DANIEL CHAVARRIA, ESCRITOR“Fui un stalinista hasta que se produjo la revolución cubana”

publicado a la‎(s)‎ 10 oct. 2011 8:33 por Semanario Voces
 

 

 

 

Daniel Chavarría se define como un “escritor cubano nacido en el Uruguay”. Y quizás en ello radique que su profusa y multi premiada obra aún sea poco conocida por estos lares.

Este “contador de historias”, que mamó en la temprana infancia de los narradores gauchescos en los campos familiares, lo que a la postre sería su oficio y su pasión, fue cargando su mochila con experiencias y anécdotas, en una vida cargada de aventuras y sueños, para comenzar a plasmarlas en papel a sus cuarenta y cinco años.

Tras dieciocho años sin venir a nuestro país, realizó una breve visita, en la que tuvo la deferencia de concedernos algunas horas para mantener una charla que nos permitió conocer parte de su apasionante vida.

Resulta tan torrencial al hablar como cuando escribe. Es divertido y no le saca el cuerpo a ninguna pregunta o tema. Por ello, y por tratarse de una figura de su importancia, y porque entendemos que quienes quieran acercarse a él no deben quedar librados al arbitrio de nuestra selección, decidimos quebrar una regla no escrita en nuestros reportajes, y llevarles a ustedes la charla en dos entregas.   

Estamos seguros que quienes accedan a esta primera parte, esperarán con ansías la segunda dosis.

 

 

 

 

 

Por Jorge Lauro y Alfredo Garcia / Fotos Rodrigo López

 

 ¿Cuánto hace que no volvías a Uruguay?

Dieciocho años. La primera vez que volví habían pasado veinticuatro años.

 

¿No es demasiado tiempo lejos?

Se ha dado así. Yo llegué a Cuba con un avión secuestrado…

 

Pero tenemos entendido que no es un tema del que te guste hablar.

Pero como sé que me lo van a preguntar les alivio la cosa. Yo llegué allá con un avión desviado, por lo que quedé registrado como un “peligroso terrorista internacional”. Después los colombianos –porque yo me había traído un avión de Avianca- dieron amnistía en todos los casos de secuestro, y entonces yo podía volver a viajar.

 

Más adelante te preguntaremos sobre ese episodio.

Bueno. Entonces yo no tenía papeles. En Cuba dije quien era; confiaron en mí, y me dieron un documento cubano. Mientras tanto intentaba recuperar mis documentos uruguayos. Y eso llevaba tiempo, porque además yo soy bastante bruto y negligente para todo lo que sea gestiones. Me equivoqué en algunas cosas y todo se demoró. Así llegó el año 87, en que a mi mamá le amputaron una pierna. Según una hermana mía, a mi mamá le quedaba poco de vida, y yo debía ir a verla. Entonces aproveché mis vacaciones en la Universidad, en la que era profesor, y vine al Uruguay.                 Yo venía con una preocupación muy grande que es que mi madre había padecido mucho mi ausencia, y ahora me iba a ver solo un mes, y yo no tenía corazón para despedirme al cabo de un mes porque era seguramente decirle adiós para siempre. Pero yo ignoraba que mi mamá estaba ida; estaba lúcida pero no tenía la memoria del presente, no recordaba lo que pasó un minuto antes, pero tenía intacta la memoria del pasado. Cuando llegué estaba sentadita en una sala, con la pierna que le habían cortado cubierta con una manta, estaba ahí esperando al Pocho. Pocho soy yo. Cuando llego me dice: “Pocho, ¿cuándo llegaste? ¿Te casaste hijo?” Y me preguntó con quién me había casado. Ahí pensé que estaba mal porque ella había criado a mis hijos y convivido con mi mujer .Pero me alegré, porque eso significaba que no tenía idea de lo que estaba pasando y el día que me fuera, ni se iba a enterar. Eso ya me dio un alivio.                                                                    Mi hermana me dijo que para tener de qué hablar con ella tenía que hablar del pasado. Mi madre era un ser precioso, una persona muy sensible, y mis conversaciones con ella empezaron: “Mamá, ¿te acordás dónde vivíamos cuando era niño? “Sí, -me respondía-, en Julio Herrera y Obes 1187 entre Canelones y Maldonado”. Se acordaba del número de teléfono, cómo se llamaban los vecinos, recordaba tangos y los cantaba. Se sabía entero a Becker, “Volverán las oscuras golondrinas…”, lo recitaba con una emoción que me hacía disfrutar mucho. De pronto mi hermana salía y me quedaba solo en la casa con mamá. Y un día me grita: “Poooocho”. Yo voy corriendo y me dice: “Me falta una pierna”. Le digo: “Sí mamá, te operaron”. Y me responde “¿Y por qué no me dijeron?  Me hacía reír, era divertido, no había dramatismo. Permanentemente me preguntaba: “¿Y vos quién sos? Eso era constante, yo tenía que decirle que era el Pocho, su hijo. Así fue pasando el tiempo y mi reencuentro con el Uruguay, al cabo de esos veinticuatro años fue bastante traumático.

¿Por qué traumático?                                                                      Porque yo fui muy precoz en mi desarrollo físico y a los 14 años me vinculé con el grupo del Anglo Uruguayo, dirigía Eduardo Malé, el de la Barraca, que después fundó el Teatro Circular. Entonces, mis amigos de la infancia, del barrio, los perdí.  Pero esas amistades que hice me doblaban la edad en algunos casos. Por ejemplo, Malé, tenía 36 años cuando yo tenía 18 años. Y muchos se fueron muriendo. Entonces venir aquí…, ya no estaba mi padre, mi hermana había migrado a Mallorca; no tener a mis amigos, era muy traumático. Encontrarme además a algunos muy deteriorados, golpeados por la dictadura, fue muy traumático.                                   Por otro lado, tengo por el lado paterno un familión enorme. En 1993 cuando estuve, contamos y éramos 57 primos hermanos, y yo era el mayor. Yo fui el primer nieto de mis abuelos, el primer sobrino de mis tíos. Para ellos era una leyenda,  el único tipo de la familia que hice de todo, que secuestró un avión, que se metió en el Amazonas buscando oro, al que persiguió la dictadura brasileña, que viajó por el mundo, y después además, escritor laureado. Cada vez que llego a San José, sobrevivo de milagro, porque me hacen beber como un cosaco…

 

Que imaginamos no te gusta nada.

Sí, me gusta, desgraciadamente me gusta. Y me hacen comer todas las cosas ricas que no puedo comer en Cuba, como el matambre. Es imposible en Cuba comer cualquier pasta italiana como las hacen aquí; allá nadie las sabe hacer. Nosotros somos muy italianos en la comida, y en algunos casos, comemos mejor que en Italia,  y lo digo con propiedad. Además, aquí la migración es procedente de todas partes, de alguna manera, sustancia una especie de comida supranacional.

 

Un sincretismo gastronómico.

Exacto, porque la gente del norte, que desprecia a los del sur, todos tienen variantes culinarias distintas, pero cuando aquí se hace una pizza, es una pizza que tiene un poco de todo, y aquí los italianos se identificaron un poco como no podían hacerlo en Italia. Yo soy por línea paterna completamente español, soy vasco y andaluz. Y por parte de mi madre, soy corso y calabrés, mirá que mezcla.            En mis viajes me sentía mejor en Italia que en España, me identificaba más como rioplatense con los italianos que con los españoles. Mi bisabuelo tuvo una vida digna de Edmundo de Amicis. Ustedes habrán leído Corazón, un libro de mi generación. Es lindo libro para darle a los hijos. Allí intercala cuentos de niños, y hay uno que se llama: De los Apeninos a los Andes. Mi bisabuelo está retratado en ese cuento. A los 9 años, por una cuestión de honores familiares, lo mandaron para América solito, le dieron una muda de ropa remendada, dos manzanas asadas, una efigie del santo napolitano San Genaro y otra de Garibaldi, y con eso vino. Llegó después de una peripecia en un velero que demoró como tres meses, desembarcó en Uruguay. Y con un amigo, que era de su mismo pueblo, con quien lloró abrazado en el barco, empezaron a transitar los campos del Uruguay vendiendo chucherías con unas canastas grandes, lavando la ropa en los arroyos. Así vivieron años, recorrieron todo el país, la provincia de Entre Ríos, parte del sur de Brasil. Finalmente mi abuelo se instaló en Flores, Porongos, ya con alguna pequeña fortuna, compró una chacra, montó una carnicería y él conservó algunas tradiciones de su aldea. Según supe después, se llamaba Santa Doménica Talao, al norte de Calabria, que no suena italiano y yo supuse que era una deficiencia de mi abuela que nunca aprendió italiano. Después supe que probablemente viniera de una emigración griega o albanesa del siglo XV o XVI, y significara Santa Doménica del Mar. Una de las tradiciones que ellos tenían, es que en la mesa donde se amasa -para ellos amasar es torturar la harina-, ahí no se come. Se amasa en un lugar y se come en otro. Mi abuela heredó la manera de hacer los tallarines, que eran generalmente tallarines verdes, y la salsa que hacía no era el tuco, sino una especia de bolognesa, con carne, las típicas yerbas mediterráneas. Pero tenían un rito, se reunían treinta personas alrededor de una mesa de caoba pesadísima que había construido mi propio bisabuelo, y él presidía esos tallarines ancestrales. Los hombres dejaban de jugar a las bochas o barajas, o la taba; y los niños se iban a jugar al fútbol y las mujeres a tomar horchata en la cocina. Entonces trasladaban la mesa a un lugar y ahí amasaban. Cuando terminaban y la masa estaba lista, colgada, oreándose, limpiaban la mesa con agua caliente, la frotaban y con un cepillo sacaban todo, escurrían todo y volvían a trasladar la mesa. Imaginen qué trabajo andar moviendo aquel armatoste. Luego frotaban con hierbas la madera, mejorana, romero, ajedrea; aquella mesa tenía un olor que te comías la madera. Y los tallarines los dejaban que se secaran un poco y los ponían sin plato, sobre la madera, hacían un hueco y ponían una salsa espesa, y eso se comía con tenedor. Eso lo describo y lo publica una revista, La Stampa. Sorprendió mucho, y pensé que esa podía ser una tradición en muchos lugares de Italia. Pero no, nadie conocía eso. Por eso supongo que deba ser algo heredado de aquellos tiempos de Grecia.                                                                     Mi editor intentó hacer un video con una especie de historia del hijo pródigo, se fue el bisabuelo y vuelve el bisnieto como escritor. En Italia me conocen, no soy una figura, pero me conocen. Pensaba hacerlo pero el alcalde de Santa Domenica Talao era un fascista, de la ‘Ndrangheta, la mafia calabresa, y no le iba a caer simpático un visitante de Cuba. Eso se aplazó y como dos años después estaba en Gaeta, cerca de Nápoles, y me traen un celular, era el nuevo alcalde que era socialista, había leído el artículo y me decía que el pueblo estaba a mi disposición, que me iban a recibir con banda de música y alfombra roja si iba. Y todo se empezó a preparar, pero en esos días yo tenía compromisos en Cuba y no pude ir. Luego me enfermé, no pude ir y eso se enfrió y se quedó en nada.

 

La infancia en Soriano, ¿por qué?

Mi infancia fue en Montevideo. Yo nací en San José, a los pocos días me llevaron a Soriano y me crié allí hasta los 5 años, en un campo, donde mi mamá era maestra de una escuelita rural. Era en el arroyo El Perdido, una zona muy cercana a la casa de mi abuelo. Mi abuelo descendía de terratenientes poderosos, ricos, blancos, la crema de la reacción. En el aljibe enorme de la casa de mi bisabuelo, el hierro forjado, decía “Viva la Santa Federación, mueran los salvajes unitarios”. Mi padre fue una buena persona, solidario, muy angelical, muy ingenuo. Se crió pobre, porque mi abuelo en la guerra de 1904 creo, quedó chiflado, volvió al campo a hacer todo tipo de estupideces. Una vez por espantar una manga de langostas, quemó un trigal en flor, no solo perdió la cosecha sino que estropeó los campos por mucho tiempo. Hizo cosas horribles, tomaba a los muchachos les daba palos con caños de escopeta viejo, los ponía a hacer instrucción militar. A uno de mis tíos quiso hacerle lo que llamó el sacrificio de los santos inocentes y lo amarró a un árbol para darle candela, como los personajes bíblicos. Ese viejo se arruinó, mi padre no recibió educación, fue seis meses a la escuela en San José, que era donde residía mi bisabuelo. Ahí, sus tías, gente muy rica lo mimaban, le ponían ropita de terciopelo y se quedó para siempre con una mentalidad de terrateniente. Y él era un obrero, porque siempre se ganó la vida manejando ómnibus, el Flecha de Oro, que iba a Carmelo. Sin embargo, una de sus grandes tristezas y disgustos fue enterarse que yo me había afiliado al Partido Comunista, lo consideraba una mancha, un deshonor para la familia, para la patria.

 

 ¿Cómo se produce esa transformación, quién influye en esa decisión?

Fue Víctor Hugo, la cosa empieza con Los Miserables y el destino de Jean Valjean, que a un pobre tipo por robarse unos panes para matar el hambre de su sobrino le den 19 años de cárcel, a mi me resultó algo terrible. Yo era francófilo, mi madre por su origen corso era bonapartista, y tenía cierta locura, andaba con un medallón con el testamento de Napoleón en francés: “Deseo que mis cenizas reposen sobre los bordes del Sena en medio del pueblo francés al que tanto he amado”. Y yo me imaginé que a Napoleón lo habían enterrado en un tumulito, a orillas del Sena, pero no, estaba en Los Inválidos, en un edificio militar, en una cúpula dorada, con un aparato espantoso. Entonces, empecé a pensar en esa burguesía francesa, que había condenado a Jean Valjean y que ponía a Napoleón allá arriba, y me viré. Ahí nace mi disconformidad, yo no salí a pedir el carné al Partido, era muy chiquito, pero por ahí empieza mi visión crítica de la sociedad y la traslado al Uruguay y veo lo que pasaba aquí. Además, mi vocación artística que me lleva al teatro, me vincula con la gente de izquierda, yo era habitué del Sorocabana, aquello era un circo.                                                          Yo soy de la época que ustedes seguro no conocieron, donde en el Sorocabana había una fuente en el centro y había un pescadito. Ahí iban los intelectuales pero también iban las putas, los comerciantes de la zona, traficantes, chulos, había de todo. Y estaban los emigrados de la Guerra Civil española, se iban a un rincón en el fondo y se fajaban porque unos eran anarquistas, otros comunistas, tenían historia y eran violentos. Un día, uno, que parece que le habían puesto cuernos, llega con una bolsa de mierda preparada, y se la revienta en la cabeza a otro. La mierda le chorreaba, y el tipo a lo único que atinó fue a lavarse en la fuente del pescadito, y lo intoxicó y lo mató. Los poetas del café le compusieron poemas, un réquiem en latín al pescadito del Sorocabana.                                               Ahí hubo de todo. ¡Las cosas que se veían en el Sorocabana! Para mí fue una gran escuela de bohemia, la bohemia de los años cuarenta, cincuenta.

 

¿Quién te introduce a Salgari?

 Esa es otra historia, quién me introduce en la lectura. Salgari cayó casi enseguida, yo empecé con Mark Twain. Yo vivía en Julio Herrera y Canelones, y el cine del barrio era el Coliseo Florida, que quedaba en Florida entre San José y Soriano. Los domingos, el barrio, en pleno, todos los niños íbamos ahí, costaba 15 centavos la entrada. Un día me porté mal y mi mamá me condenó a no ir al cine. Yo le hice la vida imposible a mi mamá, empecé a joder, protestar, estaba insufrible. Había un primo mío, estudiante de abogacía que vivía ahí, y tenía que preparar un examen, y yo con el relajo que estaba haciendo y mi madre persiguiéndome y gritándome, no lo dejábamos estudiar. Yo le tenía mucho respeto, era un hombre culto, escuchaba música clásica, jugaba al ajedrez, introdujo música que nunca se había oído en mi casa. Yo quería ir al cine a ver Abott y Costello, una porquería que se llamaba “Que par de reclutas”, habían dado los avances y estábamos todos entusiasmados para ir a verla. Mi primo me llama y me da un libro, “Las aventuras de Huckleberry Finn”. Y me dice: “Si sos capaz de leer las primeras seis páginas, ya no lo vas a poder soltar. Y te va a durar una pila de horas, más que esa porquería de cine que querés ir a ver, que dura una hora y pico. Y me lo vas a agradecer”. Me tranquilicé, agarré el libro y me fui al altillo de la casa, y en efecto, empecé a soltar carcajadas y me apasionó, terminé de leer ese libro en dos días, y le pedí otro. Curiosamente me regaló algo completamente distinto, “El avaro de Moliere”, una obra de teatro, pero la leí y me apasionó también, y por ahí empezó a caer todo, y cayó Salgari, cayó Sandokán, que fue mi primer texto de antirracismo, Salgari me enseñó a amar a un príncipe negro, indostánico. Y el Corsario Negro y los Piratas del Caribe, yo todavía voy a Maracaibo y me molesta que no estén los veleros.                            Yo me leí de la editorial Sopena argentina, que tenía lo mejor del siglo XIX, del realismo crítico, la obra de Balzac, gran literatura, y creo que me la leí completa. Fui un gran lector. Mi generación, que no conoció televisión ni oíamos casi radio, se apasionaba esencialmente con los libros.

 

¿Ni alguna radio novela?

¡Simón Terremoto¡, esa fue para mí una cosa providencial, la historia de Simón Terremoto que la pasaron por radio, era un tipo que en todos los puertos tenía una aventura y citaba siempre a Schopenhauer, era un escéptico. Y todo eso me gustaba, yo quería ser eso. Estando en un festival de cine policíaco en Francia, me habían regalado una gorrita bretona, y yo andaba con mi melena blanca y de pronto me paran unos niños y me preguntan si yo no era un marino. Yo les dije que sí, les hablé en francés y me preguntan cosas porque a ellos les habían encargado que entrevistaran a un veterano navegante para un periodiquito mural. Me empezaron a preguntar cosas y les invento una historia que tenía en la cabeza para escribir, y era la historia de Sir Francis Drake, que se suponía había sido amante de la Reina Isabel y la Reina Isabel era calva, entonces en el Caribe descubre que existía el queso de manatí, el manatí es un cetáceo que existe en el Caribe, y se suponía que ordeñando, se hacía un queso que mezclado con escupitajos de ron y con otras cosas más, eso revuelto da una crema que hacía crecer el pelo. Francis agarró una pila de cautivos españoles, los puso a cazar manatíes, a ordeñarlos, a fabricar la crema famosa, se la llevó a la reina Isabel, que se untó con aquella porquería, y como a los dos meses no le creció nada, decidió ajusticiar a Sir Francis y lo mandó a la Torre de Londres para decapitarlo, pero él logró sobornar a los carceleros, esa es la historia que invento, y se refugia en Saint Malo, que era una cueva de delincuentes, como la Isla Tortuga. Son ese tipo de historias que yo invento. Les cuento esa historia y los niños toman nota apasionados. Y digo en mi historia que fui un apasionado contador de historias, y quería ser eso desde joven, porque en el campo de mi abuelo conocí a los narradores gauchescos. En el campo de mi abuelo llegaba la gente y daba el santo y seña: “Ave María purísima…”. “Sin pecado concebida”, le contestaban. Y eso hacía que pudieran entrar. Ahí jamás se le negó hospitalidad a nadie y se les daba comida, la que hubiera. Y en tiempos de esquila o de trilla de trigo o girasol, que se reunía bastante personal golondrina para las tareas, no faltaba algún cuentero. Entonces aquí siempre ha habido un gran respeto por el que cuenta, nadie lo interrumpe, como en Cuba. En Cuba no te dejan contar una historia, siempre hay alguien que interfiere, jode; contar allá es difícil.                         Entonces, en ese ambiente, debajo del ombú, yo quise ser eso, quise llegar a viejo, ponerme una pipa en la boca y contar historias. Termino diciendo: “Aunque yo no pude ser un lobo de mar, si fui un lobo de bar, y en numerosos bares donde he estado, he contado historias que la gente me ha oído con mucho entusiasmo, pero la mayor satisfacción la tuve cuando unos niños bretones me oyeron la historia del manatí”.

 

Tus libros son narraciones tuyas.

Me apoyo extraordinariamente en mi vida, como punto de partida, luego invento, mucha ficción.

 

Le plagiaste la historia a tu mujer inicialmente.

Ella me la regaló y yo se la llené de putas y traficantes y la convertí en algo mucho mayor. Ella hizo una modesta historia de de su infancia en la Ciénaga de Zapata, donde se crió. Por ejemplo, aquí se va a publicar, espero que próximamente la novela “Aquel año en Madrid”, que es una historia de amor juvenil que es verdad; todo lo que se cuenta ahí es verdad, literaturizado naturalmente, embellezco algunas cosas, los diálogos no fueron como aparecen porque no los recuerdo,  pero si tengo en la cabeza lo que pasó. En general, yo sí tuve la suerte de tener mucho material anecdótico en la cabeza y en el corazón, recuerdos, amores, frustraciones, miedos, regocijos de mi vida que los registré.

 

¿No estás arrepentido de haber roto los libritos que habías dejado acá?

 ¡Cómo saben! Se leyeron toda la crítica que hay sobre mí, ¿de dónde lo sacaron? ¿De Internet? Jamás, eran dos bodrios de espanto. Yo era un comunista romántico, un comunista de barricada en la época que escribí eso. Eso no es literatura; son panfletos. Me consoló, años después, leer unos primeros escritos de Horacio Quiroga cuando todavía estaba aquí, siendo muy joven, que escribía casi tan mal como yo. Es decir, pensé que para escribir realmente hay que tener primero un oficio como el de zapatero o relojero, hay que aprender el oficio de escribir, que es difícil y lleva muchos años. Además de eso, tener algo que contar. Quiroga se llenó de acontecimientos en las misiones y yo en mi vagabundaje. Yo empecé a escribir afortunadamente a los 45 años, después de “Joy”, mi primera novela, tuve la suerte de no meter mucho la pata. Ya tenía criterio, había visitado muchos museos, catedrales, universidades, como oyente en la Soborna, Peruggia, oí a mucha gente, aquí mismo a Angel Rama, Rodríguez Monegal, Brunetto, profesores extraordinarios que tuve aquí. En la Universidad de La Habana, completé estudios iniciados aquí en Humanidades y me gradué como profesor de Letras Clásicas. Después ejercí once años docencia en Literatura Clásica en latín y griego. Cuando escribo “El ojo de Cibeles”, mi principal novela histórica, ambientada en el siglo V, que es la que considero mi mejor novela, me acusan de que es una novela erudita. Y no lo es, para nada lo es. Es un intento por bajar a los griegos de los pedestales y ponerlos en el sitio glorioso donde están  de todas maneras los atenienses del siglo V, pero mostrando las tropelías que hicieron. Ellos fundaron la Liga de Delos, que fue una especie de OEA macabra, donde con el pretexto de defender a los demás griegos del imperio Persa, se quedaron con el tesoro, hicieron las grandes construcciones de Atenas incluido el Partenón, los grandes muros, la ciudad amurallada, mil cosas, y con un cinismo digno de los americanos de hoy día, vapulearon a los demás griegos y los convirtieron en mierda. Es decir, yo escribo historias con un marco histórico por lo menos veraz, documentado con la historiografía clásica. Escogí un tema, el mito de Cibeles, del que se conoce muy poco. Alguna cosita de un poemario de Horacio, de lo poco que sobrevivió a la quema de la biblioteca de Alejandría. Ahí sí invento cosas porque nadie me puede decir que no o que sí, sobre mitos, cosas que pudieron pasar.

 

Una admiradora tuya, profesora de literatura nos pidió que te preguntáramos cómo haces para mantener el ritmo de escritura. Uno lee  y es como si estuviera leyendo a Homero. Considera que lo fantástico de tu escritura es que vos tenés una forma de escribir que se mantiene.

Ese libro tiene, y por eso me han criticado, cabos sueltos. Cuando impartía literatura griega y me adentraba en el tema de los cantos homéricos, explicaba los mitos básicos en que están apoyadas La Ilíada y La Odisea. Los mitos no se cuentan ahí porque se suponía que eran de dominio público para los griegos, pero están implícitos. El mito de la manzana de la discordia, el juicio de Paris, mil cosas, y una de las primeras cosas que se explican al adentrarse en los cantos homéricos, es la larga polémica que duró más de un siglo en torno a si los cantos homéricos, La Ilíada, la Odisea, eran obra de un mismo autor o no, y si eran realmente obra de esa época, siglo VII-VIII. Esa polémica fue muy fértil, porque personalidades de todo calibre de la Europa erudita estudiaron y llegaron a la conclusión por ejemplo, del hecho de que Homero incurre en un permanente desperdicio de personajes y situaciones. Crea de pronto personajes estupendos, y no los vuelve a tomar. Yo hago lo mismo, pensando en seguir la inspiración homérica. Y hoy en día me sirve, porque muchos de esos personajes los retomo y los escribo como cuentos o invento otra novela, pero no lo hice con esa intención; lo hice con un afán imitativo, y es indudable, que cuando estás mucho tiempo enseñando Homero…, además, les cuento una historia, tengo un hijo que a la edad de cuatro días, por error de una tía abuela, le metieron un chupete con alcohol de 90º, creyendo que era agua, y el muchacho se lo metió y casi se muere, hubo que tomarlo de las patas, sacudirlo, afortunadamente había en ese momento un médico en la casa, consiguió respirar, sobrevivió y estuvo como tres días con aliento etílico, estoy convencido que ese lingotazo de alcohol le aceleró las neuronas, porque después el tipo fue precoz en todo, aprendió los colores antes de tiempo, a caminar. Imagínate meter alcohol de 90º en un organismo de 4 días,  no sé cómo no lo mató. Sobrevivió, y con una lucidez tan grande, en una época en que la madre tuvo que dar unas clases en Ecuador y faltó varios meses de Cuba, yo me tuve que hacer cargo del niño y una de mis ocupaciones era leerle cuentos por las noches. Yo no tengo paciencia, además los niños me dan por las pelotas, hasta que no cumplen 30 años yo no me divierto con ellos. Entonces, como estaba dando los cursos, le contaba los mitos griegos y el cabrón se los aprendió de memoria, le gustaban. Entonces, se lo contaba a los amiguitos en el portal de la casa y formaban una barahúnda del carajo con toda esa historia de los mitos griegos. De modo que uno, imbuido de todas estas cosas, necesariamente algo tiene que salpicar en lo que escribe.

¿En Uruguay fuiste un militante comunista muy sui generis? ¿En qué año te fuiste?

 En 1961. Pero empecé a militar en 1957, 1958. Fui un stalinista hasta que se produce la revolución cubana, y ahí, entendí, sobre todo, que la democracia de Fidel era algo diferente. Yo era sectario como todos los comunistas de la época. Y además creía en eso. Mis compañeros y yo teníamos conciencia de estar trabajando por el futuro de la humanidad, y la fórmula era seguir a la URSS, el movimiento obrero internacional capitaneado por el camarada Stalin, eso era así. Pero cuando surge la revolución, aparece atrás la inmensa figura de Martí con todo su humanismo, con sus cosas, y me doy cuenta que estos hombres, eran herederos del pensamiento martiano, por eso se le llama la generación del centenario, y eran algo diferente. Entonces, entré en contradicciones con el partido y me salí del partido. En esa época, lleno de impulsos, traté de vincularme a un movimiento guerrillero, con Hugo Blanco en Perú, pero no lo logré porque lo capturaron justo los días en que entré al Perú. Después estuve divagando de un lado para otro, y estuve formando un movimiento de guerrilla en Colombia. De eso hay sobrada información en una obra mía, “Y el mundo sigue andando”, que es mi autobiografía, publicada en Cuba, y espero que próximamente aquí, aunque el próximamente pueden ser tres años.

¿Abrir una guerrilla en Colombia con el abanico que había…?

Pero en la cordillera occidental no había nada. Los dos movimientos fuertes eran las FARC en la parte sur, selvática, y el ELN en la frontera con Venezuela. Luego había otro movimiento en el norte, noreste. Yo me uní a un obispo, Gerardo Valencia Cano, el obispo de Buenaventura, un personaje lleno de humanismo, teoría de la liberación ya, con otras ideas. Yo ya había aprendido lo que hoy predica Chávez, que muchas de las consignas bíblicas podrían ser perfectamente consignas de los comunistas, el amor al prójimo, el que por el ojo de una aguja no pasa el rico pero sí un camello, todo eso podían haber sido consignas del Partido Comunista.

¿Te sentís libre en Cuba?

 

Sí, sí.

 

¿Durante todo este tiempo para los cubanos eras el uruguayo o un cubano más?

 

Para ellos soy cubano.

 

 

¿Te consideran uno de ellos? ¿Nunca sentiste discriminación?

No, para nada.  Las pocas veces que he estado en presencia de Fidel he hecho barbaridades, porque delante de él pierdo el control.

 

 

¿Te arrodillas, le rendís pleitesía, o peor aún, le implorás por un beso?

Claro. Absolutamente. Eso fue una borrachera que me agarré con Díaz-Pimienta (N.deR.: Alexis, poeta, narrador e investigador cubano), un improvisador, y fuimos a dar a lo de Miguel Bonasso, que estaba ocupando una casa de protocolo. (N.deR.: Según ha relatado Chavarría en una ocasión desquiciado ante la presencia de Fidel, se arrodilló, y con los brazos abiertos en cruz, le pidió abrazarlo y que le dejara darle un beso).

 

 

¿Miguel Bonasso, el escritor y dirigente político argentino?

 

Si, gran amigo mío, le he presentado libros y él me ha presentado libros a mí. En una cena de esas que ocurrió en el Palacio de Gobierno, donde Fidel estuvo cinco horas hablando, haciendo historias, contando cosas que solo él puede contar.

 

 

Otro contador de cuentos.

 

Otro extraordinario. Y además, lo que sabe, y además lo que se calla, porque no las suelta todas como yo. Entonces, llegué a decirle barbaridades, cuando se fue el grueso de los invitados y quedó un grupo de quince o veinte  personas, él y Bonasso se pusieron a hablar por los pasillos donde estábamos todos reunidos formándoles corro, hablando de la situación argentina, del bandido de Menem, y Fidel dice: “No hay para donde virarse”, como diciendo, no hay ninguna perspectiva de una figura que pueda liderar ese país. Entonces yo de gratis me meto a dar opiniones, le digo: “Comandante, pero si usted tiene ahí al futuro presidente”, señalando a Bonasso. Por algo lo sentó a su derecha, Fidel tiene olfato, así como olfateó a Chávez, a Evo, e incluso a Gaitán (N.de R.: Jorge Eliécer, abogado y político colombiano cuyo asesinato produjo las protestas populares conocidas como “El Bogotazo”), siendo muy jovencito.

Ahí me involucro, me había metido como 5 botellas de vino, aquello estaba exquisito, y me gusta el vino. En ese descontrol que me producía Fidel, me pongo a decir macanas, pero bueno, con algún fundamento. En determinado momento se habla de cómo defender la revolución, y alguien da una opinión y yo lo contradigo: “No, no, no, así no es. Para defender la revolución, no hay que hablar de la revolución; para defender al Comandante en jefe, no hay que hablar de él. Yo no me voy a poner a discutir si el Comandante es o no es un dictador”. Entonces él dice: “Yo no soy un dictador”. Y ahí le digo esta barbaridad: “Comandante, usted no será un dictador, pero en este país no se puede hacer nada que no le guste”.  Fidel se echó a reír, no supo qué decirme; debería tener ganas de mandarme a la mierda. Además le digo: “No le tenga miedo al término. Usted sabe perfectamente que la dictadura es una concepción del pueblo y el gobierno y el Estado romano para proteger la patria en peligro. Entonces buscaban a Fabio Máximo, a Cincinato. Y para evitar el parlamentarismo del Senado, los llenaban de poderes ejecutivos. Y Cuba siempre ha estado en peligro, le hacía falta un dictador, un dictador como usted, a la Fabio Máximo”. Entonces cuando le empecé a echar esos piropos, sonrió. Pero me podía haber dado un tirón de orejas.

Estoy respondiendo a la pregunta sobre cómo me ven; eso no se le tolera a un extranjero, no estaría ahí diciendo esas cosas. Si invitan a un extranjero seguro que no va a decir eso. A mí me invitaron y nunca dejaron de invitarme; a mí me quieren. Han leído mi obra, yo soy incondicional de la revolución. A mí han tratado de comprarme de veinte formas y no han podido. Yo he ganado lo suficiente para tener una vida decorosa, para sortear la adversidad en el “período especial”, con los derechos que me ganaba en Europa. Nunca fui un escritor de primera fila, porque siendo comunista, fidelista, y con todos mis antecedentes, no podría. Yo estoy orgulloso de mi vida en Cuba, me he declarado siempre ciudadano uruguayo pero escritor cubano, porque en realidad, yo me forjé allí como escritor. La gente me quiere, me dan reconocimiento, me dieron el Premio Nacional de Literatura.

 

 

Ganaste un montón de premios por todos lados.

 

Sí, soy un cazador de premios (Risas). Gané aquí el Bartolomé Hidalgo.

 

 

¿Qué sabés de la situación del Uruguay actualmente con la izquierda gobernando?

 

Sé poco. Lo que puedo decir es esto. Cuando triunfó el FA fui muy feliz, muy feliz porque incluso mi padre, que era un hombre ingenuo, blanco, que durante el período de 95 años de gobiernos colorados había sublimado las virtudes de los blancos y creía que Gallinal, Anchorena y toda esa gente eran buenas personas, honrados y que sus fortunas las debían a la sabiduría con que habían administrado sus campos, terminó votando al Frente Amplio. Mi padre creía esas barbaridades, y su mayor disgusto fue enterarse que un día me había afiliado al PCU. Me acusó de traidor a la patria, a las tradiciones, que andaba con ideas foráneas, cosas que repetía. Mi padre era un hombre muy ignorante a pesar de ser  hijo de terrateniente rico pero arruinado, él no recibió educación. Yo traté de explicarle: “Pero viejo…ideas foráneas”. Él era chofer de ómnibus, y yo le decía: “Ese ómnibus que vos manejás no lo inventaron los charrúas, ni la luz eléctrica, ni el ventilador; son ideas foráneas. Lo hicieron los alemanes, los franceses, vaya a saber dónde. Aquí a lo sumo no son foráneas las boleadoras o el mate”. “Ah, con vos no se puede hablar” me decía.

 

 

¿Por qué fuiste muy feliz?

 

Porque que un hombre como mi viejo antes de morir votara por el FA hablaba de que  algo había pasado en este país. La figura de Tabaré me resultó siempre simpática; no llenaba el máximo de mis aspiraciones pero mucho mejor que todos los presidentes anteriores, y Mujica todavía mejor. Mujica es un héroe de este país, un hombre que sufrió una cárcel terrible con dignidad, con honestidad, llega al poder. Parece que su gestión va siendo muy buena por los resultados, por las cifras que se dan del progreso, del rendimiento. Después está el incidente este de las “Damas de Blanco”.

 

¿Qué Mujica recibiese a las “Damas de Blanco” cayó mal allá?

 

Sí, y fui uno de los que se molestó muchísimo. Yo redacté incluso un documento que lo hice firmar a cuantos compatriotas conocía por ahí, lo firmó todo el mundo y lo mandamos aquí, sin dejar de reconocer que el Presidente de un país tiene el derecho de hacer lo que le salga de los cojones y recibir a quien le dé la gana. Pero es poco sabio recibir a una gente sin consultar siquiera a su embajador. Bergamino (N.deR.: Ariel, Embajador uruguayo en Cuba) le hubiera podido informar perfectamente quiénes son las “Damas de Blanco” y quiénes son esos grupúsculos. Y bueno, él decidió hacer eso y yo lo sigo respetando, estoy orgulloso de tener un presidente tupamaro, que vivió años de cárcel, que nunca transigió con los poderes tradicionales y que está haciendo lo posible por mejorar este país. Pero, si él es demócrata, tendrá que admitir mi pequeña crítica a su actitud.

 

 

¿Qué estás escribiendo?

 

Últimamente estoy escribiendo cuentos, porque descubrí que puedo escribir cuentos. No sabía eso. Yo no he tenido nunca esa síntesis que requiere el género cuento. Soy verboso, retórico, necesito espacio, y me gusta la digresión y tomar un tema e irme por las ramas.

 

 

¿Qué asignatura pendiente te queda?

 

Seguir escribiendo. Algún día dar un verdadero palo mundial con una obra mía, no para ganar dinero sino para difundir las ideas que quiero difundir. La literatura tiene una cosa que en teoría literaria se conoce como función apelativa, es una especie de vaselina; tú capturas la simpatía del lector con la simpatía de un personaje que puede ser incluso negativo -y yo suelo utilizar personajes negativos que se dignifiquen por su naturaleza-, que puede ser la solidaridad, la valentía, valores fundamentales de lo positivo del ser humano. Ese es mi trabajo, escribir, llamar a la simpatía con las ideas que defiendo, las ideas del marxismo, de Martí, los principios de solidaridad.

 

 

¿Cuándo volvés?

 

En marzo, pienso estar un mes. Vengo con mi mujer, quiero estar por lo menos una semana completa aquí en Montevideo, ver en ese caso a mis viejos amigos, los que quedan, porque se murieron casi todos, a algunos parientes que tengo aquí, volver a San José, visitar otros parientes que tengo en Maldonado, pasar unos días en una de esas playas maravillosas del este como Cabo Polonio, algún lugar así.

 

 

¿Qué hace tu mujer?

 

Fue profesora universitaria, retirada, tiene 66 años. Ella escribió una novelita que se llama “La costura habla” y me la regaló. Me dijo: “Haz lo que quieras” y se la llené de putas.

 

 

¿Cuánto hace que estás casado con ella?

 

Desde 1979. Nos queremos mucho, tengo un matrimonio feliz.

 

 

 

 

Perfil

Nació en San José en 1933. Tiene cuatro hijos varones, dos uruguayos criados en Argentina, “se sienten más argentinos que uruguayos, en un partido de fútbol van por Argentina, son hinchas de Boca. El único nacionalismo que conservo es el fútbol, soy rabioso celeste. Adoro a Forlán, Suárez.” Sus hijos militaron contra la dictadura, y se fueron exiliados a Italia. “Hoy día hablan mal español, son más italianos que otra cosa”. El único hijo que vive en Cuba, es ajedrecista. El hijo de Adoración, vive en Miami, aunque él sostiene que “no por gusano” sino siguiendo a una mujer. Estuvo casado tres veces, “rejuntado, varias más”. Escribió 13 novelas, “ahora he reescrito mi primera novela con 32 años más de experiencia”. Habla con fluidez cinco idiomas. Se desempeñó como profesor de latín, griego y literatura clásica en la Universidad de la Habana. Trabajó como  guionista en el cine (Plaff o Demasiado miedo a la vida) y la televisión (La frontera del deber).

 

 

 

 

OBRA LITERARIA

 

Novelas:

1978 - Joy.

 1984 - La sexta isla.

 1991 - Allá ellos.

 1993 - El ojo de Cibeles ó El ojo Dyndimenio.

 1994 - Adiós muchachos.

 1999 - Aquel año en Madrid.

 2001 - El rojo en la pluma del loro.

 2004 - Viudas de sangre.

 2005 - Príapos ó Lo que dura dura.

 2006 - Una pica en Flandes.

 2009 - Y el mundo sigue andando (Memorias).

 

Otras obras:

El aguacate y la virtud.

 Presencia Latinoamericana.

 Hacer; Primero muerto (en Ruso).

 Cuba (junto a Justo Vasco).

 Judozhestoemmaya.

 Manual de Latín III-IV.

 Voces del silencio (antología de Exiliados Uruguayos).

 Contracandela.

 Desde la soledad y la esperanza.

 

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