumba resulta imponente; al pie, algunas flores, frescas, sin duda de algún otro peregrino madrugador.

Nos quedamos un rato junto a su tumba, recordando con Gabi una biografía de su amigo Federico, que relata tantas de las peripecias que atravesó: sus penurias económicas, de las que siempre su leal camarada, el poderoso industrial, lo sacaba; sus desconsideraciones como amigo, y también, por qué no, sus veleidades burguesas.

 Las vueltas del destino: su vecino de enfrente, el más popular y aclamado filósofo de su época, el inglés Herbert Spencer, yace hoy, sin pena ni gloria y  no hay flores en su tumba.

Al rato, cuando ya  nos íbamos, llegaron nuevos visitantes.  Se acercaron a nosotros como quienes reconocen a los deudos de un familiar. Las miradas cómplices lo decían todo: compartimos, quizá, nunca lo sabremos, una forma de ver el mundo. Con seguridad, un sentimiento, el de ser parte de una cofradía. “Here we are” les digo en mi pobre inglés. Ellos, compatriotas de Carlos, sonríen junto a nosotros. Intercambiamos cámaras de fotos para retratarnos, puños en alto, junto al maestro.

En su lápida, el siguiente epitafio: Karl Marx 1818- 1883 - “Los filósofos solo han  interpretado el mundo de varias maneras. El punto, sin embargo, es cambiarlo”.

 

 

 

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